Compartiendo Esposa Con Amigos 4. Círculo de sumisión
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4. Círculo de sumisión

Círculo de sumisión

El sábado amaneció con un silencio cargado, de esos que pesan sobre la piel como una manta húmeda.

Miguel abrió los ojos antes de que sonara el despertador.

A su lado, Laura dormía boca abajo, el pelo oscuro desparramado sobre la almohada como un abanico de tinta.

La sábana le cubría apenas la mitad de la espalda, dejando al descubierto la curva de sus nalgas, el leve moretón que Carlos le había dejado en la cadera sin querer.

Se quedó mirándola unos segundos. Luego apartó la sábana, se levantó y fue a la cocina.

El teléfono pesaba en su mano como un ladrillo mientras marcaba. Primero Pedro. Luego Carlos. Luego Daniel. El mensaje fue el mismo para los tres: Laura quiere veros. A todos. Esta noche.

Las respuestas llegaron en cascada. Pedro: un emoji de puño y una hora. Carlos: Allí estaré, hermano. Daniel: Diez en punto. Que no empiecen sin mí.

Cuando Laura apareció en la cocina, envuelta en su bata de seda color champán, Miguel ya había colgado. Ella tomó la cafetera, se sirvió una taza, le echó dos cucharadas de azúcar y removió despacio. El tintineo de la cucharilla contra la porcelana fue el único sonido durante casi un minuto.

—Ya están avisados —dijo él por fin.

—Bien. —Laura bebió un sorbo—. ¿Los tres?

—Los tres.

—Perfecto.

No dijo más. Se sentó frente a él, cruzó las piernas, y por debajo de la bata asomó un muslo desnudo, terso, que Miguel conocía de memoria pero que ahora le parecía un territorio extranjero.

El silencio entre ellos era distinto al de antes.

Ya no era incómodo. Era un silencio cómplice, cargado de anticipación, como el que llena una sala de conciertos antes de que suene la primera nota.

—Hoy quiero algo distinto —Laura dejó la taza sobre la mesa—. Algo que no hayamos hecho todavía.

—¿Qué?

—Quiero que estés en el centro. No en una esquina, no en la silla, no en la puerta. En el centro de la habitación. De rodillas.

Miguel sintió que el corazón le daba un vuelco.

—De rodillas —repitió.

—Sí. Y quiero que cuando ellos terminen conmigo, cuando hayan acabado dentro de mí o sobre mí, tú te acerques. Y limpies.

—¿Limpiar qué?

—Sus pollas. —Laura lo miró directamente, sin parpadear—.

Quiero que cuando cada uno se haya corrido, tú te arrodilles delante de él y le lamas la polla.

Quiero que pruebes lo que me han hecho, lo que tú has permitido que me hagan.

Quiero verte lamer el semen de tus tres amigos de la fuente original.

La imagen golpeó a Miguel en el pecho como un puñetazo.

Se vio a sí mismo de rodillas, rodeado de tres hombres, con la boca abierta y la lengua fuera.

Vio sus rostros: la sonrisa confiada de Pedro, la mirada calculadora de Daniel, la expresión perezosa de Carlos.

Vio a Laura detrás de ellos, observándolo todo desde la cama, con esa nueva sonrisa afilada que había adquirido en la última semana.

—¿Y si no puedo?

—Puedes. Has lamido el semen de Carlos de mi vientre. Has lamido el tuyo propio de mis dedos. Esto es solo el siguiente paso.

—Es…

—Dilo.

—Es humillante.

—Sí. —Laura se levantó, rodeó la mesa y se sentó en su regazo. El peso de su cuerpo, el calor de sus muslos contra los de él, la textura resbaladiza de la seda—. Y por eso mismo vas a hacerlo. Porque te humilla. Porque te excita. Porque es lo que eres.

Miguel cerró los ojos. Sintió la mano de Laura deslizarse por su pecho, bajar hasta su entrepierna, apretar su erección por encima del pantalón del pijama.

—¿Ves? —murmuró ella contra su oído—. Ya estás duro. Solo de pensarlo.

—Me das miedo.

—No. —Laura le mordisqueó el lóbulo—. Te excito. Y te gusto. Y me quieres. Simplemente has descubierto que quererme significa esto.

Se levantó de su regazo y se dirigió al dormitorio. Antes de desaparecer por el pasillo, se giró.

—Esta noche. A las diez. Prepárate.

****

Las horas pasaron arrastrándose. Miguel deambuló por la casa como un alma en pena, recogiendo objetos que no estaban fuera de su sitio, abriendo ventanas que ya estaban abiertas, sirviéndose whiskies que no se bebía.

Laura, en cambio, se movía con una calma olímpica.

Se dio un baño largo. Se depiló. Se puso crema hidratante por todo el cuerpo con una parsimonia que a Miguel le pareció una tortura deliberada.

A las nueve, Laura salió del baño envuelta en una nube de vapor perfumado.

Se sentó frente al tocador y comenzó a maquillarse.

Miguel la observó desde la cama, viendo cómo trazaba líneas de lápiz negro alrededor de sus ojos, cómo se pintaba los labios de ese rojo oscuro que ya era casi un uniforme, cómo se soltaba el pelo y lo cepillaba hasta que brilló como ala de cuervo.

—¿Qué te pones? —preguntó él.

—Nada.

—¿Nada?

—Un vestido. Pero nada debajo. Quiero que lo sepan desde el momento en que entren. Quiero que huelan que estoy preparada.

Diez minutos antes de la hora, el timbre sonó.

