Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 17 #3
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Capítulo 17 #3

Miré a Gonzalo una última vez por el resquicio de la tela. Se ajustaba los puños de la camisa, buscando entre la multitud con ojos inquietos, esperándome para subir juntos al atril.

Me llevé la mano derecha a la izquierda, palpé el contorno frío del falso anillo de compromiso y me encaminé hacia la puerta de servicio que daba a la noche.

Tiré del cordón de seda que sostenía la acreditación dorada de copresidenta sobre mi pecho y la descolgué con un movimiento seco.

El plástico rígido crujió entre mis dedos.

Justo al lado de la puerta de servicio, sobre una mesa auxiliar metálica donde los camareros apilaban bandejas, copas vacías y servilletas de lino manchadas de salsa, solté la tarjeta verjurada con el escudo plateado de los Valdés.

Luego me deslicé el falso anillo de compromiso por el anular.

El metal estaba caliente por el contacto con mi piel, pero en cuanto lo deposité en el centro exacto de la cartulina, pareció perder todo su brillo, convertido de golpe en una baratija de utilería.

Un accesorio amortizado al cierre de un ejercicio fiscal.

Eché un último vistazo hacia el recodo del corredor por si Gonzalo aparecía tras la prueba de sonido, pero el pasillo permanecía en penumbra.

Empujé la barra antipánico de la salida de emergencias con el hombro.

La puerta de chapa cedió con un chasquido sordo y la noche de la dársena sur me golpeó de lleno en la cara.

El contraste térmico fue una bofetada: del aire acondicionado saturado de perfumes caros y orquídeas del Club Náutico al relente húmedo del puerto, cargado de salitre, brea y viento frío del norte.

Bajé los cuatro peldaños metálicos de la escalera exterior casi a trompicones.

Los tacones de aguja se me clavaron de inmediato entre las rendijas del suelo enrejado, haciéndome tambalear.

Maldije entre dientes, me apoyé contra la pared rugosa de hormigón y me desabroché las tiras de los tobillos sin contemplaciones.

Agarré los dos zapatos por las hebillas con la mano izquierda, me recogí la falda verde esmeralda con la derecha y eché a correr.

La grava del camino de acceso a los pantalanes estaba empapada y helada.

Cada piedra suelta se me clavaba en las plantas de los pies como una pequeña aguja, pero la punzada física era un alivio comparada con la presión que me atenazaba el esternón.

Tragué saliva contra las lágrimas de rabia contenida que me empañaban los ojos, negándome a desmoronarme antes de alcanzar la verja.

Corrí bordeando los muros de piedra del club, alejándome de las cristaleras iluminadas del Salón Dorado.

A mis espaldas, amortiguada por los ventanales de doble cristal y los altavoces exteriores del muelle, la música solemne cesó para dar paso a la voz engolada del maestro de ceremonias:

—Señoras y señores, tomen asiento para el brindis institucional. En breves minutos, el señor Don Aurelio Valdés y el letrado Gonzalo Mendieta procederán al anuncio oficial del fondo benéfico...

Apreté el paso; el aire marino me quemaba la garganta. La seda del vestido, empapada en el bajo por los charcos de la marea alta, me pesaba contra las pantorrillas como plomo frío.

Al doblar la esquina del edificio hacia la rotonda de acceso principal, me pegué a la hilera de setos para eludir los flashes de los fotógrafos de prensa que todavía custodiaban la escalinata central.

Pasé de largo junto a la fila de vehículos oficiales y deportivos de alta gama.

Dos aparcacoches uniformados con chalecos reflectantes y paraguas cerrados se quedaron mirándome con la boca abierta.

Uno de ellos dio un paso hacia mí, desconcertado al ver a una invitada de gala corriendo descalza, con los hombros desnudos cubiertos de vaho y el peinado deshecho por las ráfagas del muelle.

—¿Señorita? ¿Necesita ayuda? ¿Le busco su coche?

—No —solté sin frenar, con la voz rota por el esfuerzo—. No busque nada.

Crucé la barrera de seguridad del aparcamiento privado saltando por encima del bordillo de cemento. En la parada de la avenida exterior, bajo la luz mortecina de una farola azotada por el viento, aguardaba un taxi con la luz verde encendida sobre el techo.

Llegué hasta la puerta trasera, la abrí de un tirón y me lancé dentro del asiento de skay.

—Arranque, por favor —jadeé. Cerré tras de mí con un portazo que hizo temblar la ventanilla—. Salga de aquí ahora mismo a toda velocidad.

El conductor, un hombre maduro con una gorra de lana calada hasta las cejas, me miró por el espejo retrovisor con los ojos desorbitados, examinando mis pies descalzos cubiertos de arenilla negra y el raso verde arrugado sobre mis rodillas.

—¿A dónde vamos, jefa?

—A Puerto Azul —dije, apoyando la frente contra el cristal frío de la ventanilla mientras el corazón me martilleaba en las sienes como un animal atrapado—. A Grano & Tinta. Por la vía rápida.

El motor diésel rugió al engranar la marcha y el vehículo se incorporó con brusquedad al paseo marítimo, dejando atrás el resplandor de los candelabros, el tintineo lejano de las copas alzadas y el eco de los micrófonos perdiéndose en la noche.