Compartiendo Esposa Con Amigos
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1. Apuestas que se cobran
Apuestas que se cobran
El humo de los cigarros flotaba en capas sobre la mesa de fieltro verde. Cinco hombres sentados alrededor, las mangas arremangadas hasta los codos, los vasos de whisky dejando anillos de condensación sobre la madera. La noche se había alargado más de lo que cualquiera había planeado.
—Te quedaste sin fichas, hermano —dijo Carlos, pasándose una mano por la barba incipiente mientras recogía las suyas con un rastrillo invisible.
Miguel miró el vacío frente a él. Había entrado con dos mil pesos y la confianza idiota de quien cree que la suerte está de su lado. Tres horas después, no le quedaba nada.
—Puedo conseguir más —dijo, aunque ambos sabían que era mentira.
—No, ya debes bastante —intervino Daniel desde el otro extremo de la mesa, ajustándose las gafas sobre la nariz—. Además, tu mujer se va a enfadar si llegas sin un centavo.
El nombre de Laura flotó en el aire como una provocación involuntaria.
—Hablando de tu mujer… —Pedro dejó su vaso sobre la mesa con un golpe seco—. ¿No tendrás algo más interesante que dinero?
—¿A qué te refieres?
Pedro intercambió una mirada con los otros. Eran tres: Carlos, Daniel y él. Amigos desde la universidad, aunque la palabra “amigos” se estiraba a veces hasta límites incómodos.
—Algo de ella —dijo Carlos—. Prendas. Lo que sea.
Miguel soltó una risa que sonó más nerviosa de lo que pretendía.
—Estás bromeando.
—No exactamente —Pedro se inclinó hacia adelante—. Mira, no tenemos que seguir jugando por dinero. Podemos hacerlo interesante. Tú decides cuánto vale cada cosa.
El silencio que siguió fue espeso, cargado de una electricidad extraña que nadie quería nombrar.
Miguel pensó en Laura. En su risa fácil, en su pelo oscuro cayendo sobre los hombros, en la forma en que se movía por la casa cuando creía que nadie la miraba.
Pensó en el cajón de la cómoda, el tercero desde arriba, donde guardaba la lencería.
—Una prenda —dijo, y su voz le sonó ajena—. Vale cien fichas.
—Doscientas —contraofertó Daniel sin parpadear.
—Hecho.
Se levantó de la mesa sintiendo las piernas extrañamente ligeras. El pasillo hacia el dormitorio principal estaba en penumbra. La cama hecha, las cortinas corridas, el perfume de Laura impregnado en cada fibra de la habitación como un fantasma amable. Abrió el cajón.
Las manos le temblaban cuando eligió un conjunto de encaje color vino. Era uno de sus favoritos, recordó, el que había llevado puesto en su último aniversario. La textura resbaló entre sus dedos como agua tibia.
De vuelta en la mesa, el montón de tela provocó un cambio en la atmósfera.
—Bonito —murmuró Pedro, y su tono tenía un filo nuevo.
Esa mano la ganó Carlos. Para entonces, Miguel había vaciado ya tres dedos de whisky y la prudencia se había convertido en un concepto abstracto.
Volvió al dormitorio. Un sostén negro. Después otro conjunto, este azul eléctrico.
Luego unas bragas mínimas, casi transparentes, que Laura había comprado en un viaje a la playa y que apenas había usado porque le daba vergüenza.
Cada pérdida era un pequeño desastre. Cada desastre, una excitación que no se atrevía a reconocer.
—Se acabó —anunció Daniel pasada la medianoche, guardando tres prendas distintas en el bolsillo interior de su chaqueta—. Ha sido una noche productiva.
Los otros rieron. Miguel no.
—No le vas a decir nada, ¿verdad? —preguntó, y odió el tono suplicante que le salió.
—Claro que no —Pedro le dio una palmada en el hombro—. Esto es entre nosotros. El código del póker.
Se fueron dejando tras de sí una estela de humo y promesas ambiguas. Miguel se quedó sentado en la mesa vacía, rodeado de naipes dispersos y vasos sucios, preguntándose qué acababa de hacer exactamente.
****
Laura llegó el domingo por la tarde. Traía el pelo recogido en una coleta alta y una bolsa de lona al hombro con ropa de fin de semana. Besó a Miguel en la mejilla distraídamente mientras le contaba algo sobre su madre y la reforma de la cocina.
—¿Todo bien por aquí? —preguntó sin esperar respuesta, abriendo el refrigerador.
—Todo bien. Partida de póker con los chicos.
—Ah, qué bien. ¿Ganaste algo?
—No mucho.
Ella tarareó una canción mientras preparaba café. Miguel la observó desde la puerta de la cocina, buscando señales de que algo hubiera cambiado, de que el universo hubiera dejado alguna marca en ella después de lo que él había hecho. Pero Laura era la misma de siempre: eficiente, cálida, ajena.
El primer paquete llegó el martes.
Era una caja pequeña, marrón, sin remitente. Laura la encontró al volver del trabajo, apoyada contra la puerta como un visitante silencioso. La abrió en la encimera de la cocina mientras revisaba el correo con la otra mano. Dentro, envuelto en papel de seda blanco, estaba su sostén negro.
Lo reconoció de inmediato. El encaje tenía un pequeño desgarro cerca del cierre que ella misma había remendado hacía meses. Frunció el ceño. Lo sacó de la caja preguntándose por qué estaba allí, quién lo había enviado, cómo había salido de su cajón.
Entonces lo vio.
