3. El sabor del mango #2
Él se inclinó hacia adelante. Su lengua, todavía impregnada del sabor de Carlos, tocó los pliegues de Laura.
El sabor familiar de su mujer le explotó en la boca: salino, ácido, complejo.
Debajo de ese sabor reconocible latía un matiz nuevo, un regusto dulzón que no debería estar allí y que ahora formaba parte de la experiencia para siempre.
Laura gimió. Se tumbó hacia atrás sobre el colchón, las piernas colgando, los pies apoyados en los hombros de Miguel. Sus dedos se enredaron en el pelo de él.
—Más adentro. Mete la lengua.
Miguel obedeció. Su lengua se hundió en ella, explorando pliegues que conocía de memoria pero que ahora le parecían distintos. Todo era distinto. El sabor, la posición, la dinámica de poder que vibraba entre ellos como una corriente eléctrica.
—Así —Laura arqueó la espalda—. Así, mi cornudo. Mi marido cornudo comiéndome el coño después de haber lamido la leche de mi amante.
Las palabras le llegaban como latigazos. Cada insulto era una caricia. Cada humillación le bombeaba más sangre a la erección, que seguía presa dentro de sus pantalones, palpitando, doliéndole casi tanto como le dolía el pecho.
—Tócate —ordenó Laura—. Mientras me lames, quiero que te masturbes.
Miguel se bajó la cremallera con torpeza, sin dejar de lamer. Liberó su erección. El contacto del aire fresco contra el glande le arrancó un gemido que vibró contra el clítoris de Laura.
—Joder —ella apretó las piernas alrededor de su cabeza—. ¿Te estás masturbando mientras me comes el coño? ¿Mientras piensas en que hace diez minutos tu amigo me estaba follando en esta misma cama?
—Sí —la voz de Miguel sonó distorsionada, amortiguada por la carne de su mujer—. Sí.
—Dime qué sientes.
—Humillación. Excitación. —Su mano subía y bajaba rítmicamente—. No sé dónde termina una y empieza la otra.
—No tienen que terminar. Pueden ser la misma cosa. —Laura echó la cabeza hacia atrás—. Más rápido con la lengua. Quiero correrme en tu boca. Quiero que te ahogues conmigo.
Miguel aceleró. Su lengua se movía en círculos rápidos alrededor del clítoris, alternando con succiones profundas que hacían gemir a Laura cada vez más alto. Su mano trabajaba al mismo ritmo, la muñeca girando en cada subida, los dedos apretando en cada bajada.
—Más —Laura le tiró del pelo—. Más, joder, no pares.
Las caderas de ella comenzaron a moverse contra su rostro.
Un vaivén instintivo que Miguel acompañó, dejando que ella marcara el ritmo, sometiéndose a la cadencia de su placer.
La saliva le resbalaba por la barbilla. El sabor del semen de Carlos era ya un recuerdo lejano, sepultado bajo el torrente de los fluidos de Laura.
—Ahora —anunció ella—. Ahora, ahora, ahora.
Su cuerpo se tensó como un arco. Los talones se clavaron en la espalda de Miguel.
Un grito largo, casi un aullido, escapó de su garganta y fue a estrellarse contra el techo.
Miguel sintió las contracciones en su lengua, en sus labios, en la punta de su nariz aplastada contra el pubis de su mujer.
Siguió lamiendo durante todo el orgasmo, recogiendo cada espasmo, cada nuevo flujo de humedad que empapaba su rostro.
Cuando Laura dejó de temblar, él retiró la boca. Su mano seguía en su miembro, pero se había detenido a medio camino, congelada por la visión de su mujer completamente desmadejada sobre la cama, el pecho subiendo y bajando, los ojos cerrados, una sonrisa beatífica flotando en sus labios.
—No te he dicho que pares —murmuró ella sin abrir los ojos.
—Quiero correrme.
—No hasta que yo te lo diga.
Miguel gimió. Su erección era ya dolorosa, el glande morado, las venas marcadas bajo la piel. Seguía arrodillado junto a la cama, con los pantalones a media altura, el rostro empapado de los fluidos de su mujer.
—Siéntate en la silla —ordenó Laura, abriendo los ojos por fin—. La misma silla donde estabas cuando miraste cómo me follaba Carlos.
Él obedeció. Se levantó torpemente, con los pantalones alrededor de las rodillas, y se dejó caer en la silla de madera. Su erección apuntaba hacia el techo, obscena, imposible de ignorar.
Laura se incorporó. Se levantó de la cama y caminó hacia él con esa nueva forma de andar que había adquirido en la última semana: la cadera suelta, los hombros hacia atrás, la mirada directa. Se detuvo frente a la silla.
—Abre las piernas.
Miguel abrió las piernas. Laura se arrodilló entre ellas. Era la primera vez en toda la noche que ella se arrodillaba, y el gesto no era de sumisión. Era de control. De control absoluto.
—Vas a correrte ahora —dijo, tomando su miembro con una mano—. Y vas a hacerlo mientras piensas en lo que has hecho esta noche. En el semen que has lamido. En los tres hombres que me han follado esta semana. En que eres un cornudo y siempre lo serás.
