2. Tres sabores, un marido
Tres sabores, un marido
El miércoles amaneció con un silencio distinto.
Miguel llevaba dos días moviéndose por la casa como un fantasma que hubiera olvidado cómo materializarse, esquivando la mirada de Laura cuando ella regresaba del trabajo, hablando con monosílabos, sintiendo que cada rincón de la casa guardaba un eco de lo que había sucedido en el dormitorio.
Las sábanas seguían oliendo a Pedro. Laura no las había cambiado.
—No voy a lavarlas todavía —dijo ella esa mañana frente a la cafetera, como si le hubiera leído el pensamiento—. ¿Te molesta?
Miguel negó con la cabeza. La pregunta real no era si le molestaba. La pregunta real era por qué no le molestaba más.
—Quiero que invites a Carlos —Laura se llevó la taza a los labios. El carmín dejó una marca en el borde de porcelana—. Para mañana, si puede.
—¿A Carlos?
—Te dije que quiero conocerlos. A los tres. Quiero distinguirlos sin necesidad de oler ropa interior.
Había algo nuevo en su forma de hablar. Una seguridad que no estaba allí antes, un filo que convertía cada frase en una orden disfrazada de sugerencia. Miguel sacó el teléfono. Tecleó un mensaje corto, sin adornos: Laura quiere verte. Mañana en casa. Sobre las ocho.
La respuesta llegó antes de que pudiera guardar el teléfono. Un escueto Allí estaré y un emoticono de copa de vino que a Miguel le pareció obscenamente inapropiado.
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Carlos llegó puntual. Llevaba una camisa azul marino con las mangas remangadas hasta el antebrazo, dejando ver unos antebrazos gruesos cubiertos de vello oscuro.
Su complexión robusta ocupaba el recibidor de una manera que empequeñecía a Miguel.
Olía a tabaco y a algo más dulce, afrutado, una colonia o quizá un aftershave que Laura identificaría en cuanto se acercara.
—¿Cómo va todo? —preguntó, dándole una palmada en el hombro.
Miguel encajó el golpe sin responder. Carlos ya sabía cómo iba todo.
Lo sabía porque Pedro se lo había contado, estaba seguro, con ese detallismo obsceno que los hombres emplean entre ellos cuando hablan de sus conquistas.
Sabía que Laura gemía de una manera determinada cuando el placer le alcanzaba cierto umbral, sabía que a Miguel se le había puesto dura mientras miraba, sabía que después Pedro se había marchado silbando y Miguel se había quedado en el sofá, inmóvil, con la mirada perdida en la oscuridad del salón.
Laura apareció al fondo del pasillo. Llevaba un conjunto distinto al de la noche de Pedro: una blusa blanca semitransparente y una falda negra que le llegaba justo por encima de las rodillas.
Nada demasiado provocador. Nada que no pudiera llevar a una cena con amistades.
Pero debajo —Miguel lo supo con una certeza que le revolvió el estómago— no llevaba sujetador.
—Carlos —Laura se acercó con la mano extendida, formal, correcta—. Por fin te conozco en persona.
—El placer es mío —Carlos retuvo su mano un instante de más—. Miguel me ha hablado mucho de ti.
—No, Miguel no te ha hablado de mí —ella sonrió, y fue una sonrisa dulce que contradijo la dureza de sus palabras—. Tú ya conocías cosas mías antes de conocerme a mí.
El silencio que siguió fue eléctrico. Carlos no se inmutó. Su sonrisa se ensanchó.
—Me descubriste.
—Os descubrí a todos.
Pasaron al salón. Esta vez no había velas encendidas.
La luz era la luz normal del hogar, la del flexo del rincón y la lámpara de pie junto al sofá.
Nada de escenografía. El ritual de la primera noche había sido necesario, pensó Miguel, pero ahora tanto Laura como él se movían en un terreno que ya no necesitaba decorados.
—Pedro nos contó que la noche fue… productiva —dijo Carlos, dejándose caer en el sofá con esa familiaridad insultante de quien ya se siente dueño del espacio—. Dijo que Laura es muy hospitalaria.
—Pedro habla demasiado —Laura se sentó enfrente, cruzándose de piernas. La falda se tensó sobre sus muslos—. Pero me alegra que estés aquí. Tenía curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Sí. Quería ver si eras capaz de mirarme a los ojos después de lo que hiciste con mi sostén.
Carlos la miró a los ojos. Directamente. Sin parpadear.
—Lo soy.
—Bien —Laura inclinó la cabeza ligeramente—. ¿Y qué más hiciste, aparte de correrte en mi ropa interior?
La brutalidad de la pregunta le arrancó a Miguel un leve sonido gutural. Algo entre una tos y un gemido. Los dos lo ignoraron.
—Pensar en ti —respondió Carlos, y su tono era grave, pausado, como si estuviera degustando cada sílaba—. Imaginar cómo serías. Si gemirías fuerte o te morderías los labios. Si te gusta que te miren mientras te follan o prefieres cerrar los ojos.
—¿Y ahora que me tienes delante?
Carlos se inclinó hacia adelante. Sus manos, grandes, de nudillos prominentes, se apoyaron en sus propias rodillas. No tocó a Laura. Todavía no. Pero el espacio entre ellos se cargó con una tensión que Miguel sintió desde su rincón como una corriente de aire caliente.