Manchas blancas, secas, distribuidas por las copas como un mapa obsceno. La tela estaba rígida en algunas partes. El olor le llegó un segundo después: almizclado, salino, inconfundible.
—Miguel —llamó, y su voz sonó más aguda de lo normal.
Él apareció en la puerta de la cocina. Vio lo que ella sostenía. Palideció.
—¿Qué es esto? —Laura giró el sostén entre sus dedos—. Es mío. Es mi sostén. ¿Por qué está manchado? ¿Por qué lo tiene otra persona?
Las palabras salieron atropelladas. Miguel abrió la boca, la cerró, buscó algo a lo que aferrarse en la expresión de su mujer y no encontró nada. Solo confusión. Solo el principio de una tormenta.
—La partida —dijo al fin—. Perdí dinero. Aposté… cosas.
—¿Cosas?
—Tu ropa. Tu lencería.
Ella se quedó inmóvil. La cafetera goteó su última gota. El segundero del reloj de pared avanzó cinco veces antes de que Laura hablara de nuevo.
—Se la diste a tus amigos para que hicieran esto.
—No pensé que…
—No, no pensaste.
Pero no había ira en su voz. Miguel la conocía lo suficiente para distinguir sus tonos, y este no era de enfado. Era otra cosa. Algo más complejo que burbujeaba bajo la superficie como agua a punto de hervir.
Laura llevó la prenda hacia su rostro. La olió.
—¿Quién fue? —preguntó.
—Carlos. Creo.
—Huele a Carlos, entonces.
Miguel sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Su mujer sostenía un sostén manchado con el semen de su amigo y lo examinaba con una curiosidad casi clínica, casi… hambrienta.
—¿Te excita esto? —la voz le salió rota.
—No seas ridículo —pero sus mejillas estaban encendidas—. Es asqueroso.
Dejó la prenda sobre la encimera como si quemara. Se sirvió café con movimientos bruscos. No mencionaron el tema durante el resto de la noche, pero Miguel la sorprendió mirando la caja vacía en dos ocasiones, con una expresión que no supo descifrar.
El segundo paquete llegó tres días después.
Un sobre acolchado con el conjunto azul eléctrico.
El tercero, al día siguiente: las bragas transparentes que Laura apenas había usado y que ahora estaban tiesas, duras, cubiertas de una costra blanquecina que ella acarició con la yema del dedo índice antes de llevársela a la nariz.
—Daniel —murmuró—. Este olor es distinto.
—¿Cómo puedes saberlo? —Miguel estaba sentado en el sofá, las manos entrelazadas sobre las rodillas, viendo a su mujer descifrar la biografía líquida de otros hombres sobre su propia ropa interior.
—Los hombres huelen distinto. ¿Nunca te has dado cuenta? —Laura se giró hacia él. Sostenía las bragas en una mano, y con la otra se apartaba un mechón de pelo de la frente—. Carlos huele a tabaco y a algo dulce. Como a fruta pasada. Daniel es más salado, más denso. Y Pedro…
—¿También sabes cómo huele Pedro?
—No. Pero quiero saberlo.
La frase quedó suspendida entre ellos como un desafío. Laura parecía sorprendida de haberla pronunciado. Miguel estaba seguro de que su corazón había dejado de latir durante un segundo completo.
—Laura…
—Me están enviando esto —dijo ella, dando un paso hacia el sofá—. Tus amigos están enviándome paquetes con mi propia ropa interior llena de su semen, y tú estás ahí sentado sin hacer nada. Sin enfadarte. Sin ir a partirles la cara. ¿Por qué?
—Porque yo empecé esto.
—No —ella negó con la cabeza—. Eso no es todo.
Se sentó a su lado. El roce de su muslo contra el de él fue como un electroshock. Dejó las bragas manchadas sobre la mesa de centro, justo delante de ellos, como una ofrenda o una prueba.
—¿Tú quieres esto? —preguntó Miguel, y la pregunta le salió más desesperada de lo que pretendía—. ¿Quieres… que ellos te hagan algo?
—Lo que yo quiero —Laura le tomó la cara entre las manos— es que tú estés presente. Mirando. Viendo lo que tus apuestas provocaron.
Su boca se acercó a la de él, pero no para besarle. Para hablar contra sus labios.
—Pedro es el único que falta. ¿Verdad? Dile que venga mañana. Dile que quiero devolverle algo. Que quiero darle las gracias por el regalo.
Miguel tembló. De rabia, de excitación, de una emoción sin nombre que le llenaba la garganta de cristales rotos.
—No puedo.
—Puedes —la mano de Laura bajó hasta su entrepierna, donde una erección dolorosa desmentía cualquier protesta—. Y vas a hacerlo.
Esa noche llamó a Pedro. Las palabras salieron torpes, tartamudeadas, un mensaje a medio formar que delataba su estado con cada pausa. Pedro escuchó en silencio. Luego dijo:
—Allí estaré.
****
Pedro llegó a las ocho. Traía una botella de vino y una sonrisa que Miguel quiso arrancarle de la cara a puñetazos. Pero se quedó quieto en el recibidor, dejándole pasar, oliendo su colonia barata y el rastro de tabaco que siempre le seguía como un perro fiel.
Laura apareció al fondo del pasillo. Llevaba un vestido negro, ajustado, que dejaba ver casi todo y prometía el resto. Tacones. Los labios pintados de un rojo oscuro que Miguel solo había visto en ocasiones muy especiales.
—Pedro —dijo ella, acercándose—. Gracias por venir.
—Gracias a vosotros por invitarme.