2. Tres sabores, un marido #2
Cuando entró, Laura estaba a horcajadas sobre Carlos.
La falda negra se había perdido en algún punto del camino hasta el dormitorio.
La blusa colgaba ya solo de un brazo, a punto de caer al suelo.
La postura le permitía a Miguel ver exactamente cómo el miembro de Carlos desaparecía y reaparecía entre los pliegues húmedos de su mujer, cómo ella cabalgaba con un ritmo que él no le conocía, un vaivén experimentado de caderas que parecía ensayado pero era puramente instintivo.
—Mírame —ordenó Laura sin girarse. Sabía que él estaba allí—. Mírame bien.
Miguel la miró. Vio sus nalgas subiendo y bajando, vio los dedos de Carlos clavándose en la carne de sus caderas, vio el sudor brillando en la espalda de su mujer como una constelación diminuta.
Vio, sobre todo, la expresión de Carlos: una mezcla de placer y concentración, de quien está disfrutando pero también calculando, de quien quiere prolongar el momento porque sabe que no habrá muchos así.
—¿Así te gusta? —preguntó Carlos, sujetándole las caderas para ralentizar el movimiento.
—Más rápido —Laura echó la cabeza hacia atrás—. No tengas miedo de hacerme daño.
Carlos obedeció. El ritmo se aceleró. El sonido de la carne golpeando contra carne llenó el dormitorio como un aplauso obsceno y continuo. Miguel sintió su propia erección presionando dolorosamente contra la cremallera del pantalón. Se la tocó por encima, sin atreverse a más.
—Tu marido tiene suerte —jadeó Carlos—. Eres la mejor follada que he tenido en años.
—Díselo a él. No a mí.
—Miguel, tienes suerte —Carlos giró la cabeza hacia la puerta—. Tu mujer folla como una diosa.
—Ahora ponme a cuatro patas —dijo Laura, desmontándose—. Quiero que me des como Pedro.
—¿Te dio así?
—Sí. Y quiero comparar.
El nombre de Pedro cayó entre ellos como un guante arrojado al suelo.
Carlos recogió el desafío sin palabras. Hizo girar a Laura, la colocó boca abajo sobre el colchón, le levantó las caderas hasta que sus nalgas apuntaron directamente hacia él.
Miguel reconoció la postura. La misma que Pedro.
La misma cama. La misma mujer en la misma posición. Solo cambiaba el hombre detrás.
Carlos entró de una sola embestida. Laura soltó un grito corto, mordió la almohada, empujó las caderas hacia atrás para recibir más.
—¿Cómo se siente? —preguntó Miguel, y no supo por qué lo había preguntado.
La pregunta flotó en el dormitorio como un globo a punto de estallar. Carlos no dejó de moverse. Laura tardó unos segundos en responder, con la voz entrecortada por cada embestida.
—Distinto —dijo—. Más… grueso. Pedro era más largo pero Carlos es más grueso. Llena más.
—¿Te gusta más?
—Me gustan los dos. Me gustan los tres.
Los tres. Incluyendo a Daniel. Que aún no había venido. Que estaba por llegar.
Carlos agarró el pelo de Laura. Enrolló la melena oscura alrededor de su puño, tiró hacia atrás, hizo que su espalda se arqueara como un arco tensado. Las embestidas se volvieron más profundas, más lentas, como si quisiera que cada una quedara registrada en alguna parte.
—Me voy a correr —anunció, y su voz era ya un gruñido—. ¿Dónde quieres que lo haga?
—En mi boca —Laura se giró con dificultad, con el pelo aún atrapado en el puño de Carlos—. Como hiciste con mi sostén. Pero esta vez quiero que sea directamente.
Se desprendió de él. Se giró. Se arrodilló en el suelo, frente a Carlos, que permanecía de pie junto a la cama con su erección brillante y húmeda apuntando hacia el rostro de ella. Laura abrió la boca. Sacó la lengua. Esperó.
Fueron tres sacudidas y un chorro blanco que aterrizó en sus labios, en su lengua, en su mejilla derecha. Laura cerró los ojos mientras recibía el semen de Carlos. Después, con la misma lentitud teatral, cerró la boca. Tragó.
—Sabe distinto a Pedro —dijo, relamiéndose—. Más dulce. Afrutado. Como si hubieras comido fruta antes de venir.
—He cenado mango —dijo Carlos, y se rio con una risa ronca y satisfecha—. Eres increíble.
—Lo sé.
****
El viernes fue Daniel.
Si Carlos era un oso pausado y Pedro un depredador que disfrutaba el espectáculo, Daniel era otra especie completamente distinta.
Nada más cruzar la puerta, Miguel percibió esa cualidad quirúrgica en su forma de moverse, de observar, de calcular.
Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada, sus gafas de montura fina, esas manos delgadas y precisas que parecían hechas para desmontar relojes o para trazar líneas sobre un papel milimetrado.
—Buenas noches —saludó con un apretón de manos firme y seco. Sin palmadas en el hombro. Sin chistes cómplices.
—Pasa —dijo Miguel sintiéndose extrañamente formal.
Laura esperaba en el salón. Esta vez sí se había esmerado en el atuendo.
Un vestido gris perla, ceñido, que le llegaba hasta la mitad del muslo.
Tacones de aguja. El mismo carmín rojo oscuro de la noche con Pedro.
