Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Estaba cotejando las adendas finales para la comitiva institucional —explicó Julián, señalando con un dedo espasmódico la bandeja de salida donde reposaban varios bloques de folios grapados—.

Don Aurelio solicitó cinco copias de cortesía del dossier patrimonial con los antecedentes del fondo benéfico, las acreditaciones especiales y el árbol de gobierno corporativo.

Como el servidor de la imprenta central se cayó a las tres, envié el archivo maestro a la cola de impresión de red local desde mi terminal.

—Hasta ahí es una incidencia técnica menor —observó Gonzalo, revisando las cajas apiladas—. ¿Dónde está el problema?

—El problema, señor, radica en la función de ensamblado automático de la bandeja tres —susurró Julián, bajando la voz una octava—.

Antes de mandar el dossier de presidencia, yo tenía abierto en mi escritorio el archivo escaneado del acuerdo preliminar.

El borrador confidencial de servicios de representación y honorarios.

El que ustedes dos firmaron el primer día en esta misma planta.

Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis botines.

—¿El borrador? —pregunté, en un hilo de voz.

—El borrador con las notas manuscritas —confirmo Julián, cerrando los ojos con fuerza—.

La versión que contenía el desglose de los honorarios iniciales, el suplemento del dieciocho por ciento por riesgo en entorno hostil, las cláusulas de contacto físico pautado y la adenda con bolígrafo azul sobre el rescate financiero del piso taller.

Me volví hacia Gonzalo. Toda la compostura que había cimentado durante años de litigios crujió de pronto. Sus ojos grises se abrieron con una fiza aterradora.

—Dime que cancelaste la orden antes de que la grapadora térmica cerrara los fascículos —dijo, con una calma más temible que cualquier grito.

Julián tragó saliva con un chasquido audible.

—El comando de red fusionó los dos documentos en un único PDF denominado *Dossier_Presidencia_Definitivo_Revisado.pdf*.

La máquina procesó seis juegos idénticos.

Cincuenta y ocho páginas cada uno: cuarenta páginas de balances financieros de los Valdés y las dieciocho páginas del contrato de noviazgo fingido encuadernadas justo detrás del organigrama familiar, con el membrete oficial de Mendieta la madre que la noche anterior me había advertido que conocía la naturaleza exacta de su hijo; la inspectora implacable de las apariencias de San Telmo del Norte.

Tenía en su regazo la prueba impresa, firmada y sellada de que el compromiso de Gonzalo era una transacción mercantil de cinco cifras.

—Soto —soltó Gonzalo en un susurro urgente, ajustándose el botón del puño—: llama al control de acceso del aparcamiento. Que no dejen salir a ningún vehículo de la firma.

—Gonzalo —lo interrumpí, aferrándolo del brazo hasta clavarle los dedos en la tela de la camisa—. Mercedes no va a esperar a que el garaje le dé permiso.

Nos miramos durante una fracción de segundo, y en sus ojos grises ya no vi al estratega de fusiones millonarias, sino el pánico de quien sabe que los cimientos de su vida entera están a punto de saltar por los aires antes de que empiece la música.

Solté el brazo de Gonzalo y eché a correr por el pasillo hacia el vestíbulo de los ascensores privados antes de que pudiera frenarme.

Mis botines apenas hacían ruido sobre la moqueta azul marino, pero los latidos me martilleaban en los oídos con la fuerza de un motor desbocado.

Dejé atrás las puertas acristaladas de los despachos de asociados, las mesas vacías de secretaría y el zumbido constante del aire acondicionado central.

La planta setenta parecía haberse estirado en una pesadilla de paneles de caoba y luces fluorescentes.

Si Mercedes bajaba en el ascensor exprés hasta el garaje, subiría al sedán oficial con el dossier en las manos y la catástrofe sería irreversible.

Llegué al distribuidor principal sin aliento, buscando con la mirada el panel luminoso sobre las puertas de acero inoxidable.

La flecha dorada indicaba que la cabina uno estaba subiendo.

Me detuve en seco, clavando los talones frente al umbral metálico.

Gonzalo apareció a mi espalda dos segundos después, con la respiración entrecortada y la mandíbula apretada en una línea pétrea.

Julián se quedó rezagado al final del corredor, apoyado contra una columna con las dos manos sobre las rodillas, incapaz de dar un paso más sin desmayarse.

El mecanismo emitió un timbre suave, pulcro, casi musical. Las puertas dobles se abrieron con un deslizamiento silencioso.

Mercedes de Mendieta no estaba en el garaje.

Estaba de pie en el centro exacto de la cabina, erguida como una columna de mármol, envuelta en un abrigo de cachemira gris perla sobre los hombros y con los guantes de encaje negro perfectamente calzados.

Sostenía la carpeta rígida de presidencia entre los dedos, pero el lazo dorado de seda yacía deshecho, colgando como una cinta inútil sobre la solapa de piel sintética.

Tenía el dossier abierto por la mitad.

La luz cenital del ascensor iluminaba con una nitidez despiadada el papel verjurado.

No hacía falta acercarse para reconocer los trazos: mi caligrafía desordenada en bolígrafo azul destacaba entre los párrafos mecanografiados del bufete.

Las tres enmiendas manuscritas al margen.

La cláusula del suplemento por riesgo en entorno hostil.

La cifra de cinco dígitos destinada a rescatar el piso-taller de Puerto Azul, rubricada en la esquina inferior con las iniciales simétricas de Gonzalo.

Mercedes alzó la vista despacio, con las cejas arqueadas al milímetro y las comisuras fijas en una media sonrisa gélida.

—Qué despliegue físico tan encomiable, querida —dijo en un susurro templado, dando un paso medido fuera de la cabina. El aroma a jazmín blanco y fijador de alta gama inundó de golpe el vestíbulo—. Aunque me temo que el cardio de última hora no compensa una negligencia procesal tan burda.

Gonzalo dio un paso al frente, interponiéndose entre su madre y yo con una rigidez que amenazaba con reventar las costuras de su camisa.

—Madre, dame esa carpeta —ordenó con voz baja, extendiendo la mano abierta—. Ese documento pertenece al archivo interno de mi departamento.

Mercedes ni siquiera miró la mano de su hijo. Deslizó el pulgar enguantado por el borde de la página, produciendo un crujido áspero de papel de alto gramaje.