—Sí.
—Y cuando termines, vas a limpiar lo que ensucies. Con la lengua. Como has hecho conmigo.
La mano de Laura comenzó a moverse. Arriba y abajo. Un ritmo lento, deliberado, completamente distinto al ritmo urgente con que Miguel se había estado masturbando antes. Ella le sostenía la mirada mientras le masturbaba. No sonreía. Había en su expresión una seriedad casi ceremonial.
—¿Te gusta que te humille? —preguntó.
—Sí.
—¿Te gusta que te obligue a hacer cosas que nunca habrías hecho por ti mismo?
—Sí.
—¿Te gusta saber que voy a seguir follándomelos? ¿Que esto es solo el principio?
—Joder, sí.
—Pues córrete. Córrete ahora para mí.
La orden fue el detonante. Miguel sintió que algo se rompía en su interior, un dique que llevaba horas conteniendo un torrente de emociones contradictorias.
El orgasmo le subió desde la base de la columna, atravesó su vientre, explotó en su glande con una violencia que le hizo gritar.
Los chorros de semen salieron disparados, aterrizando en su propio abdomen, en su pecho, en su mano y en la mano de Laura que seguía bombeando.
Ella no se apartó. Dejó que el semen cayera donde quisiera, sobre su piel, sobre sus dedos, sobre la madera de la silla. Cuando los espasmos remitieron, Laura retiró la mano y se la llevó a la altura de los ojos de Miguel.
—Mira —dijo—. Esto es tuyo. Tu semen. En mi mano.
—Lo veo.
—Límpiala.
Miguel tomó la mano de su mujer entre las suyas.
Se la llevó a la boca. Su lengua salió y recogió, uno por uno, los restos de su propio semen de los dedos de Laura.
El sabor era distinto al de Carlos: más amargo, más salado, más familiar.
Pero el gesto era el mismo. La misma humillación. La misma sumisión.
Cuando terminó, Laura retiró la mano y le acarició la mejilla. El mismo gesto de antes. Esa ternura repentina que descolocaba más que cualquiera de sus órdenes.
—Bien —dijo—. Así me gusta. Obediente.
—¿Ahora qué? —preguntó Miguel, la voz ronca, la garganta seca.
—Ahora te duchas. Y luego te vienes a la cama conmigo.
—¿Y mañana?
Laura se levantó. Se estiró como un gato, los brazos por encima de la cabeza, el cuerpo completamente desnudo brillando a la luz de la lámpara. Caminó hacia el baño sin darse prisa. Antes de desaparecer por la puerta, se giró.
—Mañana llamas a Pedro. O a Carlos. O a Daniel. O a los tres. —Se encogió de hombros—. Aún no he decidido.
—¿A los tres? —Miguel sintió que el estómago se le encogía—. ¿A la vez?
—¿Por qué no? —Laura sonrió, y esa sonrisa contenía todas las promesas y todas las amenazas del mundo—. Ya has lamido el semen de uno. ¿Qué diferencia hay con lamer el de tres?
Desapareció en el baño. El sonido del agua al correr llenó el dormitorio. Miguel se quedó sentado en la silla, desnudo de cintura para abajo, su propio semen secándose en su abdomen, el sabor de Carlos todavía flotando en el fondo de su garganta como un fantasma afrutado.
Se miró las manos. Le temblaban. Le habían temblado durante toda la noche, recordó. Durante toda la semana. Desde aquella primera mano de póker en la que había apostado algo que no le pertenecía y había desencadenado una reacción en cadena que ya no podía detener.
El agua dejó de correr. Laura apareció en el marco de la puerta del baño, envuelta en una toalla blanca, el pelo oscuro pegado a las mejillas.
—¿Sigues ahí?
—Sí.
—Pensaba que te habrías ido.
—¿A dónde iba a ir?
Laura se encogió de hombros.
—No lo sé. Lejos. Pero me alegro de que te hayas quedado.
—Yo también.
Se miraron en silencio. Eran los mismos dos cuerpos que habían compartido cama durante seis años. Pero ya no eran las mismas dos personas. Algo entre ellos se había roto o se había soldado. Miguel no sabía cuál de las dos cosas era. Quizá ambas.
—Mañana —dijo Laura, metiéndose en la cama—. Mañana decidimos qué hacemos.
—¿Y si no quiero seguir?
—Quieres. —Se tapó con la sábana hasta el pecho—. Y aunque no quisieras, ya es tarde.
—¿Tarde para qué?
—Para todo. —Laura cerró los ojos—. Ahora apaga la luz y ven a dormir.
Miguel apagó la luz. Se metió en la cama junto a su mujer, sintiendo el calor de su cuerpo a escasos centímetros pero sin atreverse a tocarla.
El sueño tardó en llegar. Cuando por fin le venció, soñó con mango.
Con tabaco. Con metal. Con tres pares de manos recorriendo el cuerpo de Laura mientras él miraba desde una silla, incapaz de moverse, incapaz de intervenir, incapaz de dejar de desear exactamente lo que estaba viendo.
Se despertó de madrugada con una erección y con una certeza. Mañana llamaría a los tres.