Compartiendo Esposa Con Amigos 3. El sabor del mango
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3. El sabor del mango

El sabor del mango

La puerta de la calle se cerró con un clic metálico.

El sonido rebotó por el pasillo vacío y fue a morir contra las paredes del dormitorio, donde Miguel seguía sentado en la silla de madera.

No se había movido. No podía. Sus piernas eran dos columnas de cemento recién vertido, sus manos dos garras aferradas a los muslos, su mirada fija en el cuerpo desnudo de su mujer sobre la cama revuelta.

Laura no se había vestido. Permanecía tumbada boca arriba, los brazos laxos a los costados, las piernas entreabiertas. El sudor le brillaba en la piel como una película de aceite. Respiraba despacio, profundo, con esa calma sobrenatural que sigue a las tormentas.

Sobre su vientre, justo debajo del ombligo, reposaba una mancha blanca y espesa.

Miguel la miró. Miró ese resto de semen que Carlos había dejado allí al retirarse, un último chorro perezoso que no había alcanzado la boca de Laura y había aterrizado en su estómago, trazando un hilo desde el ombligo hasta el nacimiento del vello púbico.

Un descuido. O quizá una deliberación. Con Carlos nunca se sabía.

—Ven —dijo Laura.

Su voz sonó distinta. No era la voz ronca de la excitación ni la voz quebrada del orgasmo reciente. Era una voz nueva, una que Miguel no le había oído nunca. Una voz que no admitía réplica.

Miguel se levantó. Las articulaciones le crujieron. Dio dos pasos hacia la cama y se detuvo al borde, mirando alternativamente el rostro de su mujer y la mancha que le decoraba el abdomen.

—Más cerca.

Obedeció. Sus rodillas tocaron el borde del colchón. El olor del sexo flotaba en el aire: almizcle, sudor, el rastro dulzón de Carlos mezclado con el aroma familiar de Laura. Un cóctel que le revolvió el estómago y al mismo tiempo le provocó una erección tan repentina que le dolió.

—¿Lo ves? —Laura señaló su propio vientre con un dedo indolente—. Es lo que ha dejado tu amigo. Lo que tú permitiste que me dejara encima.

—Lo veo.

—Pues ahora vas a limpiarlo.

La frase cayó como una losa. Miguel sintió que el aire se espesaba a su alrededor, que el tiempo se ralentizaba hasta convertirse en melaza.

Sus ojos fueron del semen a los ojos de Laura, de vuelta al semen, de vuelta a ella.

Buscaba algo. Una sonrisa. Una señal de que era una broma. No la encontró.

—Laura…

—No me llames así ahora. Ahora llámame señora.

Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. No era miedo. Era otra cosa. Algo que llevaba años durmiendo en el fondo de su psique y que ahora despertaba, se estiraba, abría las fauces.

—Señora —repitió, y la palabra le supo a metal en la lengua—. No sé si puedo.

—Claro que puedes. Has podido apostar mi ropa interior.

Has podido ver cómo tres hombres me follaban en tu cama.

Has podido empalmarte mientras tu amigo me corría en la cara.

—Laura se incorporó sobre los codos. Sus pechos se balancearon ligeramente con el movimiento—. Esto es solo el siguiente paso.

—Es…

—¿Humillante? —Laura sonrió. Era una sonrisa afilada, quirúrgica, que no le llegaba a los ojos—. Sí. Lo es. Y por eso mismo vas a hacerlo.

Miguel tragó saliva. Su erección presionaba dolorosamente contra la cremallera del pantalón. Las manos le temblaban. La barba de días le picaba en la mandíbula. Olía a whisky rancio y a su propio sudor y a la excitación que le empapaba los calzoncillos.

—Ponte de rodillas —ordenó Laura.

Él se arrodilló. La alfombra era áspera contra sus rótulas. Su rostro quedó a la altura del vientre de su mujer, a escasos centímetros de aquella mancha blanca que brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de noche.

—Mírala bien. Es de Carlos. —Laura se tocó el ombligo con la yema del dedo índice, recogiendo un poco de aquella sustancia—. ¿Sabes cuántas veces he probado yo su semen esta noche?

—Una.

—Dos. La primera cuando me corrió en la boca y me lo tragué. La segunda ahora. —Se llevó el dedo a los labios y lo chupó lentamente, con los ojos fijos en Miguel—. Sabe a mango. Sigue sabiendo a mango. Ahora te toca a ti.

—¿Por qué? —la voz de Miguel fue un hilo, un hilillo patético que apenas se sostuvo en el aire.

—Porque quiero verte hacerlo. Porque después de todo lo que ha pasado esta semana, necesito saber hasta dónde eres capaz de llegar.

—Laura le agarró el pelo. No con fuerza, pero sí con firmeza—.

Necesito saber si el hombre con el que me casé es capaz de lamer el semen de otro hombre de su propio vientre.

—De tu vientre.

—De mi vientre. Donde otro hombre lo ha depositado. ¿Notas la diferencia?

Miguel la notaba. La notaba en cada fibra de su ser, en cada latido de su corazón que bombeaba sangre hacia su erección en lugar de hacia su cerebro. La sentía en el temblor de sus manos, en la sequedad de su boca, en el nudo que le cerraba la garganta.

—Abre la boca —dijo Laura.

Él la abrió. Un gemido involuntario escapó de sus labios, un sonido que era mitad súplica y mitad rendición. Laura tiró de su pelo, acercándolo hacia su vientre. El olor del semen se intensificó: dulce, almizclado, extrañamente frutal. Exactamente como ella lo había descrito.

