Compartiendo Esposa Con Amigos 6. La puerta del deseo
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6. La puerta del deseo

La puerta del deseo

El lunes llegó envuelto en un silencio distinto. No era el silencio cargado del sábado ni el silencio expectante del domingo. Era un silencio denso, casi táctil, como si las paredes del apartamento hubieran absorbido tanto sexo en la última semana que ahora transpirasen feromonas.

Miguel se despertó en la alfombra del salón.

Otra vez. Su erección matutina —una constante desde que Laura le había prohibido correrse— presionaba contra el pantalón del pijama como un recordatorio físico de su nuevo lugar en el mundo.

Se incorporó. La lengua le sabía a Javier, a café amargo y a sal, el regusto persistente de la noche anterior mezclado con el sabor familiar de su mujer.

Laura ya estaba despierta. Sentada a la mesa de la cocina, con la camisa blanca de Miguel puesta y nada más, hojeaba una revista de moda mientras bebía café. La luz de la mañana le daba en el pelo oscuro y lo convertía en un espejo roto.

—Buenos días, cornudo —dijo sin levantar la vista—. ¿Has soñado conmigo?

—No he soñado. No he dormido.

—Mejor. Así estás más atento.

Miguel se sirvió café. Las manos le temblaban menos que otros días, notó. Quizá el cuerpo se acostumbraba a la humillación igual que se acostumbraba al whisky. Quizá ya no quedaba nada que temblara dentro de él.

—Esta noche viene Roberto —dijo Laura, pasando una página—. El vecino del quinto. El que me mira cuando saco la basura en bata.

—Lo sé.

—Quiero algo distinto con él. Algo que no hayamos hecho todavía.

—¿Qué?

Laura cerró la revista. Sus ojos brillaban con esa luz nueva que Miguel había aprendido a reconocer: la luz de quien está a punto de diseñar una fantasía y convertirla en instrucciones.

—Quiero que me folle contra la puerta.

—¿Qué puerta?

—La del salón. La que da al pasillo. La que está justo enfrente de la mirilla. —Se levantó y caminó hacia él, la camisa ondeando alrededor de sus muslos—. Quiero que Roberto me agarre, me levante, me clave contra esa puerta y me folle mientras tú miras.

—¿Y qué tiene de distinto?

—Que la puerta da al pasillo del edificio.

Que cualquiera que pase por el rellano podrá oírme.

Que si alguien mira por la mirilla, verá mi espalda desnuda y sus manos en mis nalgas.

—Se detuvo frente a Miguel—. Quiero que me folles contra el mundo, Miguel.

Quiero que el edificio entero sepa lo que soy.

—¿Y Roberto?

—Roberto lleva meses fantaseando conmigo. Lo sé. Lo huelo. Cada vez que me cruzo con él en el ascensor, su mirada me desnuda. Es un voyeur. Un observador paciente. Pues esta noche va a dejar de observar y va a participar.

—¿Y yo?

—Tú en tu silla. La de la esquina. Mirando. Sin tocarte. Sin correrte. —Laura le acarició la mejilla—. Ya quedan menos días. Aguanta.

****

Las horas pasaron con la lentitud de la melaza. Miguel deambuló por el apartamento mientras Laura se preparaba. Esta vez no hubo baño largo ni crema hidratante ni maquillaje elaborado. Laura quería algo distinto para Roberto. Algo más crudo.

A las ocho se plantó en el salón con un vestido azul eléctrico que Miguel no le había visto nunca.

Era corto, ceñido, con un escote en pico que se hundía hasta casi el esternón.

Debajo no llevaba nada. Sus pezones se marcaban contra la tela como dos acusaciones.

Sus pies estaban descalzos. Su pelo, suelto y revuelto, como si acabara de levantarse de la cama.

A las nueve en punto, el timbre sonó.

Roberto estaba en el umbral con una botella de vino blanco y una expresión que Miguel no supo descifrar.

Llevaba una camisa de lino color crudo y pantalones oscuros.

