Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 21
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Capítulo 21

Borrador final sin fecha de caducidad

El vapor de la máquina de espresso envolvía el rincón junto al ventanal con una calidez tostada.

A través del cristal, el tráfico matinal de Puerto Azul avanzaba a trompicones: autobuses de línea resoplando en la parada, furgonetas de reparto descargando cajas de pescado en la lonja y una marea constante de abrigos oscuros que marchaban a paso ligero hacia las oficinas del distrito financiero.

Abrí la tapa del portátil sobre la mesa de madera recuperada.

El escritorio del sistema operativo apareció impoluto.

Ni una carpeta de presupuestos de emergencia, ni avisos de desahucio con sellos bancarios, ni el icono azul de *Disculpas_Pendientes.docx*.

La papelera de reciclaje permanecía vacía en la esquina inferior.

Durante dos años me había sentado en esa misma banqueta a teclear fórmulas de redención para extraños a razón de cincuenta euros la cuartilla, convencida de que parapetarme tras los errores ajenos era la forma más digna de no cometer los míos.

Apoyé las yemas de los dedos en el teclado frío, pero no abrí ningún procesador de textos. No había ninguna catástrofe conyugal que amortiguar ni ningún cuñado imprudente al que salvar el pellejo.

—Si sigues mirando esa pantalla en blanco se te va a fundir la retina —dijo Clara, apareciendo a mi lado con una bandeja de metal.

Dejó sobre la mesa una taza de café con leche doble, con una nube de espuma coronada por un trazo irregular de canela, y arrojó con un golpe seco el ejemplar recién impreso de *El Diario de la Bahía*.

El papel crujió contra la madera. La portada de la sección de finanzas y sociedad no dejaba margen a la imaginación: una fotografía a tres columnas ocupaba la mitad superior de la plana.

Gonzalo Mendieta aparecía congelado en blanco y negro frente al atril de caoba del Club Náutico, sujetando el micrófono con una mano mientras la otra descansaba, con los nudillos tensos, sobre la mesa presidencial.

La corbata colgaba torcida sobre la pechera entreabierta y su mirada no apuntaba a los objetivos de las cámaras ni a la mesa del consejo, sino directamente hacia la salida de emergencia de la dársena.

Sobre la imagen, un titular en tipografía rotunda resumía el colapso institucional:

*«TERREMOTO EN EL CONSEJO: EL LETRADO GONZALO MENDIETA DINAMITA EL PROTOCOLO DEL GRUPO VALDÉS EN DIRECTO»*

Y justo debajo, en un subtítulo algo más sensacionalista:

*«Don Aurelio Valdés ratifica la gestión del fondo tras una insólita confesión sentimental no programada en el brindis de gala.»*

Pasé la palma sobre el papel rugoso, alisando el pliegue central. La tinta todavía manchaba ligeramente los dedos con un olor acre a imprenta fresca.

—En la página cuatro dicen que Doña Mercedes abandonó el club antes de que sirvieran el lenguado —comentó Clara, apoyando los codos en la mesa mientras se limpiaba las manos en el mandil de lona—.

Y en *Expansión Norte* aseguran que el valor de las acciones del consorcio subió dos puntos a primera hora simplemente porque el viejo Aurelio declaró a los teletipos que prefería a un loco honesto antes que a cincuenta burócratas con miedo a sentir.

Tragué un sorbo de café; el ardor me bajó directo al pecho y desató el nudo que llevaba horas encajado tras el esternón.

—Don Aurelio siempre tuvo debilidad por el drama náutico —murmuré, intentando que la voz me saliera firme, aunque los ojos se me desviaban hacia la fotografía.

—No te hagas la cínica conmigo, Ríos —replicó Clara, arqueando una ceja coronada por una leve mancha de molienda—.

Te has convertido en la leyenda clandestina de los despachos de la planta setenta.

La redactora fantasma que le desmontó el nudo Windsor al abogado más estirado de la bahía.

Julián ya me ha llamado dos veces antes de las ocho para saber si habías bajado del piso.

Me ha dicho que la firma parece un velatorio donde todo el mundo tiene prohibido hablar de contratos de confidencialidad so pena de despido fulminante.

—Julián necesita dormir doce horas seguidas y una infusión de tila.

—Julián necesita un aumento de sueldo por daños colaterales —zanjó ella con una sonrisa ladeada, antes de darme una palmada en el hombro—. Pero el que no ha pegado ojo en toda la noche es otro. Y no creo que tarde mucho en dejarse caer por aquí a revisar las cláusulas que le quedan pendientes.

Clara se dio media vuelta para atender el silbido de la lanza de vapor en la barra, donde tres oficinistas con gabardina esperaban su dosis matinal de cafeína mientras comentaban en voz baja el escándalo del diario.

Me quedé a solas con el periódico y la taza tibia entre las palmas.

La ciudad continuaba girando a su ritmo habitual: el rumor sordo de los motores en el viaducto, el claxon de un repartidor atrapado en doble fila y el choque constante de las cucharillas contra la porcelana.