Había encendido velas, pero solo tres. Las justas para crear una intimidad quirúrgica, un espacio contenido y preciso como el hombre al que esperaban.
—Daniel —Laura no se levantó a recibirle. Se quedó sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y un vaso de vino blanco en la mano—. Eres el último. El que más misterio me genera.
—¿Por qué? —Daniel se sentó en el sillón de enfrente. No en el sofá junto a ella. Midió la distancia con precisión.
—Porque tus paquetes eran los más meticulosos. El papel de seda estaba doblado con una perfección que parecía origami. Y tu olor era el más… complejo.
—¿Mi olor?
—Salado. Denso. Con algo metálico debajo. Como si te hubieras tomado muy en serio lo de masturbarte en mis bragas.
Daniel esbozó una sonrisa fina. Sus ojos detrás de las gafas no parpadeaban.
—Me lo tomé muy en serio. Me tomo todo en serio. Es mi naturaleza.
—Cuéntame qué hiciste exactamente —Laura dejó la copa sobre la mesa—. Quiero detalles.
Miguel, desde su esquina habitual junto al mueble bar, sintió que la temperatura de la habitación descendía varios grados. Daniel no era como los otros. No había calor animal en su mirada. Había método.
—Primero —comenzó Daniel, recolocándose las gafas sobre la nariz— desdoblé las bragas sobre mi escritorio.
Las examiné durante varios minutos. Son de una marca cara, ¿verdad?
Noté la calidad del tejido. Después las olí.
Olían a ti, pero muy tenuemente. Como si las hubieras usado poco o las hubieras lavado antes de que Miguel las cogiera.
—Las había usado solo una vez —dijo Laura—. Me daban vergüenza. Son casi transparentes.
—Lo son. Por eso me gustaron. Me gustan las cosas que dejan ver lo que esconden.
—¿Y después?
—Me bajé la cremallera del pantalón. Lo hice sentado en mi silla de escritorio. Me masturbé despacio, pensando en quién era la mujer que llevaba esa prenda, cómo sería, cómo gemiría. Tardé casi veinte minutos en correrme. Lo sé porque cuando terminé miré el reloj.
—¿Dónde apuntaste?
—A la parte más fina de la tela. Justo donde tu piel habría estado si las llevaras puestas. Quería que la mancha quedara exactamente sobre tu clítoris.
Laura se estremeció. Miguel lo vio claramente, un escalofrío que le recorrió los hombros como una descarga eléctrica. Daniel también lo vio. Lo catalogó mentalmente. Pasó a la siguiente fase.
—He pensado mucho en esta noche —dijo, poniéndose de pie despacio—. He pensado en cómo quiero que suceda todo.
—¿Y cómo quieres que suceda? —Laura seguía sentada. Pero sus pechos subían y bajaban más rápido que antes.
—Quiero que Miguel se siente en una silla junto a la cama. No en la puerta. Junto a la cama. Quiero que vea todo desde cerca. Y quiero que tú te tumbes boca arriba, con las piernas abiertas, los brazos sobre la cabeza, y que durante los primeros diez minutos no te muevas. Pase lo que pase.
—Eres muy específico.
—Siempre lo soy.
Laura se levantó del sofá. Se acercó a Daniel y se quedó a pocos centímetros de su rostro. No le besó. No le tocó. Simplemente le sostuvo la mirada durante varios segundos, como si estuviera firmando un contrato en silencio.
—Trato hecho.
El dormitorio se preparó según las especificaciones de Daniel.
Miguel ocupó una silla de madera, colocada a apenas un metro del borde de la cama.
Desde allí podía ver cada poro de la piel de Laura, cada pliegue de las sábanas, la mínima vibración de los músculos de su esposa mientras se colocaba boca arriba con los brazos extendidos sobre la cabeza.
Daniel se situó a los pies de la cama. No se desnudó enseguida. Primero la observó.
—Las rodillas un poco más separadas —dijo—. Así. Perfecto. Ahora cierra los ojos.
Laura cerró los ojos.
—No quiero que los abras hasta que yo te lo diga. ¿Entendido?
—Entendido.
Daniel se quitó la chaqueta con una lentitud ceremonial.
La dobló cuidadosamente sobre el respaldo de una butaca cercana.
Después la camisa. Los pantalones. Los calcetines.
Los calzoncillos. Cada prenda doblada, colocada en un montón ordenado como una torre de ropa perfectamente apilada.
Su cuerpo delgado contrastaba con la corpulencia de Carlos y el atleticismo de Pedro.
Era un cuerpo de oficinista, de hombre que pasaba horas sentado, pero sus movimientos tenían la precisión de un cirujano.
Y su erección, cuando quedó expuesta, era exactamente como lo demás: proporcionada, recta, con una curva apenas perceptible hacia arriba, un instrumento diseñado para una función específica que Daniel iba a ejecutar con meticulosidad profesional.
—Diez minutos —anunció, subiendo a la cama—. Sin moverte. Sin abrir los ojos. Sin hacer ruido.
Empezó por el cuello. No la besó. Recorrió la piel con la punta de la lengua, un trazo largo desde la clavícula hasta la oreja, y luego otro, y otro, como si estuviera dibujando un mapa sobre la piel de Laura. Ella se estremeció pero no se movió. No emitió ningún sonido.