La lengua de Miguel tocó la piel de su mujer.

Sintió el sabor salado del sudor, la textura suave del abdomen, el leve temblor de los músculos bajo la piel.

Y luego, justo en el centro, el sabor. Un sabor ajeno, intruso, que no pertenecía a ese cuerpo ni a esa cama ni a ese matrimonio.

Un sabor a mango y a sal y a algo vagamente amargo que le hizo cerrar los ojos.

—Más —Laura apretó el puño en su pelo—. Quiero que lo lamas todo. No quiero que quede ni una gota.

Lamió. Pasó la lengua por la línea que el semen había trazado desde el ombligo hacia abajo, recogiendo cada resto, cada pequeña acumulación blanquecina que se había secado ya en los bordes pero que seguía fresca en el centro.

El sabor le inundó la boca. Quiso escupir.

Quiso tragar. Hizo ambas cosas: tragó un poco escupiendo el resto, un reflejo incontrolable que le provocó una arcada seca.

—No me hagas repetirlo —la voz de Laura fue un látigo—. Todo.

Miguel volvió a lamer. Esta vez con más determinación, con menos resistencia. La lengua recorrió cada centímetro de aquel mapa que Carlos había dibujado sobre la piel de su mujer. El sabor se fue haciendo familiar, casi tolerable, y esa familiaridad le aterrorizó más que la repugnancia inicial.

—¿A qué sabe? —preguntó Laura.

—A mango —respondió Miguel, y su voz sonó ahogada, nasal, como si estuviera a punto de llorar—. Sabe a mango.

—Y a qué más.

—A ti. Sabe a ti también.

—Exacto. —Laura le soltó el pelo y le acarició la mejilla con una ternura repentina que contrastaba brutalmente con lo que acababa de ordenarle—.

Sabe a mí porque lleva mi sudor, mis fluidos, mi piel.

Y sabe a Carlos porque es su semen. Y ahora sabe a ti, porque lo estás lamiendo con tu lengua de cornudo.

La palabra estalló en el dormitorio como un petardo. Cornudo. Miguel la había pensado, por supuesto. La había sentido crecer en su interior como un tumor desde aquella primera noche de póker. Pero oírla de labios de Laura, pronunciada con esa mezcla de desprecio y posesión, fue otra cosa.

—Soy un cornudo —dijo, y al decirlo sintió que se quitaba un peso de encima. Como si confesar el pecado fuera más liberador que cometerlo.

—Sí. Mi cornudo. —Laura se incorporó del todo. Se sentó en el borde de la cama, las piernas colgando, el rostro a escasos centímetros del de Miguel arrodillado—. Y ahora dime: ¿te ha gustado?

—No lo sé.

—Sí lo sabes.

Miguel miró hacia abajo. Su erección era tan evidente que casi podía verse el latido a través de la tela del pantalón. Laura siguió su mirada. Sonrió.

—Te ha gustado. Te ha excitado más que ninguna otra cosa en seis años de matrimonio. —Le puso un pie descalzo sobre el hombro, un gesto de posesión absoluta—. ¿Sabes por qué?

—No.

—Porque por fin has encontrado tu lugar.

El pie presionó suavemente. Miguel se tambaleó ligeramente, se sostuvo con las manos en el suelo.

—Tu lugar está aquí abajo —continuó Laura—. De rodillas. Lamiendo lo que otros hombres me dejan encima. Mirando cómo me follan. Y excitándote con ello. Es lo que eres. No pasa nada. Acéptalo.

—¿Y tú? —Miguel alzó la vista—. ¿Cuál es tu lugar?

—Yo estoy exactamente donde quiero estar.

—Laura retiró el pie pero no le invitó a levantarse—.

He descubierto algo esta semana. He descubierto que me gusta esto.

Me gusta que me miren. Me gusta que me deseen.

Me gusta tener el control de tu excitación y de la de ellos.

Me gusta saber que puedo hacer que tres hombres se corran pensando en mí y luego venirme en la cama con mi marido mirando.

—¿Me quieres?

—Te quiero —dijo ella sin dudarlo—. Pero no de la misma manera que antes. Antes te quería como a un esposo. Ahora te quiero como a mi posesión. Como a la persona que va a estar ahí para ver todo lo que hago y lamerme la piel cuando los demás se hayan ido.

—¿Vas a seguir viéndolos?

—Voy a seguir viendo a quien me dé la gana. Y tú vas a seguir mirando. Y a veces, cuando yo quiera, vas a participar. Como ahora.

Señaló su vientre. Ya no quedaba ni rastro de la mancha blanca. La piel de Laura brillaba, limpia, humedecida solo por la saliva de Miguel.

—Has lamido el semen de Carlos —dijo—. Ahora quiero que me lamas a mí.

—¿A ti?

—Quiero que me comas el coño. Aquí mismo, de rodillas, sin subirte a la cama. Y quiero que mientras lo haces pienses en lo que acabas de tragar. En que parte de Carlos sigue dentro de ti ahora. En que cuando me corra en tu boca, mi orgasmo sabrá a él y a mí y a ti. Un cóctel de los tres.

Miguel sintió que el mundo se desdibujaba en los bordes. No era una metáfora. Era una sensación física: el campo de visión se le estrechaba, los sonidos llegaban amortiguados, lo único nítido era el sexo de su mujer frente a su rostro. Húmedo. Abierto. Esperándole.

—Hazlo —dijo Laura, y esta vez no era una orden sino una invitación—. Demuéstrame que eres mío.