Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 16
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Capítulo 16

El borrador que nunca debió imprimirse

El zumbido del aire acondicionado en la planta setenta sonaba más amortiguado que de costumbre, como si el rascacielos entero contuviera el aliento a tres horas del traslado oficial al Club Náutico.

Desde el ventanal principal, la bahía de San Telmo del Norte se extendía bajo una neblina plateada que difuminaba los mástiles del puerto deportivo.

Sobre la mesa de roble del despacho descansaban las seis tarjetas definitivas del discurso de Don Aurelio, impresas en cartulina verjurada con el membrete oficial del bufete. Tenía el rotulador amarillo suspendido a dos milímetros del papel, pero la tinta no llegó a tocar la superficie.

«Un instrumento barato y eficaz para desactivar las reticencias de un cliente senil».

La voz de Mercedes de Mendieta, destilada con ese perfume a jazmín y hielo, volvía a colarse entre los párrafos de bienvenida protocolaria.

Llevaba toda la tarde repitiéndose en mi cabeza con una insistencia quirúrgica.

«Gonzalo te extenderá un cheque por los servicios prestados, añadirá el suplemento pactado y volverás a tu barra de café».

Apreté el plástico del rotulador hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

Miré la ficha tres: «En esta travesía, los pilares humanos sostienen la estructura con más fuerza que cualquier cláusula de garantía».

Era una frase que yo misma le había dictado a Gonzalo dos días atrás, pero leída bajo los focos de la Torre Marítima sonaba a inventario de liquidación.

—Si sigues presionando con esa saña, vas a perforar el gramaje especial que Julián tardó tres días en conseguir en la imprenta central.

La voz de Gonzalo llegó desde la esquina de la sala de reuniones integrada.

Se había quitado la americana del traje oscuro y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos con dos pliegues perfectos.

Dejó sobre la mesa, junto a mis notas adhesivas, una taza de porcelana de la que subía un vaho con aroma a manzanilla y limón.

Lo miré, desconcertada por el contenido humeante.

—¿Esto no es café solo con dos gotas de cinismo? —pregunté, forzando una ceja hacia arriba.

—A juzgar por la velocidad a la que mueves el pie derecho contra la pata de la silla, el café te provocaría una fibrilación antes de pisar el muelle —respondió él, rodeando la mesa con una calma que contrastaba con mi rigidez—. Es una infusión. Tómatela.

—No necesito sedantes herbales, letrado. Solo me aseguro de que el patriarca de las navieras no se duerma en la tercera línea del agradecimiento institucional.

Gonzalo no volvió a su sillón presidencial. Se apoyó contra el borde del escritorio, cruzó los brazos y clavó en mí esos ojos grises que, desde nuestra conversación en el aparcamiento de Los Laureles, habían perdido por completo la coraza procesal.

—Llevas cuarenta minutos corrigiendo la misma tarjeta, Marina. Y ni siquiera has hecho un solo chiste sobre mis adjetivos pomposos.

Tragué saliva, sintiendo que el pecho se me apretaba. Aparté la mirada hacia las cartas impresas para no encarar esa fijeza tan limpia, tan desprovista del cálculo con el que su madre lo describía.

—Es una gala benéfica de cincuenta millones de euros —murmuré, alisando el borde de una cartulina con la yema del pulgar—. Supongo que hasta una redactora de disculpas de baja estofa puede permitirse un ataque de responsabilidad antes del brindis de honor.

Gonzalo ladeó la cabeza. Hubo un silencio breve en el que solo se escuchó el crujido leve del papel bajo mis dedos.

Entonces, con un gesto deliberadamente lento, su mano derecha subió hasta el nudo impecable de su corbata de seda antracita.

Tiró de él hacia abajo con dos dedos, aflojándolo tres centímetros exactos, y desabrochó el primer botón del cuello de la camisa.

Era el código. Nuestro código silencioso desde la noche del atasco en el viaducto.

—¿Mejor? —preguntó en voz baja, con una media sonrisa que le curvó la comisura izquierda.

El aire me volvió a los pulmones con una sacudida que me desarmó por completo. Me obligué a sonreír, aunque la mueca me salió algo temblorosa.

—Mucho más presentable para la plebe, Mendieta. Aunque tu madre te desheredaría si te viera con ese descuido estético a dos horas de la alfombra roja.

La mención de Mercedes fue involuntaria, un reflejo condicionado por el veneno que llevaba horas masticando sola, pero Gonzalo no se tensó ni rehuyó el golpe. Al contrario: bajó las manos, acortó el medio paso que nos separaba y apoyó la palma abierta sobre la mesa, a escasos centímetros de la mía.

—Mi madre lleva treinta años buscando grietas donde solo hay vida, Marina —dijo, y su tono adquirió esa gravedad templada que nada tenía que ver con las audiencias provinciales ni con los informes de fusiones—.

Anoche en el cóctel la vi acercarse a ti junto a las cortinas.

