Capítulo 17
Fuga entre candelabros de cristal
Las puertas dobles de caoba del Gran Salón de Baile se abrieron de par en par, y la marea de luz de las monumentales lámparas de araña me golpeó en los ojos como una ráfaga de magnesio.
Apenas dimos el primer paso sobre el parqué encerado, los destellos de la prensa económica estallaron al unísono.
El murmullo de cuatrocientas conversaciones amortiguadas por el terciopelo y las alfombras se replegó de golpe para dar paso a un rumor de expectación.
Sentí el peso de la seda verde esmeralda rozándome los tobillos y, por un instante ridículo, temí que mis talones dejaran una marca de humo sobre el suelo impecable del Club Náutico Bahía Alta.
A mi lado, Gonzalo no vaciló. Su brazo izquierdo sostenía mi mano apoyada en la curva de su codo con la firmeza de una viga de acero.
Iba impecable: el esmoquin negro entallado sin un solo pliegue fuera de lugar, la pajarita alineada al milímetro y ese perfil aristocrático que los periódicos financieros adoraban retratar.
Pero había algo en la soltura de sus hombros, en el modo en que respiraba sin apretar los dientes, que pertenecía por entero a las horas compartidas en el ático y no a los manuales de pasantía.
No sospechaba nada.
Ni un atisbo del chantaje de su madre, ni de la cuenta atrás que me martilleaba en las sienes con la cadencia de una sentencia judicial.
—Tranquila, socia —murmuró Gonzalo, inclinando la cabeza apenas dos centímetros hacia mí sin perder la sonrisa pulcra ante los objetivos—. Respira. Solo son directores generales fingiendo que entienden de balances y fotógrafos buscando la portada.
Intenté contestar con una de mis réplicas habituales, algo sobre cobrar un suplemento por ceguera temporal provocada por los focos, pero la garganta se me había cerrado en un nudo seco.
Me limité a curvar los labios en esa sonrisa de cuarenta y cinco grados que habíamos ensayado frente al ventanal de Mirador Faro.
Una máscara perfecta para ocultar que el suelo bajo mis pies se estaba desmoronando a setenta plantas por segundo.
—¡Por fin llega la presidencia de honor! —bramó una voz rotunda que se abrió paso entre el tintineo del cristal.
Don Aurelio Valdés avanzó desde el corro principal, abriéndose camino entre armadores, banqueros y consejeros delegados como un rompehielos veterano en aguas tranquilas.
Lucía su esmoquin clásico con la condecoración de la naviera en la solapa y un clavel blanco prendido con distinción.
Su rostro curtido se iluminó al vernos, y levantó ambas manos para iniciar un aplauso sonoro que fue secundado de inmediato por los directivos que lo rodeaban.
El salón entero se sumó a la ovación. Cuatrocientas personas vestidas con el PIB de media comunidad autónoma aplaudiéndonos como si fuéramos la encarnación misma de la prosperidad y la ventura conyugal.
—Míralos, Carranza —le dijo don Aurelio a Ignacio Carranza, que asentía a su lado con una copa de champán y una sonrisa de resignada aprobación—. ¿No te decía yo que el timón se maneja mejor cuando hay alguien esperándote en el muelle?
Don Aurelio llegó hasta nosotros y estrechó la mano de Gonzalo con un vigor que hizo crujir los gemelos de plata, para luego tomar la mía entre las suyas, envolviéndola con una calidez paternal que me atravesó el pecho con la fuerza de un dardo helado.
—Marina, querida, estás deslumbrante —dijo el magnate, mirándome con ojos limpios, desprovistos de cualquier sombra de duda—.
Le has devuelto el color a este muchacho.
Cuando entró a mi despacho por primera vez hace tres meses parecía un balance de pérdidas y ganancias andante, una máquina fría a la que no le confiaría ni el bote auxiliar de mi velero. Pero miradlo ahora.
Los socios del corro rieron con afecto. Don Aurelio se giró hacia el grupo, señalándonos con un gesto protector.
—Los hombres que no tienen a nadie por quien doblar la rodilla o quemar un postre a las dos de la madrugada no sirven para gobernar un imperio, amigos míos.
Gonzalo ha aprendido a escuchar, a ceder y a tener templanza porque tiene a su lado a una mujer que no le teme a la verdad.
La estabilidad de un hogar es el único activo que no cotiza a la baja, y por eso el fondo Valdés no podría estar en mejores manos.
Cada palabra de elogio, cada muestra de fe inquebrantable en nuestra supuesta historia, era una punzada directa a mi estómago.
El viejo patriarca hablaba desde la certeza más pura, convencido de que aquel romance nacido entre carpetas y minutas era el pilar ético que justificaba el traspaso de cincuenta millones de euros.
Sentí la mano de Gonzalo deslizarse desde mi codo hasta rodearme la cintura.
No fue el agarre técnico y calculado de los primeros días en la terraza; fue un gesto cálido y desesperadamente sincero.
Su palma se amoldó a la seda sobre mi cadera y sus dedos ejercieron una presión suave, acercándome a su costado hasta que el calor de su cuerpo traspasó la tela.
