2. Tres sabores, un marido #3
Los dedos de Daniel entraron en juego. Dos, solo dos. Índice y pulgar. Recorrieron los pezones, los pellizcaron con una presión exacta, la suficiente para provocar una reacción sin llegar al dolor. Laura contuvo el aliento. Su pecho se elevó. Bajó.
—Bien —murmuró Daniel—. Muy bien.
Bajó por el abdomen con la lengua. Llegó al ombligo, lo rodeó, siguió descendiendo hasta el nacimiento del vello púbico. Las manos de Laura se crisparon sobre la almohada. No se movió.
—Estás sudando —dijo Daniel—. Me gusta. Significa que el autocontrol te cuesta.
Metió la cabeza entre sus muslos. Laura abrió las piernas un poco más, instintivamente.
—No he dicho que te muevas —la voz de Daniel fue un latigazo suave, casi afectuoso—. Pero te lo perdono porque estás muy mojada. Eso me gusta todavía más.
Su lengua trabajó distinto a la de Carlos. Movimientos cortos, precisos, centrados exclusivamente en el clítoris, como si hubiera estudiado anatomía femenina con la misma dedicación que empleaba para todo. Laura gimió. Fue un gemido breve, ahogado, que ella misma cortó al recordar la prohibición.
—Faltan seis minutos —Daniel apartó la boca de ella—. ¿Crees que puedes aguantar?
—No lo sé —la voz de Laura sonó quebrada.
—Yo creo que sí. Eres más fuerte de lo que aparentas.
Volvió a lamerla. Esta vez introdujo un dedo dentro de ella mientras la lengua seguía su trabajo.
El sonido que llenó la habitación era el de algo húmedo siendo explorado con una meticulosidad casi científica.
Miguel, desde su silla, veía los dedos de Daniel entrando y saliendo de su mujer, veía cómo la lengua trazaba círculos perfectos alrededor del clítoris de Laura, veía cómo ella apretaba los puños sobre la almohada y mordía su labio inferior para no gritar.
—Tres minutos —Daniel retiró el dedo, se lo llevó a la boca, lo chupó—. ¿Sabes a lo que sabes ahora?
—A…
—A excitación contenida. A deseo sin desahogo. Es el mejor sabor que he probado nunca.
—Por favor —Laura era la primera vez que suplicaba. En las dos noches anteriores, con Pedro y con Carlos, había sido ella la que llevaba el control, incluso cuando parecía sometida. Con Daniel era distinto. Daniel le había arrebatado algo y ella se lo había entregado voluntariamente.
—Un minuto. ¿Qué quieres, Laura?
—Que me folles. Ya.
—No me gustan las órdenes. Dímelo mejor.
—Quiero sentirte dentro de mí. Quiero que me folles. Quiero correrme contigo dentro. Por favor, Daniel, por favor.
Daniel sonrió. No era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de quien ha conseguido exactamente lo que quería.
—Puedes abrir los ojos.
Laura los abrió. Sus pupilas estaban dilatadas, el iris era casi todo pupila negra. Buscó a Miguel con la mirada, lo encontró en su silla, a un metro escaso, viéndolo todo.
—Mírame —dijo su mujer—. Mírame cuando me corra con él.
Daniel se colocó encima de ella. La penetró.
Fue una entrada lenta, progresiva, sin prisas.
Laura emitió un gemido y no se lo calló esta vez porque el tiempo de las prohibiciones había terminado.
Sus piernas rodearon la cintura de Daniel, sus talones se clavaron en sus nalgas flacas, sus caderas empujaron hacia arriba para buscar más.
—No te muevas tú —Daniel le sujetó las caderas contra el colchón—. Yo marco el ritmo.
Y lo marcó. Un ritmo hipnótico, constante, que parecía no acelerarse nunca, como un metrónomo del placer.
Arriba y abajo. Arriba y abajo. Cada embestida era igual a la anterior en duración, en profundidad, en intensidad.
La repetición se volvió una tortura y a la vez la única cosa que Laura deseaba en el mundo.
—Miguel —jadeó ella, girando la cabeza hacia su marido—. Acércate. Quiero que me cojas la mano.
Miguel alargó el brazo. Sus dedos se entrelazaron con los de su esposa sobre las sábanas empapadas de sudor. Sintió cómo ella apretaba cada vez que Daniel entraba. Sintió cómo temblaba a medida que el placer se acumulaba en su interior como agua a punto de desbordar un dique.
—Ahora —dijo Daniel, y su voz era un susurro afilado—. Córrete ahora.
Laura obedeció. Su cuerpo se arqueó sobre el colchón, su mano apretó la de Miguel con una fuerza que dejó marcas, un grito largo y liberador escapó de su garganta y rebotó contra las paredes del dormitorio que ya habían oído demasiado esa semana.
Daniel siguió moviéndose dentro de ella durante toda la duración del orgasmo, prolongándolo, extrayendo hasta la última contracción.
Cuando Laura dejó de temblar, Daniel se retiró. Su erección seguía intacta.
—No he terminado —dijo—. Ahora quiero que me la chupes. Y quiero correrme en tu cara. No en tu boca. En tu cara. Para que Miguel vea lo que sus apuestas han provocado. Para que cada vez que te mire al espejo recuerdes quién te ha marcado.
Laura asintió, todavía sin aliento, incorporándose débilmente.
—Miguel —dijo, girándose hacia él—. ¿Quieres que lo haga?
La pregunta le partió en dos. Pero ya no había dos partes. Solo había una.
—Sí.
Laura se arrodilló frente a Daniel. Tomó su miembro, aún brillante de sus propios fluidos, y lo introdujo en su boca con una avidez que ya no conocía límites.
Daniel le sujetó la cabeza por el pelo, guiándola, pero sin brusquedad.
Movimientos suaves, controlados. Miguel veía las mejillas de su mujer hundirse, veía sus labios deslizarse por el tronco, veía cómo la saliva le resbalaba por la barbilla.
El sonido era obsceno. El sonido era perfecto.
—Ahora —Daniel se tensó.
Se retiró de su boca en el último momento. Con una mano dirigió su miembro hacia el rostro de Laura, que cerró los ojos y lo esperó. Los chorros de semen aterrizaron sobre sus párpados, sobre sus pómulos, sobre su frente, trazando un mapa blanco y denso que resbalaba lentamente hacia sus labios.
Laura abrió la boca al final. Recogió lo que pudo con la lengua. Abrió los ojos, las pestañas pegajosas, y miró a Miguel a través de la película blanquecina que Daniel había depositado sobre su rostro.
—Sabe metálico —dijo—. Sabe a Daniel.
Miguel se quedó mirando el rostro de su mujer, ese rostro que había visto cada mañana durante seis años, ahora irreconocible bajo la máscara de semen de otro hombre. Y supo que algo fundamental había cambiado. Que ya no importaba quién había empezado esto porque ahora era imparable.
Laura le sostuvo la mirada mientras se limpiaba un resto de la mejilla con el dedo índice y se lo llevaba a la boca.
—Los tres saben distinto —dijo lentamente—. Pedro sabe a tabaco. Carlos a mango. Y Daniel…
—¿Daniel a qué? —preguntó Miguel, y su voz sonó ronca.
—Daniel sabe a venganza.
Tras ella, recogiendo su ropa doblada con la misma meticulosidad con que la había quitado, Daniel sonrió.