Capítulo 21 #3
Gonzalo aflojó por fin los hombros. La rigidez de la mandíbula se desvaneció de golpe, dejando al descubierto al hombre que había visto la noche anterior bajo las farolas del muelle: sin armadura, sin corbata y mirándome como si no existiera ningún otro lugar en el mundo donde quisiera estar.
—Ese punto no admite correcciones —afirmó él con un hilo de voz—. Es la única línea de todo el texto que no redacté pensando en protegerme.
Doblé la hoja de cuadrícula por sus pliegues originales con cuidado. La aplasté con la palma y me la guardé en el bolsillo de la cazadora vaquera, junto a las llaves del piso.
—Matrícula de honor, Mendieta —dictaminé, mirándolo fijamente—. Acepto el borrador.
Gonzalo soltó el aire de golpe en una risa ahogada, sacudiendo la cabeza como si no terminara de creerse que la sentencia hubiera salido a su favor.
—¿Sin honorarios? —preguntó, apoyando las dos palmas abiertas sobre el barniz.
—Sin tarifas por minuto, sin recargo por rescate de urgencia y sin intermediarios con auriculares inalámbricos.
—¿Sin calendario de tres semanas?
—Hasta que nos cansemos de pelearnos por la hora de salida —respondí—. Lo cual, conociéndote, nos garantiza por lo menos cuarenta años de litigio continuo.
—Me parece un plazo razonable para empezar a negociar.
Metí la mano derecha en el bolsillo trasero de mis vaqueros y extraje el pedazo de papel arrugado que llevaba semanas rondando entre monedas sueltas y billetes de autobús.
La vieja servilleta de Grano pero con la certeza absoluta de que el amor era el único atasco del que jamás querría salir, supe que no me quedaba una sola disculpa pendiente en el horizonte.