4. Círculo de sumisión #2
La tumbó sobre la alfombra. Laura quedó boca arriba, las piernas abiertas, los brazos extendidos hacia los lados. Pedro se colocó encima de ella y entró sin preliminares.
El gemido de Laura llenó el salón como una nota musical.
Sus piernas rodearon la cintura de Pedro, sus talones se clavaron en sus nalgas, sus caderas empujaron hacia arriba para recibir cada embestida.
Pedro comenzó un ritmo rápido, urgente, como si llevara esperando toda la semana para estar dentro de ella.
Miguel, desde su posición, veía el miembro de su amigo entrando y saliendo de su mujer. Veía cómo los dedos de Pedro se clavaban en los muslos de Laura. Veía la expresión de placer concentrado en el rostro de ella, los ojos entrecerrados, los labios entreabiertos.
—Carlos —llamó Laura sin dejar de gemir—. Acércate. Quiero chupártela mientras Pedro me folla.
Carlos obedeció. Se arrodilló junto a la cabeza de Laura y apoyó su erección contra sus labios.
Ella giró la cabeza y lo recibió en su boca sin que Pedro dejara de moverse dentro de ella.
El sonido fue doble: el golpeteo húmedo de las embestidas y la succión rítmica de la boca de Laura alrededor del miembro de Carlos.
—Joder —Carlos echó la cabeza hacia atrás—. Joder, qué bien chupas con una polla dentro.
—Daniel —Laura retiró la boca un momento—. Tú ven aquí también. Pon tus dedos en mi boca. Mójamelos bien.
Daniel se situó al otro lado de su cabeza. Introdujo tres dedos en la boca de Laura, que los chupó con avidez mientras alternaba con el miembro de Carlos. Cuando estuvieron empapados de saliva, los retiró y los llevó a su propio miembro, lubricándolo con movimientos lentos y calculados.
—Quiero estar dentro de ti —dijo Daniel, su voz un susurro contenido—. Pero no quiero esperar a que Pedro termine.
—Pues búscale sitio —Laura jadeó entre los labios de Carlos—. Tengo dos agujeros.
La frase provocó un gruñido colectivo. Pedro aminoró el ritmo, lo justo para que Daniel pudiera colocarse junto a él.
Laura se giró ligeramente sobre un costado, levantando una pierna, y entonces Miguel vio cómo Daniel se posicionaba detrás de ella, cómo apoyaba su miembro contra una entrada distinta, cómo empujaba lentamente.
Laura soltó un grito corto. Corto y hondo.
Los dientes se le clavaron en el labio inferior.
Sus dedos se crisparon sobre la alfombra, arañando el tejido.
Pedro seguía dentro de su vagina, inmóvil ahora, dejando que ella se adaptara a la doble intrusión.
Daniel avanzó centímetro a centímetro, con esa paciencia quirúrgica que lo caracterizaba, hasta que estuvo completamente dentro.
—Joder —dijo Laura, la voz rota—. Estáis los dos dentro de mí.
—¿Duele? —preguntó Daniel.
—Un poco. Pero no pares.
Empezaron a moverse. Primero uno, luego el otro, encontrando un ritmo alterno que convertía el cuerpo de Laura en un columpio de carne entre los dos cuerpos masculinos.
Pedro empujaba hacia adentro mientras Daniel se retiraba, y viceversa, creando una ola continua de placer que atravesaba a Laura de un extremo al otro.
Carlos, mientras tanto, se había arrodillado frente al rostro de Laura y le ofrecía de nuevo su miembro. Ella lo tomó con ambas manos, se lo llevó a la boca y siguió chupando, ahora con más urgencia, con menos control, mientras sus otras dos entradas eran ocupadas rítmicamente.
Miguel contemplaba la escena y sentía que el mundo se reducía a ese círculo de cuerpos entrelazados sobre la alfombra. Su erección presionaba dolorosamente contra el pantalón, pero no se atrevía a tocarse. No hasta que ella se lo ordenara.
Desde su posición arrodillada, veía la confluencia de los tres cuerpos masculinos alrededor del cuerpo de su mujer.
Veía el sudor brillando en la espalda de Pedro, las gotas resbalando por su columna vertebral.
Veía los músculos tensos de los muslos de Carlos mientras Laura lo succionaba.
Veía las manos de Daniel, firmes y precisas, sujetando las caderas de Laura para marcar el ritmo.
Y en el centro de todo, veía a su mujer, con los ojos cerrados, la boca ocupada, el cuerpo entero vibrando como una cuerda de violín.
—Me corro —anunció Pedro de repente, su voz un gruñido—. ¿Dónde?
—En mi boca —Laura apartó a Carlos justo a tiempo—. Quiero probarte.
Pedro se retiró de ella con un movimiento brusco. Daniel siguió dentro, ralentizando el ritmo para no interrumpir el momento. Laura se incorporó sobre los codos, abrió la boca y sacó la lengua justo cuando Pedro, arrodillado frente a su rostro, comenzó a eyacular.
El semen de Pedro aterrizó en la lengua de Laura, en sus labios, un poco en su barbilla. Era espeso, blanco, abundante. Laura cerró la boca, tragó, y luego lamió lo que había quedado fuera.
—Tabaco —dijo—. Sigue sabiendo a tabaco.
Después se giró hacia Miguel. Su mirada era un relámpago.
—Ven.