Pedro fue el primero. Laura abrió la puerta con el vestido gris perla, el mismo que había llevado para Daniel, y Pedro la recorrió con la mirada de arriba abajo como quien evalúa un banquete antes de sentarse a la mesa.

Traía una botella de whisky, la misma colonia barata de siempre y esa expresión de depredador satisfecho que Miguel ya había aprendido a reconocer.

—Hueles bien —dijo Pedro, besándole las mejillas.

—Huelo a mí —respondió Laura—. Aún no he empezado.

Carlos llegó cinco minutos después. Su complexión robusta llenó el recibidor. Olía a tabaco y a mango, como siempre. Abrazó a Laura con una familiaridad que ya no necesitaba pedir permiso, le puso una mano en la cadera y la atrajo contra su cuerpo.

—Estás preciosa.

—Estoy mojada —susurró ella, lo bastante alto para que Miguel lo oyera desde el salón—. Llevo mojada todo el día.

Daniel fue el último, puntual como un cirujano.

Llevaba la misma camisa blanca impecable, las mismas gafas de montura fina, la misma expresión de quien está a punto de realizar un experimento y ya ha formulado todas las hipótesis posibles.

No besó a Laura. Le tomó la mano, se la llevó a los labios y la rozó apenas con ellos.

—Pasad —dijo Laura, guiándolos hacia el salón—. Miguel nos espera.

El salón estaba en penumbra. Esta vez no había velas. La luz provenía únicamente de una lámpara de pie situada en una esquina, que proyectaba sombras alargadas sobre las paredes. En el centro de la habitación, sobre la alfombra, Miguel estaba arrodillado.

Exactamente como Laura le había ordenado.

Los tres hombres se detuvieron al verlo. Pedro soltó una risita. Carlos enarcó una ceja. Daniel se ajustó las gafas y asintió, como si la escena confirmara sus predicciones.

—Os preguntaréis qué hace mi marido ahí —dijo Laura, cerrando la puerta tras ellos—. Esta noche va a ser distinta. Esta noche, cuando cada uno de vosotros haya terminado conmigo, mi marido va a limpiaros.

—¿Limpiarnos? —Pedro sonrió, y era una sonrisa de lobo.

—Vais a follarme. Los tres. En círculo. Y cuando os hayáis corrido, cuando vuestras pollas estén todavía húmedas de mí y de vosotros, Miguel se arrodillará delante de cada uno y las lamerá hasta dejarlas limpias.

El silencio que siguió fue eléctrico. Carlos se pasó la lengua por los labios. Pedro se recolocó la entrepierna, donde ya se marcaba una erección prominente. Daniel fue el único que habló.

—Me parece un plan excelente. Pero quiero asegurarme de que él está de acuerdo.

—Pregúntale.

Daniel se acercó a Miguel. Se detuvo frente a él, mirándole desde arriba, y su expresión era clínica pero no cruel.

—¿Quieres esto, Miguel? —preguntó.

Miguel alzó la vista. Su voz sonó ronca, quebrada, pero firme.

—Sí. Quiero hacerlo.

—¿Por qué?

—Porque… —Miguel tragó saliva—. Porque es lo que soy. Porque me excita. Porque ella quiere que lo haga.

Daniel asintió lentamente. Dio media vuelta.

—Es genuino —anunció a los otros—. Podemos proceder.

Laura sonrió. Fue una sonrisa amplia, triunfal, que iluminó su rostro como un relámpago.

—Perfecto. Entonces empecemos.

Se situó en el centro del salón, de pie sobre la alfombra, rodeada por los tres hombres y por Miguel arrodillado. Con un solo movimiento se bajó los tirantes del vestido. La tela gris resbaló por su cuerpo y quedó en el suelo, alrededor de sus tobillos, como un charco de plata líquida.

Estaba desnuda. Completamente desnuda. La luz de la lámpara dibujaba sombras en sus pechos, en la curva de sus caderas, en el triángulo oscuro de su pubis.

Olía a jabón y a excitación. Sus pezones estaban erectos.

Sus muslos, ligeramente separados, mostraban un brillo de humedad que resbalaba lentamente hacia la parte interna de sus rodillas.

Pedro fue el primero en desnudarse. Se quitó la camisa por encima de la cabeza, se desabrochó el cinturón, dejó caer los pantalones y los bóxers en un solo movimiento.

Su erección brotó, larga y curva, apuntando directamente hacia Laura.

Carlos le imitó con menos prisa, desabrochándose la camisa botón a botón, dejando al descubierto su torso robusto.

Daniel fue el último, doblando meticulosamente cada prenda sobre el sofá antes de unirse a los otros.

Los tres hombres rodearon a Laura en círculo. Pedro delante. Carlos a su derecha. Daniel a su izquierda. Miguel, desde el suelo, veía la escena desde un ángulo que le permitía observar los cuatro cuerpos desnudos como estatuas en un museo de anatomía prohibida.

—Quiero empezar con Pedro —dijo Laura—. Me gusta cómo empieza.

Pedro se adelantó sin hacerse repetir la invitación.

La agarró por las caderas, la atrajo hacia sí y la besó.

Fue un beso voraz, que no pedía nada porque ya lo tenía todo.

Su lengua entró en la boca de Laura, sus manos bajaron por su espalda hasta sus nalgas, sus dedos se clavaron en la carne y la levantaron del suelo.

—Ponme a cuatro patas —ordenó Laura, separándose apenas unos centímetros—. Como la primera vez.

—No —Pedro negó con la cabeza—. Esta vez quiero verte la cara.