1. Apuestas que se cobran #2
Se dieron dos besos. Las mejillas apenas se rozaron, pero Miguel vio cómo la mano de Pedro se posaba un instante de más en la cadera de Laura. Vio cómo ella no se apartaba.
—He oído que tenías algo para mí —dijo Laura, guiándole hacia el salón.
—En realidad eras tú la que querías devolverme algo. Eso dijo Miguel.
—Ah, sí. Las gracias. Por el regalo que me enviaste.
El salón estaba en penumbra. Laura había encendido velas, una docena de llamas diminutas que hacían bailar las sombras en las paredes como espectadores impacientes. Miguel se situó en una esquina, junto al mueble bar, con un vaso de whisky que no recordaba haberse servido.
—¿Te gustó? —Pedro se sentó en el sofá, las piernas abiertas, ocupando espacio como un animal marcando territorio.
—¿El qué exactamente? —Laura se quedó de pie frente a él.
—Lo que puse en tu sostén.
—Olía bien. Olía a ti.
—¿Y lo probaste?
El silencio fue la respuesta. Laura se llevó un dedo a los labios, despacio, y lo chupó con una lentitud teatral que Miguel sintió en la base del estómago.
—Un poco —dijo ella—. Sabía a tabaco.
Pedro se incorporó. Desde su rincón, Miguel lo vio alzarse como una amenaza, como una promesa, como todo aquello que había estado latente desde la noche del póker y que ahora estaba a punto de materializarse.
—Pues ahora —Pedro le tomó la barbilla entre el pulgar y el índice— vas a probarlo directamente de la fuente.
No hubo resistencia. Laura abrió la boca antes de que él terminara la frase, y cuando Pedro la besó, fue un beso hambriento, devorador, un beso que no pedía permiso porque sabía que ya estaba concedido.
Miguel vio la lengua de su amigo entrando en la boca de su mujer.
Vio la lengua de su mujer saliendo a recibirla.
Oyó un gemido suave, gutural, femenino, completamente ajeno a la mujer con la que se había casado hacía seis años.
—Quiero ver tus tetas —dijo Pedro al separarse, con la voz ya ronca.
Laura se giró hacia Miguel. Le sostuvo la mirada mientras se bajaba los tirantes del vestido. El movimiento fue lento, deliberado, una coreografía pensada para él. La tela resbaló. Los pechos quedaron expuestos, los pezones ya erectos, la piel erizada a pesar del calor de las velas.
—¿Esto es lo que querías? —le preguntó ella directamente, y Miguel supo que no se lo estaba preguntando a Pedro.
No pudo responder. Su garganta era un nudo de algodón.
Pedro le ahorró la respuesta. Tomó un pecho en cada mano, los masajeó con una voracidad casi violenta, y luego inclinó la cabeza para atrapar el pezón izquierdo entre los labios.
Lo chupó ruidosamente. Lo mordisqueó. Tiró de él con los dientes hasta que Laura emitió un pequeño quejido que oscilaba entre el dolor y el placer.
Los dedos de Pedro bajaron por su cintura, apretaron sus nalgas, la atrajeron contra su cuerpo. Laura se dejó hacer. Sus ojos seguían fijos en Miguel, comunicándole algo que iba más allá de las palabras, una especie de venganza dulce y perversa que ambos estaban saboreando por igual.
—Al dormitorio —ordenó Pedro—. Y tú vienes también. Esto es un espectáculo con público.
El dormitorio. La cama que Miguel compartía con Laura. Las sábanas blancas que ella había cambiado esa misma mañana. Pedro la empujó sobre el colchón sin ceremonias, le arrancó el vestido del todo, la dejó expuesta solo con unas bragas negras mínimas que no cubrían casi nada.
Miguel se apoyó contra el marco de la puerta. No se atrevía a entrar del todo. No se atrevía a quedarse fuera.
—Bonitas —dijo Pedro, enganchando los dedos en el elástico de las bragas—. Pero estoy harto de ver ropa interior de esta mujer.
Tiró de ellas hacia abajo. Las bragas resbalaron por los muslos de Laura, por sus pantorrillas, quedaron enganchadas un instante en uno de sus tacones antes de caer al suelo como una bandera rendida.
Laura estaba completamente desnuda sobre las sábanas blancas, completamente expuesta, completamente entregada.
Pedro se desabrochó el cinturón. El sonido del cuero deslizándose por las presillas fue el chasquido de un disparo en medio del silencio.
El pantalón cayó. Los bóxers también. Su erección quedó apuntando directamente al rostro de Laura, que la contempló con una mezcla de fascinación y algo parecido al hambre.
—Chúpala.
No era una petición. Laura se incorporó sobre los codos, siempre mirando hacia la puerta donde Miguel permanecía petrificado, y abrió la boca. Pedro apoyó una mano en su nuca. La otra la usó para guiar su miembro hacia aquellos labios pintados de rojo oscuro.
La escena se grabó en la retina de Miguel como una secuencia de fotogramas imposibles: el glande desapareciendo entre los labios de su mujer, el movimiento rítmico de sus mejillas succionando, el sonido húmedo que llenaba el dormitorio como una melodía obscena.
Pedro echó la cabeza hacia atrás. Soltó un gruñido.
—Joder, qué bien chupas la polla. Miguel, tienes suerte de tener una esposa que la chupe así.
Miguel quiso responder. Quiso decir algo, hacer algo, intervenir de alguna manera. Pero su cuerpo no le obedecía. Sus pies estaban clavados al suelo. Su mano derecha, casi inconscientemente, había descendido hasta su propia erección y la apretaba por encima del pantalón.
—Ahora quiero follarla —anunció Pedro, retirándose de su boca con un hilo de saliva conectándolos todavía—. Y quiero que sea ella quien me lo pida.
Laura se limpió los labios con el dorso de la mano. El carmín estaba corrido, los ojos le brillaban con una intensidad febril. Se giró hacia la puerta.
—Miguel —su voz era ronca, irreconocible—. ¿Puede tu amigo follarme en nuestra cama?
La pregunta perforó algo dentro de él. Algo que llevaba años construyendo: la idea de matrimonio, de exclusividad, de posesión. Y al mismo tiempo sintió una liberación tan profunda que casi le hizo gemir.
—Sí —dijo, y la palabra le supo a ceniza y a miel al mismo tiempo.
—No te he preguntado a ti —Laura sonrió, una sonrisa nueva, una que no le había visto nunca—. Le he preguntado a él.
Pedro se rio. El sonido rebotó contra las paredes.
—Pues claro que puede —dijo—. Pídemelo bien.
Laura se giró hacia él. Se puso a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndole la visión completa de su cuerpo expuesto, arqueando la espalda de una manera que convertía sus nalgas en una invitación imposible de rechazar.
—Fóllame, Pedro. Fóllame delante de mi marido. Lléname con esa polla que tienes y haz que él lo vea todo.
Miguel sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Y también algo se aliviaba.
Pedro se colocó detrás de ella. Tomó su miembro, lo apoyó contra la entrada húmeda de Laura, y empujó.