Sé perfectamente qué idioma habla Mercedes cuando siente que pierde el control del tablero.

El corazón me dio un brinco en la garganta. Levanté los ojos hacia él, incapaz de ocultar la sorpresa.

—Gonzalo...

—No tienes que repetirme lo que te dijo —me atajó con suavidad, mirándome con una franqueza que me hizo arder los ojos—.

Porque sé lo que piensa. Piensa que todo en este mundo se reduce a balances de pérdidas y ganancias, a cláusulas de rescisión y a mantener una fachada de piedra para que nadie descubra lo vacía que está la casa por dentro.

Durante mucho tiempo, yo también creí que esa era la única forma de no hundirme.

Se inclinó apenas hacia mí, lo suficiente para que el aroma a madera de cedro de su colonia barriera de golpe cualquier eco del jazmín materno.

—Pero Aurelio no subirá esta noche al estrado conmigo por mis balances ni por la reputación de mi apellido —continuó él, con los dedos rozando casi imperceptiblemente el borde de mi libreta de notas—.

Subirá porque vio a un hombre que aprendió a respirar, a reírse de un soufflé calcinado y a no esconderse tras una montaña de tecnicismos.

Y eso solo ocurrió porque tú entraste en mi despacho a destrozarme los esquemas con tus pósits de colores.

Una punzada tibia me atravesó el esternón. Había bastado el desprecio aristocrático de Mercedes para hacerme dudar, olvidando la verdad compartida en el ático entre cartulinas esparcidas por la alfombra y confidencias a oscuras.

La distancia entre nosotros se volvió tan densa y frágil que casi pude escuchar el latido apresurado de mi propio pulso.

—Aún tenemos que superar el brindis sin caernos por la borda del club —bromeé en un susurro, tratando de recomponer el escudo de la ironía para no quebrarme allí mismo.

Gonzalo sonrió de verdad, con esa luz en los ojos que jamás aparecía en las crónicas de prensa.

—Superaremos el brindis, socia. Y después, Don Aurelio firmará el protocolo y cerraremos todo esto a nuestra manera.

Asentí despacio, tomando la taza de infusión con las dos manos para anclarme a su calor.

Por primera vez en veinticuatro horas, la sombra de la matriarca pareció retroceder, disolviéndose ante la certeza de que lo que estábamos a punto de defender en el Club Náutico ya no cabía en las cláusulas de ningún contrato.

En ese instante exacto, la puerta de cristal esmerilado del despacho se abrió de par en par con un chasquido violento.

La hoja de cristal templado rebotó contra el tope de goma con un golpe seco que hizo vibrar la taza de infusión sobre la mesa. Julián Soto apareció en el umbral, lívido y boqueando como un buzo al que le acaban de cortar el suministro de oxígeno.

Llevaba la corbata torcida hacia la izquierda, las gafas resbaladas sobre el puente de la nariz empapado en sudor frío y los brazos extendidos hacia adelante, como si intentara contener un derrumbe invisible.

—Señor Mendieta... Marina... señorita Ríos...

—balbuceó, tropezando con el borde de la alfombra antes de aferrarse al respaldo de una silla—.

Ruego hagan constar en acta que he seguido escrupulosamente los protocolos de cadena de custodia documental según el artículo cuarenta y dos del reglamento de pasantía, pero se ha producido una anomalía...

una catástrofe de dimensiones procesales irreversibles.

Gonzalo se enderezó de golpe. La distensión de su postura se quebró en una rigidez inmediata.

—Julián, respira —ordenó, con timbre de sala de vistas—. ¿Dónde está el lote de carpetas con el orden del día que debías llevar a la sala de juntas auxiliar?

—En la sala auxiliar, señor. Es decir, una parte.

La otra parte... —Julián se presionó las sienes con dedos temblorosos y emitió un gemido sordo—.

Dios mío, me van a inhabilitar antes de colegiarme.

Me van a expulsar de la bahía. Voy a terminar redactando recursos de multas de tráfico en un sótano sin ventilación.

—Soto —dijo Gonzalo, dando un paso firme hacia él—. Menos dramaturgia procesal y más hechos. ¿Qué ha pasado?

—Vengan. Tienen que verlo ustedes mismos. Ahora mismo.

Salimos detrás de él a paso rápido por el pasillo enmoquetado de la planta setenta.

Julián nos guio hasta la sala de juntas auxiliar, una estancia alargada convertida en las últimas veinticuatro horas en el centro de operaciones del desembarco en el Club Náutico.

Las mesas modulares estaban abarrotadas de cajas de cartón abiertas, cordones de seda para las acreditaciones VIP, pilas de tarjetones con el escudo plateado de los Valdés y decenas de carpetas rígidas encuadernadas en piel sintética negra.

El olor a tóner caliente y a papel recién impreso saturaba el aire. La máquina multifunción del rincón zumbaba con el ventilador sobrecargado.