Miguel se arrastró hacia ella. De rodillas, porque no le estaba permitido levantarse. Se detuvo frente a Pedro, que seguía de pie, su erección menguante brillando con los fluidos de Laura y los restos de su propio semen.
—Límpialo —ordenó Laura—. Quiero que lamas la polla de Pedro hasta que no quede nada.
El silencio cayó sobre el salón como una losa. Los otros dos hombres se detuvieron para mirar. Pedro agarró su miembro con una mano, apuntándolo hacia Miguel como quien ofrece un cigarro.
—Adelante, hermano —dijo, y su sonrisa era ancha, burlona, excitada—. Demuestra lo que vales.
Miguel se inclinó hacia adelante. Su lengua salió de su boca y tocó la punta del miembro de Pedro.
El sabor era una mezcla imposible de describir: el tabaco del semen de Pedro, el regusto ácido de los fluidos de Laura, la textura viscosa de la mezcla de ambos. Cerró los ojos. Su lengua recorrió el glande, bajó por el tronco, recogió cada resto de aquella combinación que goteaba lentamente.
—Más —Laura se había incorporado, apoyada sobre los codos—. Quiero que lo lamas entero. Como si fuera un helado.
Miguel obedeció. Pasó la lengua desde la base hasta la punta, rodeó el glande, succionó suavemente la abertura de la uretra para extraer la última gota de semen que quedaba allí.
El sabor a tabaco le inundó la boca, le recordó aquella primera noche, aquella primera vez que había visto a Pedro hundirse en su mujer mientras él miraba desde la puerta.
Cuando terminó, Pedro emitió una risa ronca y le dio una palmada en la mejilla que sonó más fuerte de lo que pretendía.
—Buen chico. Buen cornudo.
La palabra le quemó en la piel como un hierro candente. Pero antes de que pudiera reaccionar, Laura le hizo una señal.
—Ahora Carlos. Todavía no se ha corrido. Quiero que lo hagas correrte tú.
Carlos se acercó. Su erección seguía intacta, gruesa, oscura, brillante de la saliva de Laura. Se plantó delante de Miguel con las piernas abiertas y los brazos cruzados sobre el pecho.
—Nunca me la ha chupado un tío —dijo—. Pero hay una primera vez para todo.
—Tú no le chupes —intervino Laura—. No quiero que lo disfrutes demasiado. Simplemente lame. Como has hecho con Pedro. Lame su polla hasta que se corra. Y luego limpias.
Miguel se inclinó hacia adelante. La erección de Carlos era más gruesa que la de Pedro, más corta pero más ancha, y su sabor era distinto: la saliva de Laura mezclada con el sudor de la entrepierna de Carlos, un regusto a tabaco y a algo afrutado que recordaba al mango.
—Usa las manos también —Carlos apoyó una mano en la nuca de Miguel—. No me la chupes, pero puedes acariciarme los huevos.
Las manos de Miguel, temblorosas, subieron hasta la base del miembro de Carlos. Acariciaron sus testículos, los masajearon suavemente mientras su lengua seguía trabajando sobre el tronco. Carlos echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido grave, profundo, que vibró en el pecho de Miguel.
—Joder —murmuró Carlos—. Joder, sí.
La lengua de Miguel encontró un ritmo. Arriba y abajo, rodeando, recogiendo cada gota de fluido que resbalaba por la erección de Carlos. El sabor fue haciéndose familiar, casi tolerable, y esa familiaridad le produjo una oleada de excitación que le hizo gemir contra la piel de su amigo.
—Se corre —anunció Laura, que observaba la escena con los ojos brillantes—. Mira cómo le tiemblan las piernas. Se corre ya.
Carlos se corrió. Fue un orgasmo repentino, casi sorprendido, como si no esperara alcanzarlo tan pronto. El semen brotó del glande justo cuando la lengua de Miguel pasaba por encima de él, y el chorro cálido le inundó la boca antes de que pudiera reaccionar.
—Trágatelo —ordenó Laura—. No lo escupas.
Miguel tragó. El semen de Carlos le resbaló por la garganta, dulce, afrutado, exactamente igual que cuando lo había lamido del vientre de Laura la noche anterior. Tosió un poco. Abrió los ojos.
—Mango —dijo, con la voz ahogada—. Sabe a mango.
—Bien —Laura sonrió—. Ahora Daniel.
Daniel se adelantó. Su erección seguía firme, metódica, como todo en él. No dijo nada mientras se situaba frente a Miguel. Simplemente le miró desde arriba, con esos ojos fríos detrás de las gafas, y asintió ligeramente.
Miguel se inclinó hacia adelante. La lengua tocó el miembro de Daniel justo cuando Laura, detrás de ellos, se giraba hacia los otros dos hombres.
—Vosotros dos —dijo—. Quiero que me folléis otra vez mientras mi marido limpia a Daniel. Pedro, en mi coño. Carlos, en mi culo. Como antes, pero sin Daniel. Quiero que él mire y se corra mientras mi marido lo lame.
Los tres hombres se movieron como piezas de ajedrez obedeciendo a una mano invisible.
Pedro y Carlos se colocaron junto a Laura, que volvió a tumbarse boca arriba sobre la alfombra.
Pedro la penetró por delante mientras Carlos buscaba acomodo por detrás.
La doble penetración se reanudó con un gemido colectivo que llenó el salón.