Capítulo 18
Pánico escénico sin apuntador
El limpiaparabrisas del taxi emitía un chirrido agónico a cada pasada, apartando una película de llovizna sucia que disolvía el viaducto de la bahía en una hilera interminable de luces de freno rojas.
Estábamos completamente detenidos.
Apoyé la frente contra el cristal frío de la ventanilla trasera; la vibración del motor diésel repercutía directo en mis sienes.
A mis pies, sobre la alfombrilla de goma gastada, yacían los tacones de aguja con las tiras desabrochadas, cubiertos por una costra fina de arena negra y salitre.
El bajo del vestido verde esmeralda, empapado por el agua de los charcos de la dársena, pesaba contra mis tobillos igual que una venda helada.
En el bolso de tela, encajado entre mis muslos, el teléfono móvil no paraba de zumbar.
Una sacudida larga, tres segundos de pausa, otra sacudida.
La pantalla encendía a intervalos la lona fina, proyectando un resplandor blanquecino cada vez que entraba una llamada de *Mendieta*.
Cuando la línea caía por tiempo de espera, el aparato vibraba de inmediato con una ráfaga corta de notificaciones: cuatro mensajes en mayúsculas de Julián Soto, dos llamadas perdidas más de Gonzalo, otro aviso de buzón de voz.
No me atreví a sacarlo.
—La hora punta de los viernes por el puente no perdona a nadie, jefa —comentó el taxista, mirándome de reojo por el retrovisor mientras daba dos golpecitos al volante—. Ni con esmoquin, ni en chándal. Si hay choque en la salida del puerto, aquí nos quedamos a cenar.
—No tengo prisa —mentí, con una voz tan áspera que apenas la reconocí como mía.
Apreté los brazos alrededor del torso, frotándome los hombros desnudos para frenar el temblor que me nacía en el estómago.
Intenté activar el protocolo de emergencia, el mismo que utilizaba cuando un cliente despechado entraba en barrena y exigía una carta de arrepentimiento de cinco páginas antes de medianoche.
Diseccionar la crisis. Aislar las variables. Podar adjetivos innecesarios.
*Nota de estilo número uno: Has ejecutado una rescisión contractual impecable.*
Eso era todo. Un simple repliegue táctico.
Había cobrado el cincuenta por ciento inicial, suficiente para frenar la orden de desahucio del piso-taller de Puerto Azul, y me había retirado antes de que Mercedes de Mendieta arrojara el dossier de honorarios sobre la mesa presidencial.
Le ahorraba a Gonzalo la inhabilitación del colegio de abogados, el escarnio público ante cuatrocientos inversores y la ruina de una carrera levantada a base de vigilias y cafeína en vena.
Le devolvía una vida libre de sospechas corporativas.
Una retirada a tiempo no era una fuga; era control de daños.
El teléfono volvió a zumbar contra mi pierna. Dos pulsos seguidos. Me obligué a mirar a través de la abertura del bolso: *Gonzalo Mendieta (Llamada entrante)*.
Aparté la vista hacia el atasco. Los destellos carmesí de los pilotos traseros se multiplicaban sobre el asfalto mojado, distorsionándose como manchas de acuarela.
*Mentira.*
El cinismo profesional, mi viejo refugio de redactora impermeable, se caía a pedazos con la misma fragilidad que el lazo dorado de la carpeta de Mercedes. Podía repetirme cincuenta veces que aquello era solo un encargo mercantil bien liquidado, pero la memoria no entendía de balances contables.
Recordaba el tacto de su mano en este mismo viaducto tres días atrás, cuando el tráfico nos atrapó al atardecer y Gonzalo se aflojó el nudo de la corbata para confesarme que llevaba quince años asfixiándose bajo la armadura familiar.
La torpeza con la que buscó el dorso de mis dedos sobre el asiento, la forma en que sus ojos grises perdían la altivez corporativa cada vez que se reía de mis ocurrencias, y el calor desesperado de su boca contra la mía en la alfombra del ático, cuando las fichas del discurso volaron por los aires y el contrato dejó de tener sentido.
No había huido para salvar su carrera. Había huido porque el falso anillo de latón pesaba demasiado cuando el corazón ya no fingía.
—Señorita, ¿le pongo la calefacción? —ofreció el conductor, bajando un punto la música—. La veo tiritando como un pajarillo.
—Estoy bien, de verdad. Solo... el aire del mar, que se mete en los huesos.
Me incliné hacia delante, apoyando los codos en las rodillas y hundiendo la cara entre las manos.
Mis dedos aún conservaban la colonia amaderada de Gonzalo, impregnada durante los breves segundos en que su brazo me rodeó la cintura en el vestíbulo del club para presentarme ante los directores.
«Marina ha sido lo único que me ha impedido convertirme en una piedra», le había dicho a Don Aurelio con una serenidad que no figuraba en ningún memorando.
Y yo lo había dejado allí plantado, a diez minutos de subir al atril, con el micrófono de solapa encendido y una acreditación vacía sobre la bandeja de un camarero.
El teléfono enmudeció durante diez segundos de tregua. Luego, la pantalla volvió a parpadear con una insistencia frenética.