Olía a café y a tabaco de pipa, ese aroma denso y antiguo que Miguel ya había catalogado en su creciente colección de olores masculinos.

Sus ojos grises recorrieron a Laura de arriba abajo con una lentitud calculada.

—Buenas noches, vecina.

—Llámame Laura. Ya no somos vecinos. Esta noche eres mi invitado.

Roberto entró. Su mano seca y firme rozó la de Laura al entregarle la botella, y Miguel vio cómo ella se estremecía ligeramente. No era el estremecimiento del deseo. Era el estremecimiento del reconocimiento. El de quien encuentra exactamente lo que esperaba.

—Miguel —Roberto le tendió la mano—. Veo que sigues con barba de días. Te queda bien el aspecto de hombre derrotado.

Miguel estrechó la mano. Era seca. Firme. Como la de un juez.

—Laura me ha explicado las reglas —continuó Roberto, soltándole la mano—. Me ha dicho que miras. Que no participas. Que a veces limpias. Y que esta noche quiere algo especial.

—La puerta —dijo Laura—. Quiero que me folles contra la puerta del salón.

Roberto sonrió. Fue una sonrisa contenida, casi imperceptible, que transformó su rostro en algo vagamente peligroso.

—Llevo meses escuchándoos —dijo—. Llevo meses oyendo gemidos a través de las paredes.

Al principio pensaba que eras tú, Miguel.

Luego me di cuenta de que las voces masculinas cambiaban.

Pedro. Carlos. Daniel. Anoche un tal Javier.

—Se giró hacia Laura—. Y siempre tu voz, Laura.

Siempre tus gemidos. Siempre tu clímax. He fantaseado tanto contigo que ya no sé dónde termina la realidad y dónde empieza mi imaginación.

—Pues esta noche vas a saberlo. —Laura le tomó la mano y la colocó sobre su cadera—. Esta noche no hay pared de por medio.

Roberto la atrajo hacia sí. No con brusquedad, no con la urgencia de Pedro o la precisión de Daniel.

La atrajo con la calma de quien ha esperado mucho y sabe que la espera ha terminado.

La besó. Fue un beso contenido al principio, exploratorio, como quien prueba un vino que lleva años queriendo catar.

Luego se fue haciendo más profundo, más hambriento, y Laura respondió con un gemido que vibró contra los labios de Roberto.

—Contra la puerta —murmuró ella, separándose apenas—. Ahora.

Roberto la guió hacia la puerta del salón.

Era una puerta de madera maciza, pintada de blanco, con paneles rectangulares y una mirilla dorada en el centro.

Daba al pasillo que conectaba el salón con el recibidor, y más allá, a la puerta de entrada del apartamento.

Si alguien se asomaba a la mirilla del rellano, vería exactamente lo que iba a ocurrir.

—Pon las manos contra la madera —ordenó Roberto.

Laura obedeció. Apoyó las palmas en la puerta, los brazos extendidos, las piernas ligeramente separadas. El vestido azul se tensó sobre sus nalgas. Roberto se colocó detrás de ella y le subió la falda hasta la cintura.

—Sin bragas —dijo, y su voz sonó ronca—. Como imaginaba.

—Siempre. Nunca llevo cuando recibo visitas.

—¿Cuántas visitas has recibido ya?

—Seis. Tres viejos amigos. Un compañero de trabajo. Tú. Y mañana viene otro.

—No sé quién es el otro —Roberto deslizó una mano por la nalga de Laura, pellizcando suavemente—. Pero esta noche eres mía.

—Esta noche soy de esta puerta. Tú solo eres el instrumento.

Roberto se rio. Fue una risa breve, admirada.

Luego se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones.

Miguel, desde su silla en la esquina, observó cómo el vecino liberaba una erección que no era especialmente larga pero sí notablemente gruesa, con venas marcadas bajo la piel y un glande oscuro que brillaba de humedad.

