Capítulo 16 #3
—«Cláusula cuarta: libertad táctica de improvisación y derecho a veto estético» —leyó en voz alta, saboreando cada sílaba con un deleite venenoso—.
«Adenda de honorarios: rescate de deuda hipotecaria mediante dos desembolsos extraordinarios contra la cuenta personal del letrado».
Fascinante. He leído cientos de contratos de servicios en esta firma, Gonzalo, pero jamás imaginé que tasarías el afecto conyugal con un recargo del dieciocho por ciento por daño moral.
Sentí que el aire de la planta setenta se volvía irrespirable.
Cada broma que había anotado en aquella mesa de juntas para defenderme, cada línea mordaz con la que intenté mantener la distancia entre su mundo y el mío, se había convertido en un arma cargada apuntando directamente a la cabeza de Gonzalo.
—Esto no tiene nada que ver con el fondo de los Valdés —dijo Gonzalo, sin retroceder un milímetro, aunque la vena del cuello le latía con violencia—. Es un acuerdo privado entre Marina y yo.
Mercedes soltó una risa brevísima, un suspiro gélido que rebotó en los paneles de cristal.
—¿Un acuerdo privado? —repitió, clavando por fin su mirada en mí—.
Esto es un fraude mercantil flagrante, hijo.
Una simulación orquestada para manipular la voluntad de un cliente de ochenta años que exige solvencia moral antes de confiarte el patrimonio de su familia.
Si Don Aurelio ve este anexo antes de subir al estrado, no solo retirará los cincuenta millones de euros del fondo; presentará una denuncia ante el comité deontológico del colegio de abogados que te inhabilitará para ejercer en todo el territorio nacional.
Gonzalo apretó los puños a los costados.
—No te atreverás.
—No me subestimes, Gonzalo. Llevo quince años sosteniendo el apellido Mendieta sobre mis espaldas mientras tú jugabas a ser un estratega infalible.
—Mercedes cerró la carpeta de golpe; el impacto sordo de las tapas resonó en el vestíbulo como un disparo y se giró hacia mí, acortando la distancia hasta que pude ver el brillo implacable en el fondo de sus pupilas—.
Pero la culpa no es enteramente tuya. La ambición mal calibrada siempre busca atajos vulgares cuando la cuna no da para más.
Tragué saliva, obligándome a no dar un solo paso atrás.
—Diga lo que tenga que decir, doña Mercedes —solté, sosteniéndole la mirada con toda la dignidad que pude arrancar del pánico—. Ahórrenos el sermón institucional.
La matriarca sonrió de lado, inclinando la cabeza con esa cortesía aristocrática que dolía más que cualquier insulto explícito.
—Qué previsible —murmuró—. Muy bien, Marina. Hablemos de términos operativos, ya que tanto te gusta la redacción contractual. Te ofrezco una salida limpia.
—No tienes nada que negociar con ella —intervino Gonzalo, alzando la voz con una furia sorda que jamás le había escuchado.
Mercedes alzó la mano libre, silenciándolo con un gesto de desdén absoluto sin apartar los ojos de mi cara.
—Esta noche acudirás al Club Náutico —dijo Mercedes, bajando la voz hasta un murmullo letal que solo nos envolvía a los tres—.
Harás la entrada del brazo de mi hijo, saludarás a los directores en el vestíbulo y sonreirás a los fotógrafos como la prometida devota que te pagan por interpretar.
Pero antes del brindis de honor, antes de que Aurelio Valdés tome el micrófono para anunciar el nombramiento oficial, te retirarás discretamente.
Sin aspavientos, sin despedidas melodramáticas y sin exigir un solo céntimo del segundo plazo pactado.
El corazón me dio un vuelco salvaje. Miré a Gonzalo de reojo; sus ojos estaban fijos en mí, cargados de una impotencia que lo consumía por dentro.
—¿Y si me niego? —pregunté, con la voz apenas más firme que un suspiro.
Mercedes levantó la carpeta negra a la altura de su pecho, sosteniéndola con ambas manos enguantadas como un trofeo de caza.
—Si no desapareces antes de que Aurelio suba al atril, subiré yo misma —sentenció con una frialdad matemática que no dejaba resquicio a la duda—.
Le entregaré este expediente al magnate en mano, frente a los cuatrocientos invitados y a las cámaras de la prensa económica.
Leeré en voz alta cada tarifa, cada cláusula sobre el falso soufflé y cada euro desembolsado para salvar tu miserable estudio.
Y verás cómo la carrera de Gonzalo, la reputación de esta firma y el futuro por el que ha sacrificado su juventud se disuelven en una humillación pública de la que jamás podrá levantarse.
Mercedes dio media vuelta hacia el ascensor, ajustándose la solapa de cachemira con una parsimonia insultante. Pulsó el botón de descenso y las puertas de acero se abrieron de inmediato.
Antes de entrar, se giró una última vez hacia mí.
—Tienes tres horas para elegir, querida —susurró, con una inclinación de cabeza impecable—. Salvar tu orgullo en un salón de fiesta o destruir a mi hijo para siempre.
Las hojas de acero se deslizaron hasta sellar el hueco con un chasquido metálico e inapelable, dejándome atrapada en mitad del pasillo con el peso asfixiante de una cuenta atrás que ya no admitía disculpas.