Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 17 #2
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Capítulo 17 #2

Asentí y retrocedí hacia la hilera de columnas jónicas mientras Gonzalo seguía al técnico hacia la tarima presidencial.

Lo observé alejarse con el porte erguido, saludando a un consejero con una inclinación de cabeza fluida.

Ya no era el letrado acorazado que había derribado mi servilletero en Grano tenía los hombros relajados y esa templanza viva que Don Aurelio acababa de bendecir ante cuatrocientos testigos.

Di media vuelta y me deslicé entre los cortinajes de terciopelo burdeos que separaban el salón del pasillo de servicio.

Apenas el rumor de la orquesta quedó amortiguado por la tela pesada, una sombra recortó la luz tenue del corredor.

—Puntualidad impecable para la retirada, querida.

Mercedes de Mendieta salió de la penumbra junto a una consola de caoba. Su abrigo de cachemira descansaba doblado sobre el antebrazo y sostenía el bolso de piel con los nudillos tensos bajo el encaje negro. No alzó la voz, pero el eco del pasillo amplificó el tono cristalino de su advertencia.

—Aún no ha empezado el brindis, doña Mercedes —respondí, cuadrando los hombros frente a ella, negándome a mostrarle el temblor que me sacudía las piernas.

—Y no empezará contigo en la foto oficial —replicó, dando dos pasos pausados que hicieron chasquear la seda de su falda—.

He sido sumamente paciente, Marina. He tolerado tus insolencias sobre la dignidad obrera, tus vestidos estridentes y esa grotesca puesta en escena en el Club Campestre. Pero la farsa termina en este pasillo.

Abrió el cierre dorado de su bolso con un chasquido seco. Entre los forros de raso asomaba la esquina plastificada del dossier negro: las dieciocho páginas impresas por Julián, el desglose de honorarios, el suplemento por riesgo hostil y mi firma manuscrita al lado de la de su hijo.

—Si no sales por esa puerta de servicio ahora mismo —dijo Mercedes, clavándome una mirada en la que no quedaba rastro de cortesía aristocrática, solo una frialdad implacable—, subiré al atril en el momento exacto en que Aurelio tome la copa.

Le entregaré este documento a él y a los cronistas de la mesa de prensa.

El aire me quemó la garganta.

—Usted no destruiría a su propio hijo delante de toda la ciudad —solté, apretando los puños a los costados de la seda verde.

Mercedes sonrió de lado, con esa crueldad refinada que había gobernado la vida de Gonzalo durante quince años.

—No conoces este mundo, niña. Gonzalo es mi hijo, pero también es el estandarte de un apellido que no admite fraudes mercantiles.

Si este contrato sale a la luz, el comité deontológico del colegio le retirará la licencia antes del lunes.

La junta directiva de la firma lo expulsará esa misma noche.

Será un paria profesional, un apestado al que ninguna corporación volverá a confiarle una sola póliza.

Un abogado de linaje jamás sobrevive a una vergüenza pública de semejante calibre.

Hizo una pausa breve, inclinando el rostro apenas un milímetro, evaluando el impacto de cada palabra en mis facciones.

—¿De verdad crees que su afecto sobrevivirá a la ruina absoluta?

¿Crees que un Mendieta despojado de su estatus querrá sentarse en tu cocina de Puerto Azul a recordar cómo una redactora de cincuenta euros la pieza le arruinó la existencia?

Tu supuesta historia de amor no es más que la fantasía de una redactora barata, Marina.

Una anécdota ridícula que tú misma inventaste para no asumir lo que eres: una empleada temporal a la que se le ha agotado el tiempo de servicio.

Aparté la mirada hacia la rendija que dejaban las cortinas de terciopelo.

A través del espacio entre las telas, a unos quince metros, se veía el estrado iluminado por los focos dorados.

Gonzalo estaba de pie junto al atril, dejando que el regidor le ajustara la pinza del micrófono en la solapa izquierda.

Don Aurelio se había acercado a él, dándole una palmada afectuosa en la espalda y riendo con franca camaradería mientras le mostraba las tarjetas del anuncio.

Gonzalo sonreía: no era la mueca ensayada del manual de pasantía, sino una sonrisa limpia y desarmada, la misma que me había dedicado en el coche sobre el viaducto y en la alfombra del ático.

Estaba a un paso de conseguir todo por lo que había sacrificado su juventud. La presidencia del fondo, el respeto de sus pares, la libertad de respirar sin el peso del fracaso familiar aplastándole el pecho.

Al otro lado de la cortina estallaron risas festivas y el tintineo cristalino de cientos de copas alzadas para el anuncio.

Un solo paso mío hacia esa luz bastaría para que Mercedes arrojara el dossier sobre la mesa de prensa; su nombre arruinado, su licencia revocada, el estigma público grabado para siempre.

Mi silencio, en cambio, sellaba el acuerdo con Aurelio y blindaba su futuro.

A cambio, su desprecio. Creería que había huido cobardemente tras cobrar el anticipo, reduciendo cada confidencia compartida en su ático a una cláusula bien cobrada.

Tragué saliva contra el nudo amargo que me cerraba la garganta.

—Tiene diez minutos —susurró Mercedes, cerrando el bolso con un golpe seco—. La salida de empleados da directamente a la dársena sur. Desaparece, Marina. Salva lo poco que te queda de sensatez.

La matriarca dio media vuelta y caminó hacia la entrada principal con la calma de quien acaba de dictar sentencia.

Me quedé sola en la penumbra del pasillo de servicio. A través del terciopelo, la voz del presentador retumbó por los altavoces convocando a los invitados a rodear el estrado para el brindis de honor.