Gonzalo miró a don Aurelio y luego bajó la vista hacia mí. Había un brillo desarmado en sus pupilas grises, una devoción tan limpia y expuesta que me faltó el aire.
—Tiene usted toda la razón, don Aurelio —dijo Gonzalo con una voz baja y serena que resonó con total autenticidad entre el murmullo de los invitados—. Marina ha sido lo único que me ha impedido convertirme en una piedra.
Quise gritarle que se callara. Quise apartarme de un manotazo, romper la coreografía, exigirle que volviera a ser el letrado glacial y distante que cobraba por cláusula para no sentir cómo me desgarraba por dentro su gratitud.
En lugar de eso, apreté los dedos contra la solapa de su esmoquin, sosteniéndole la mirada con una sonrisa frágil que amenazaba con quebrarse ante las cámaras que nos rodeaban en semicírculo.
—No exageres, Gonzalo —bromeé con un hilo de voz que intentó sonar mordaz—. Don Aurelio va a pensar que no sé cocinar otra cosa que emergencias.
Don Aurelio soltó una carcajada abierta y palmeó el hombro de Gonzalo.
—¡Ese es el espíritu! —exclamó el magnate, alzando su copa—.
En veinte minutos subiremos al estrado para el brindis oficial y el anuncio de la firma.
Quiero a los dos a mi derecha antes de que abran los micrófonos de la retransmisión.
El protocolo está cerrado, pero esta noche las palabras las dictará el corazón.
El corro de ejecutivos brindó en nuestra dirección y comenzó a dispersarse hacia la mesa presidencial. Don Aurelio se alejó unos pasos para atender a un miembro del patronato, dejándonos momentáneamente en el centro del pasillo de honor.
Gonzalo aflojó apenas la presión sobre mi cintura para mirarme de frente, con las comisuras curvadas en una media sonrisa de triunfo sereno.
—Ha salido perfecto —susurró, rozándome el hombro desnudo con el pulgar—. Aurelio está completamente entregado. En cuanto termine el discurso, este contrato será historia y podremos...
Sus palabras se convirtieron en un zumbido lejano.
Por encima del hombro de Gonzalo, a escasos diez metros, entre las mesas redondas cubiertas de mantelería de hilo y centros de orquídeas blancas, estaba ella.
Mercedes de Mendieta se hallaba de pie junto a la mesa tres.
No sostenía ninguna copa de champán ni conversaba con las damas del patronato.
Llevaba el abrigo de cachemira doblado sobre el respaldo de su silla y mantenía los brazos cruzados a la altura del pecho.
Entre sus manos enguantadas en encaje negro apretaba un bolso rígido de piel estructurada con la solapa entreabierta, desde donde asomaba la esquina inconfundible de una cartulina verjurada con membrete oficial.
La matriarca me miraba fijamente a través del bosque de candelabros de cristal.
No había ira en su rostro, ni sorpresa, ni reproche.
Solo esa gélida certidumbre matemática que no admitía apelación.
Sus ojos no se desviaron de los míos ni una sola fracción de segundo.
Con una parsimonia cruel que solo yo pude descifrar entre el gentío, Mercedes levantó la muñeca izquierda y rozó la esfera de su reloj de oro con la yema del guante.
El cronómetro estaba corriendo.
Veinte minutos antes de que Aurelio Valdés tomara el micrófono. Veinte minutos para desaparecer del Club Náutico sin dejar rastro o ver cómo el hombre que me miraba como si fuera su único refugio era ejecutado públicamente frente a las cámaras de todo el país.
—¿Marina? —la voz de Gonzalo me devolvió a la realidad con un sobresalto—. Tienes las manos heladas. ¿Estás bien?
Apreté la mandíbula para contener el temblor y busqué sus ojos, grabándome cada rasgo de su rostro sereno antes de que la música se detuviera para siempre.
—Estoy bien, Gonzalo —mentí—. Solo necesito... un minuto antes del brindis.
Gonzalo me sostuvo los dedos un segundo más, escrutando mi rostro con esa fijeza que desarmaba cualquier intento de fingimiento.
—Señor Mendieta, perdone la interrupción —dijo un regidor de sala con auricular de diadema, que apareció entre el gentío con una tableta y un micrófono de solapa en la mano—. Don Aurelio solicita que suba al lateral del estrado para la prueba de audio. Quedan doce minutos para el directo.
Gonzalo miró al regidor y volvió la vista hacia mí, dudando. Sus dedos apretaron con suavidad los míos antes de soltarlos.
—No me muevo de aquí —le aseguré, sosteniendo una sonrisa que me exigió cada gramo de autocontrol—. Ve a colocarte el micro. Yo voy a dar dos pasos hacia el pasillo lateral para beber agua. El champán de los armadores deshidrata más que un maratón.
—Dos minutos —prometió en un susurro, rozándome la mejilla con el dorso de los nudillos—. En cuanto ajusten la frecuencia bajo a buscarte. No te escapes.
La frase me cayó en el estómago con el peso de una sentencia.