Capítulo 21 #2
No era una cartulina verjurada con el membrete en relieve de Mendieta & Asociados, ni un documento encuadernado en espiral con índice de contingencias.
Era una hoja arrancada de una libreta de cuadrícula, doblada con torpeza en cuatro pliegues desiguales y con las esquinas arrugadas por la humedad de sus bolsillos.
Lo miré a él y luego al papel.
—¿Has escrito una carta de disculpa? —pregunté, parpadeando con incredulidad.
—He redactado una declaración de hechos —corrigió, aunque las orejas se le encendieron de golpe en un tinte escarlata que delató su pánico escénico—. Y te advierto que no admito enmiendas a la totalidad, solo correcciones de estilo.
Alcancé el papel con dedos cautelosos. La hoja crujió al desplegarse bajo la luz del ventanal.
Estaba escrita de su puño y letra, con la tinta azul de una estilográfica que en varios tramos había arañado el papel por el exceso de presión.
Había tres párrafos enteros tachados con líneas rectas, flechas que reubicaban oraciones enteras hacia el margen izquierdo y anotaciones numéricas entre paréntesis que intentaban ordenar un sentimiento como si fuera un pliego de condiciones de un contrato de suministro.
En el encabezado, subrayado dos veces, se leía:
*«ASUNTO: Notificación formal de arrepentimiento, cese de hostilidades procesales y propuesta de vinculación afectiva de duración indeterminada.»*
Se me escapó una risa involuntaria que me quemó la garganta. Levanté los ojos, pero Gonzalo mantenía la mandíbula tensa, sosteniéndome la mirada con una mezcla de vulnerabilidad y terquedad jurídica.
—Continúa —murmuró—. La argumentación mejora en el cuerpo del texto.
Volví a la hoja, recorriendo los trazos apretados de su letra:
*«Por medio de la presente, el abajo firmante, Gonzalo Mendieta, reconoce y declara sin coacción alguna:*
*1. Que su incapacidad crónica para la espontaneidad, su obsesión patológica con los nudos Windsor y su nefasta destreza para la repostería constituyen contingencias de riesgo grave para cualquier persona con un mínimo de sentido común.*
*2. Que durante quince años utilizó hojas de cálculo y cláusulas de confidencialidad para esconder un temor injustificable a ser rechazado por no ser perfecto.*
*3. Que haber pretendido tasar el valor de tu compañía en una minuta por horas no fue solo una torpeza mercantil, sino el acto más cobarde y ciego de toda su trayectoria profesional.*
*4. Que la parte contratante (yo) admite con total humildad procesal que perder el control a tu lado, ver cómo lanzabas mis cartulinas al aire y escucharte destrozar mis discursos ha sido el único acierto vinculante de toda su vida.*
*5. Que carezco de las palabras brillantes que tú sueles encontrar para salvar a otros, pero pongo a disposición de esta mesa una verdad absoluta que no prescribe:*
*(Tachón largo de dos líneas)*
*No sé cómo ser alguien distinto al hombre cuadriculado que conociste, pero sé que desde el minuto en que estampé mi maletín contra tu servilletero, no he querido pasar un solo día sin tu caos.»*
Al final de la página, sin sello de la firma ni rúbrica de testigos, había una última línea garabateada con un trazo más grueso, como si la mano le hubiera temblado al apretar la pluma:
*«Solicito formalmente la apertura de un periodo de pruebas sin fecha de caducidad. Ruego desestime la opción de mandarme al diablo.»*
El silencio se adueñó de la mesa. El murmullo del tráfico en el viaducto y el tintineo de las cucharillas en la barra quedaron amortiguados como tras un cristal grueso. Sentí un calor punzante tras los párpados y el pecho se me cerró en un nudo tirante que me obligó a soltar el aire a trompicones.
Pasé la yema del pulgar sobre el papel arrugado, rozando la tinta fresca en la palabra *caos*.
Gonzalo permanecía inmóvil frente a mí, con las manos apoyadas en la madera y los hombros ligeramente encorvados, esperando un veredicto para el que no tenía apelación posible.
Retiré el pulgar de la tinta todavía fresca y levanté la vista.
Gonzalo no pestañeaba. Tenía los nudillos apretados contra el borde de la mesa con tanta fuerza que se le habían quedado blancos, y el pecho se le movía en una respiración contenida que parecía sostener todo el peso del puerto.
Me llevé la mano a la nuca, busqué el lápiz azul que me sujetaba el moño y lo saqué de un tirón, dejando que el pelo me cayera sobre los hombros.
—¿Qué haces? —preguntó él en un susurro ronco, siguiendo con los ojos la punta gastada del lápiz.
—Una corrección de estilo preliminar —contesté con la mayor solemnidad de la que fui capaz, aunque la comisura de los labios me temblaba sin remedio—. ¿O acaso pensabas que un documento de semejante calibre procesal iba a pasar sin revisión editorial?
Gonzalo tragó saliva, pero no apartó las manos.
—No hay apelación posible —murmuró, con una media sonrisa tensa.
—Eso lo decido yo —apoyé la punta del lápiz sobre el encabezado y tracé un círculo firme alrededor de la palabra *«hostilidades»*—.
En primer lugar, Mendieta, el léxico administrativo en la introducción resta impacto emocional.
Nadie propone una «vinculación afectiva» salvo que pretenda deducirla en la declaración de la renta.
Un «me gustas tanto que me tiemblan las manos» habría tenido una fuerza sintáctica mucho más contundente.
—Tomo nota para la próxima instancia —dijo él, inclinándose un centímetro más hacia mí.
—En segundo lugar —continué, deslizando el lápiz hacia el tercer punto tachado—, las subordinadas explicativas del apartado tres son innecesariamente defensivas.
Si pretendes disculparte por haberte comportado como un imbécil integral, no uses la palabra «contingencia».
Se dice «fui un cobarde, la cagué y casi pierdo a la única persona capaz de soportarme». Menos cláusulas y más ovarios léxicos.
—Tomo nota también —repitió en voz más baja, y el brillo oscuro de sus ojos se encendió con una chispa que me aceleró el pulso hasta la garganta—. ¿Algo más que deba añadir al pliego de descargos, licenciada Ríos?
Bajé el lápiz. Lo dejé rodar sobre la madera desgastada hasta que chocó contra el pie de mi taza de café.
—El punto cinco —dije, con la voz limpia de cualquier dardo—. Ese en el que dices que no puedes pasar ni un solo día más sin mi caos.