Esta vez el identificador no mostraba el nombre de Gonzalo. El nombre de Julián Soto brillaba en mayúsculas, acompañado por una secuencia ininterrumpida de llamadas entrantes que amenazaba con agotar la batería del terminal.
El taxi avanzó tres metros antes de volver a clavar los frenos sobre el viaducto. Con los dedos entumecidos, introduje la mano en el bolso y deslicé el pulgar sobre el cristal para descolgar.
Pegué el auricular a la oreja con los nudillos rígidos, conteniendo la respiración.
—¿Marina? ¡Marina, por todos los santos, dime que estás cerca! —la voz de Julián no era un susurro; era un graznido agónico que competía con el murmullo cavernoso de los altavoces de fondo—. Dime que estás en la dársena, por favor, dime que solo saliste a tomar el aire.
—Estoy cruzando el viaducto en un taxi, Julián —respondí, apretando el teléfono contra la sien como si pudiera transferirle mi propia resignación—. No voy a volver.
—¡No, no, no! ¡Marina, cancela el taxi! ¡Haz que dé la vuelta sobre la mediana, tírate en marcha, haz algo!
—Un chasquido metálico interrumpió su perorata, seguido por el sonido de una respiración agitada contra el micrófono—.
Esto es una catástrofe sin precedentes procesales. Un colapso estructural absoluto.
—Julián, respira y habla claro. —Cerré los ojos, tratando de ignorar las luces rojas del atasco que teñían de carmín el interior del coche—.
Mercedes tenía el contrato. Si yo me quedaba en esa sala, iba a subir al atril a destruir a Gonzalo delante de Aurelio Valdés y de toda la prensa económica. No había otra salida limpia.
—¡Al demonio la salida limpia! —bramó el júnior, y por primera vez desde que lo conocía, no había rastro de deferencia burocrática en su tono; era puro pánico desatado—. ¿Tú crees que a don Gonzalo le importan los cincuenta millones de los Valdés ahora mismo? ¡Marina, encontró el anillo!
El pecho me dio un vuelco violento.
—¿Qué?
—El anillo —repitió Julián en un jadeo rápido—.
Bajó del estrado en cuanto terminaron de calibrar la frecuencia de solapa para buscarte.
Fue directo al pasillo de servicio porque te vio cruzar las cortinas.
Y lo primero que vio sobre la mesa de apoyo de los camareros fue la acreditación doblada y la alianza de latón encima de la cartulina.
Me mordí el labio inferior hasta rozar el dolor.
—Pensé que entendería el mensaje —murmuré—. Que asumiría que era la liquidación del encargo.
—¡Pues lo entendió a su manera! —exclamó Julián.
Al otro lado de la línea se escuchó el eco sordo de una puerta al cerrarse y el bullicio amortiguado de cientos de personas aplaudiendo al maestro de ceremonias—.
Tuvo el anillo en la palma de la mano durante diez segundos.
Estaba blanco, Marina. Blanco como una pared de pladur.
Y en ese instante apareció doña Mercedes por el distribuidor de caoba, con esa sonrisa de victoria que pone cuando tumba una demanda colectiva.
—¿Habló con ella?
—¡Le soltó el sermón del siglo! —Julián hizo una pausa para tragar saliva; se notaba que estaba escondido en algún armario de servicio entre bambalinas—.
Doña Mercedes se le acercó, le tocó la solapa con el guante y le dijo: «Se ha marchado, hijo.
Ha tenido la decencia de coger el primer pago y desaparecer antes de hacerte pasar una vergüenza irreparable.
Es una simple asalariada, Gonzalo; sabe perfectamente cuándo termina su turno».
Apreté los párpados ante las palabras exactas de la matriarca.
—¿Y qué hizo Gonzalo? —pregunté, con un hilo de voz que apenas lograba vencer el zumbido del motor.
—¿Hacer? —Julián soltó una risa histérica—.
Marina, llevo tres años trabajando catorce horas diarias para ese hombre.
Lo he visto negociar con fondos buitre sin pestañear, lo he visto aguantar auditorías de seis meses con el pulso a cincuenta por minuto...
Jamás, escúchame bien, jamás lo había visto perder el control.
Un estruendo de cristales rotos o bandejas volcadas se filtró por la llamada, seguido por murmullos de alarma sofocados por la acústica del club.
—Julián, dime qué pasó.
—Se encaró con ella —susurró el júnior, bajando el tono hasta casi hacerlo inaudible—.
Delante de los camareros, de los técnicos de sonido y del jefe de protocolo.
Dio un paso hacia su madre, cerró el puño alrededor del anillo hasta que los nudillos se le pusieron morados y le dijo que llevaba quince años permitiendo que ella dictara cada respiración de su vida, pero que esta vez había ido demasiado lejos.
Le dijo... Dios mío, Marina, le dijo a gritos que era una cobarde incapaz de tolerar que alguien lo quisiera de verdad sin un balance firmado ante notario.
El aire dentro del taxi se volvió irrespirable.
—No... Gonzalo no haría eso frente a los socios.