—Mírala bien, Miguel —Roberto le habló sin girarse—. Quiero que veas cómo tu vecino se folla a tu mujer contra una puerta que da al pasillo. Quiero que recuerdes esto cada vez que pases por aquí.

—Ya lo hago —dijo Miguel, y su voz sonó más firme de lo que esperaba—. Ya recuerdo todo.

—Bien.

Roberto agarró a Laura por las caderas. Se inclinó hacia adelante y le susurró algo al oído que Miguel no alcanzó a escuchar. Laura asintió. Y entonces Roberto la penetró.

El gemido de Laura fue distinto a todos los anteriores.

No era el gemido de la sorpresa ni el del placer inmediato.

Era el gemido de la liberación, como si algo que llevaba años acumulándose en su interior hubiera encontrado por fin una salida.

Sus dedos se crisparon contra la madera. Su espalda se arqueó.

—Más —dijo—. Más adentro.

Roberto comenzó a moverse. Su ritmo era lento al principio, pausado, como si estuviera saboreando cada centímetro de la penetración.

Sus manos recorrían el cuerpo de Laura: los muslos, las nalgas, la cintura, los pechos por encima del vestido.

Era un amante meticuloso, observador, que llevaba tanto tiempo fantaseando con ese momento que no quería perderse ningún detalle.

—Hueles a jabón y a excitación —murmuró contra la nuca de Laura—. Hueles como siempre imaginaba.

—¿Y a qué más?

—A pecado. Hueles a pecado.

Laura apoyó la mejilla contra la madera de la puerta. Sus ojos se cerraron. Sus labios se entreabrieron. El ritmo de Roberto se aceleró gradualmente, pasando del pausado al urgente sin transición, como quien pasa de la contemplación a la acción en un solo latido.

—Fuerte —Laura golpeó la puerta con la palma abierta—. Quiero que me folles fuerte. Quiero que la puerta retumbe. Quiero que el vecino del cuarto nos oiga.

Roberto obedeció. El sonido de la carne golpeando contra carne se mezcló con el retumbar de la puerta golpeando su marco cada vez que él embestía. El ritmo era salvaje ahora, primario, y los gemidos de Laura se hicieron más agudos, más descontrolados.

Miguel, desde su silla, veía la escena como quien contempla un cuadro en un museo.

La espalda sudada de Roberto. Las manos de Laura contra la puerta blanca.

El vestido azul arremangado en la cintura.

Los pies descalzos de su mujer elevándose ligeramente del suelo con cada embestida.

Y la puerta, la maldita puerta, vibrando con una violencia que sonaba a denuncia pública.

—Dime qué eres —Roberto agarró el pelo de Laura con una mano, tirando suavemente hacia atrás.

—Soy lo que tú quieras que sea.

—Dime qué eres para tu marido.

—Su dueña.

—¿Y para mí?

—Tu vecina. Tu fantasía. Tu puta por una noche.

La palabra cayó en el salón como una bomba.

Miguel sintió que el estómago se le contraía.

Puta. Era la primera vez que Laura usaba esa palabra.

Puta. La había usado para definirse a sí misma frente a otro hombre.

Puta. Y la había pronunciado con el mismo tono con que otras mujeres dicen «esposa» o «madre».

—Eres una puta preciosa —Roberto aceleró el ritmo—. La puta más preciosa del edificio.

—Córrete dentro de mí —Laura empujó las caderas hacia atrás—. Quiero que me llenes. Quiero que resbale por mis muslos mientras mi marido mira.

—¿Y él?

—Él mirará. Y mañana limpiará lo que hayas dejado.

El anuncio del orgasmo llegó sin previo aviso. Roberto se tensó, soltó un gruñido largo y profundo —un gruñido que debió de oírse en todo el rellano— y se vació dentro de Laura. Su cuerpo se sacudió tres, cuatro, cinco veces antes de derrumbarse contra la espalda de ella, jadeando.