Todo parecía idéntico a cualquier otro viernes laborable.

Sin embargo, en el espacio despejado de mi mesa, la ausencia de notas adhesivas, cronogramas de contingencia y guiones milimétricos dejaba una calma insólita, limpia de cualquier artificio.

La campanilla de latón sobre la puerta tintineó con un repiqueteo rápido.

Una ráfaga de aire salino barrió el local y agitó las esquinas del periódico sobre la madera. Levanté la vista.

Gonzalo Mendieta acababa de cruzar el umbral.

El murmullo de conversaciones en la barra se apagó en un segundo, sustituido por el siseo solitario de la máquina de café. Dos clientes que leían la prensa doblaron las hojas a media altura para mirarlo de reojo al reconocer el rostro de la primera plana.

Gonzalo no llevaba corbata.

El abrigo de lana azul marino le caía desabrochado sobre los hombros y dejaba ver una camisa blanca con los dos botones superiores abiertos y las solapas castigadas por el viento.

Tenía el pelo revuelto, sin rastro de la gomina con la que blindaba cada milímetro de su aspecto en la Torre Marítima, y unas sombras violáceas le marcaban la base de los ojos.

No traía maletín de cuero italiano, ni tableta bajo el brazo, ni auriculares inalámbricos conectados a ninguna conferencia urgente con Zúrich.

Se detuvo bajo el marco de madera, barrió el salón con la mirada y, al encontrarme sentada junto al ventanal, dejó caer los hombros con un suspiro que le vació el pecho.

Dio un paso al frente. Sin reparar en los murmullos de los parroquianos ni en el silencio expectante de la barra, avanzó con paso largo entre las mesas y clavó sus ojos oscuros directamente en los míos.

No apartó la mirada mientras recorría los últimos tres metros.

Al llegar a mi mesa, retiró la silla de madera desgastada y se sentó enfrente sin pedir permiso.

El movimiento fue idéntico al de aquella mañana en que invadió mi espacio con un maletín de cuero italiano y una propuesta disparatada de treinta millones de euros, pero esta vez sin rastro de suficiencia.

Apoyó los antebrazos sobre el barniz arañado, inclinándose apenas hacia mí, y el frío de la calle se desprendió de la lana de su abrigo.

Detrás de la barra, el vapor de la cafetera se detuvo. Clara se giró con un trapo en la mano, nos lanzó una mirada de advertencia cómplice y, con una discreción impropia de su carácter, se escabulló hacia el almacén arrastrando una caja vacía para dejarnos solos.

Gonzalo miró la taza de café con leche que humeaba entre mis manos y después la pantalla vacía de mi portátil. Luego volvió a buscar mis ojos con un peso que me encogió el estómago.

—Te has dejado la corbata en alguna providencia judicial, Mendieta —dije, y aunque intenté que el tono sonara afilado, la voz me salió más suave de lo que pretendía.

Una sombra de sonrisa, cansada pero extrañamente luminosa, le curvó la comisura de los labios.

—No hay corbatas hoy, Marina. Ni memorandos, ni consejos de administración esperándome a las ocho en punto.

—He visto la prensa —repuse, señalando con un movimiento de barbilla el ejemplar doblado de *El Diario de la Bahía*.

—Julián me dijo que te llamaría al amanecer. Supongo que ya conoces el informe de daños al completo.

—Don Aurelio te considera un héroe de la navegación a contracorriente, tu madre se ha quedado sin llaves maestras y la firma ha ganado dos puntos en bolsa gracias a tu renuncia al protocolo —resumí, apoyando la espalda contra el respaldo—.

Para ser un suicidio corporativo, ha resultado bastante rentable.

Gonzalo bajó la vista un instante hacia sus propias manos. Tenía los nudillos enrojecidos por el viento del puerto y las marcas de haberse pasado los dedos por el pelo una docena de veces.

—No lo hice por la firma —dijo en voz baja, y el timbre grave le vibró con una aspereza limpia—.

Ni por Don Aurelio. Llevo media vida midiendo las palabras para que nadie descubra lo que hay detrás del traje.

Pero anoche, cuando vi tu acreditación tirada sobre esa bandeja...

entendí que el único error irreparable de mi vida habría sido dejarte marchar sin decirte la verdad.

Tragué saliva. El corazón me latía con una fuerza sorda contra las costillas.

—Gonzalo...

—Espera —me interrumpió con suavidad. Metió la mano derecha en el bolsillo interior del abrigo desabrochado—.

He pasado la noche en vela intentando solucionar esto.

Quise contratar a una profesional. A la mejor redactora de disculpas de San Telmo del Norte.

Pero me informaron de que no atiende a abogados desquiciados que le arruinan el desayuno.

Y como además estoy irremediablemente enamorado de ella...

no me quedó más remedio que escribirlo yo mismo.

Extrajo un papel y lo depositó sobre la mesa, justo en el centro, entre mi taza y el teclado del ordenador.