—Ahora quiero descubrir si todo lo que imaginé se queda corto.
—Puedes empezar por tocarme.
No hizo falta repetirlo. Carlos se levantó del sofá en un solo movimiento fluido y se situó delante de ella.
Desde su posición, Miguel veía la escena en un ángulo que le permitía observar la nuca de Carlos, sus hombros anchos, y a Laura detrás, empequeñecida por la corpulencia del hombre pero con una expresión de control absoluto en el rostro.
La mano derecha de Carlos se posó sobre la rodilla de Laura.
Subió lentamente, los dedos extendidos, la palma abierta, recorriendo el muslo por debajo de la falda.
La tela negra fue arrugándose a medida que la mano avanzaba.
Cuando los nudillos rozaron la entrepierna de Laura, ella abrió las piernas.
Un centímetro. Dos. Lo justo para que los dedos encontraran la tela de las bragas.
—Estás mojada —dijo Carlos, y había genuina sorpresa en su voz.
—Llevo mojada todo el día —respondió Laura—. Desde que Miguel me dijo que vendrías.
El nombre de Miguel resonó en la habitación como una bofetada suave, como un recordatorio de su papel en todo aquello. Él se removió en su asiento. Se sirvió otro whisky. El hielo tintineó contra el cristal.
Carlos retiró la mano y se la llevó a la nariz. Inhaló profundamente.
—Hueles distinta a lo que esperaba.
—¿Qué esperabas?
—Algo más parecido a lo que quedó en el paquete. Pero esto —volvió a oler sus dedos— es mejor. Es fresco. Es real.
—¿Y qué vas a hacer al respecto?
La respuesta de Carlos fue incorporarse, desabrocharse el cinturón y dejar que el pantalón cayera al suelo con un golpe sordo.
No llevaba calzoncillos. Su erección brotó, gruesa y oscura, apuntando hacia el rostro de Laura, que la contempló con la misma curiosidad hambrienta que Miguel le había visto con Pedro pero con un matiz distinto: ahora era una gourmet que comparaba platos.
—Tienes una polla bonita —dijo Laura.
Miguel se atragantó con el whisky. Laura nunca había usado esa palabra con él. No así. No con esa crudeza desnuda.
—La tuve guardada muchos años —Carlos se frotó el miembro lentamente—. Hasta que Miguel me dio algo tuyo. Entonces empecé a usarla de verdad.
—Enséñame cómo la usaste.
Carlos se arrodilló delante de ella. Le abrió las piernas con suavidad, con una delicadeza que contrastaba con el tamaño de sus manos. Acercó el rostro a la entrepierna de Laura. Inhaló de nuevo. Luego, con la lengua, trazó una línea húmeda sobre la tela de las bragas.
Laura arqueó la espalda. Agarró los cojines del sofá con ambas manos.
—No —dijo, y su voz tembló ligeramente—. Quítamelas. Quiero sentirlo directamente.
Carlos obedeció. Las bragas negras resbalaron por las piernas de Laura y quedaron en el suelo, junto al pantalón de él, como dos prendas huérfanas que ya no pertenecían a nadie. Carlos volvió a enterrar el rostro entre los muslos de ella, esta vez sin barreras.
Lo que siguió fue un concierto de sonidos húmedos.
La lengua de Carlos trabajando sobre el clítoris de Laura, sus labios succionando los pliegues, sus dedos abriéndola para llegar más hondo.
Miguel no podía ver los detalles desde su ángulo, pero podía oírlo todo.
Cada lametón. Cada succión. Cada gemido que su mujer no se molestaba en contener.
—Joder —Laura tenía la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el respaldo del sofá—. Joder, Carlos.
—¿Te gusta?
—No pares.
Pero Carlos paró. Se incorporó limpiándose la boca con el dorso de la mano y ofreció a Laura los dedos que habían estado dentro de ella.
—Pruébate —dijo.
Laura chupó los dedos de Carlos. Sus mejillas se hundieron. Su lengua se enroscó alrededor de ellos. Miguel recordó la noche anterior, recordó aquella misma boca alrededor de Pedro, recordó que nunca, en seis años de matrimonio, su mujer le había mirado así mientras le practicaba sexo oral.
—Sabe a mí —dijo Laura cuando terminó—. ¿Te gusta cómo sé?
—Me gusta tanto que quiero llevarme el sabor a casa.
—Puedes llevártelo en la polla —Laura se desabrochó la blusa. La tela blanca se abrió revelando sus pechos, los mismos que Miguel había visto centenares de veces—. Fóllame. Pero no aquí.
Se puso de pie. Descalza, con la falda arrugada alrededor de la cintura y la blusa abierta como dos alas blancas a los costados, echó a andar hacia el dormitorio.
—Vamos. Y tráete eso —señaló la erección de Carlos—. Quiero sentirla dentro.
Carlos la siguió. Al pasar por delante de Miguel, le dio una palmada en el hombro.
—Gracias por la invitación, hermano.
Miguel se quedó mirando el pasillo vacío. Desde el dormitorio llegaba ya el sonido de los muelles de la cama.