Laura permaneció contra la puerta. No se movió. Los ojos seguían cerrados, la mejilla seguía apoyada contra la madera. Su pecho subía y bajaba. Sus muslos temblaban ligeramente. Un hilo espeso y blanquecino comenzó a resbalar por la parte interna de su pierna derecha.

—Gracias —dijo, y fue un susurro que Miguel apenas oyó—. Llevaba años necesitando esto.

Roberto se retiró lentamente. Su miembro, ya flácido, brillaba con la mezcla de su semen y los fluidos de Laura.

Dio un paso atrás y miró su obra: la vecina del tercero, la mujer de los vestidos ajustados, la de los tacones y el carmín rojo, apoyada contra la puerta del salón con la falda subida, el pelo revuelto y el semen resbalándole por el muslo.

—Ha sido mejor que en mis fantasías —dijo—. Mucho mejor.

—Las fantasías siempre son mejores cuando se cumplen. —Laura se incorporó despacio. Se giró. Su rostro estaba sonrojado, su maquillaje intacto pero sus labios hinchados de tanto morderse—. Ahora quiero que te vistas y te marches.

—¿Ya?

—Ya. Quiero quedarme a solas con mi marido. —Señaló a Miguel con un gesto de la cabeza—. Tenemos cosas que hablar.

Roberto se subió los pantalones con movimientos pausados. Se abrochó el cinturón. Se alisó la camisa de lino. Antes de irse, se detuvo frente a Miguel y le tendió la mano.

—Ha sido un placer, vecino. Gracias por invitarme.

—Gracias a ti por venir.

—Si alguna vez necesitáis otro… —Roberto dejó la frase en el aire.

—Te llamaremos —dijo Laura, abriendo la puerta de la calle—. Pero ahora vete.

La puerta se cerró. El sonido del ascensor zumbó en la distancia. Laura y Miguel se quedaron solos en el salón, frente a la puerta blanca que aún conservaba el calor de sus cuerpos y una mancha apenas visible donde sus dedos habían resbalado.

—¿Has visto? —Laura se giró hacia él—. ¿Has visto cómo me ha follado contra la puerta?

—Lo he visto.

—¿Y qué has sentido?

Miguel hizo una pausa. Su erección, que llevaba días sin alivio, palpitaba contra la costura del pantalón con una urgencia que rayaba en el dolor. Su mente era un torbellino de imágenes: la puerta vibrando, las manos de Roberto en las caderas de Laura, la palabra «puta» resonando en el aire.

—He sentido que esto ya no tiene vuelta atrás —dijo al fin—. Que hemos cruzado una línea que ni siquiera sabía que existía.

—Las líneas no existen, Miguel. Las inventamos nosotros. Y nosotros las borramos. —Se acercó a él y le puso una mano en el pecho—. Mañana viene Martín. Tu jefe. Y pasado, si quiero, vendrá otro. Y otro. Y otro. Esto no se acaba nunca.

—¿Y nosotros?

—Nosotros estamos mejor que nunca. —Laura le besó en la mejilla. Ese gesto de ternura súbita que tanto le descolocaba—. Tú me miras. Yo disfruto. Ellos me follan. Y todos somos felices.

—Excepto que yo no me corro.

—Te corres cuando yo quiero. Y aún no quiero.

—Laura se separó de él y se dirigió al dormitorio—.

Ahora ven. Quiero que me lamas el coño. Quiero correrme en tu boca mientras pienso en la puerta y en Roberto y en el vecino del cuarto que a estas horas debe de estar preguntándose qué demonios pasa en el piso de abajo.

Miguel la siguió. Se arrodilló junto a la cama, como cada noche, y hundió el rostro entre las piernas de su mujer. El sabor de Laura se mezcló con el regusto de Roberto —café, tabaco de pipa, algo vagamente terroso— y la combinación fue tan íntima y tan obscena que un gemido escapó de sus labios.

Laura le agarró el pelo. Sus caderas comenzaron a moverse contra su boca. Y mientras el orgasmo se acercaba, susurró contra la almohada.

—Esta es tu vida ahora.