Capítulo 15 #3
Acepté el cristal. El frío del vidrio me entumeció las yemas de los dedos, pero no me atreví a beber; temía que el temblor que todavía me recorría la garganta hiciera oscilar el vino.
—Una victoria fulminante para el gabinete jurídico —respondí, forzando una sonrisa milimétricamente ajustada al manual de contingencias—. Don Aurelio debe de estar listo para nombrarte comodoro de honor.
Gonzalo soltó una risa baja, de esas que no utilizaba con sus clientes ni en las salas de juntas, y dio un paso más hacia mí, acortando el espacio hasta que su hombro rozó la seda verde de mi vestido.
—Aurelio está exultante —murmuró, bajando el tono para crear esa burbuja de intimidad que hacía apenas media hora me había parecido el lugar más seguro del mundo—.
Ha pasado diez minutos presumiendo ante los armadores del aplomo y la templanza que he ganado en las últimas semanas.
Carranza intentó insinuar que el fondo benéfico era una maniobra precipitada y Aurelio lo cortó en seco diciendo que los hombres con raíces sólidas no le tienen miedo al mar picado.
Hizo una pausa breve y me miró directamente a los ojos, con una calidez tan limpia y desarmada que sentí una punzada helada justo detrás del esternón.
—Tenías razón, Marina. Cuando me dijiste en el ático que la gente no confía en un balance frío, sino en lo que ve detrás. Tenías razón en todo.
«Un instrumento barato y eficaz», repitió la voz de Mercedes en el fondo de mi cabeza, marcando cada sílaba con la frialdad de un informe pericial. «Un capricho exótico para cerrar una operación».
Tragué saliva y sostuve la copa con ambas manos a la altura del pecho para interponer un obstáculo físico entre los dos.
—No te emociones con el éxito de la consultoría, letrado —solté, envolviendo cada palabra en una capa gruesa de sarcasmo para evitar que se me quebrara la voz—.
Te recuerdo que mi tarifa no incluye asesoría de imagen permanente.
En cuanto Don Aurelio estampe la rúbrica mañana por la noche y los fotógrafos guarden las cámaras, el milagro de la humanización exprés se extingue.
Gonzalo enarcó una ceja, desconcertado por el giro seco de mi tono. Su mirada descendió un segundo hacia mis manos crispadas sobre el cristal antes de volver a clavarse en mis facciones.
—Marina, no estoy hablando de la tarifa.
—Claro que estás hablando de eso —atajé con una risita breve, metálica, que me raspó el paladar—. Estamos a veinticuatro horas de culminar la mayor transacción de tu carrera. Es completamente comprensible que quieras repartir felicitaciones corporativas al equipo técnico antes de la firma.
El brillo distendido de sus ojos grises se apagó una fracción, sustituido por esa sombra de cautela analítica que usaba para examinar contratos defectuosos.
—¿Ha pasado algo mientras estaba con Don Aurelio? —preguntó en un susurro, escaneando el salón con la mandíbula tensándose de nuevo—. ¿Alguien se ha acercado a incomodarte?
—Solo los canapés de caviar, que siguen teniendo un sospechoso aroma a déficit presupuestario —bromeé, clavando los ojos en el centro de la sala para evitar sostenerle la mirada—.
Todo está en perfecto orden, Gonzalo. Las copas llenas, las credenciales listas y la falsa prometida sonriendo a cuarenta y cinco grados como manda el protocolo.
Gonzalo guardó silencio durante tres segundos que se me hicieron eternos. Levantó su mano libre despacio, como si dudara, y apoyó la palma sobre mi antebrazo desnudo.
El calor de su piel contra la mía quemó.
La memoria muscular del beso en el ático, la confesión a media voz en el coche sobre el viaducto y el tacto de sus dedos apartándome el mechón de pelo en el aparcamiento de Los Laureles me golpearon a la vez con la fuerza de una marea alta.
Quise creerle. Quise dar un paso hacia su pecho, enterrar la cara en la solapa de su esmoquin y pedirle que me asegurara que todo aquello no era un cálculo de beneficios y pérdidas.
Pero el espejo dorado seguía devolviéndome la imagen implacable: la redactora de disculpas a cincuenta euros la pieza, envuelta en un vestido prestado que jamás podría pagar, parada en mitad de un salón donde cada sonrisa tenía un precio de cotización.
—Marina... —empezó él, con ese tono grave y vulnerable que ya no guardaba ninguna relación con los memorandos de Julián Soto.
Al otro lado del salón, Don Aurelio Valdés levantó su copa hacia nosotros desde el corro presidencial, rodeado de directivos y armadores, dedicándonos un saludo sonoro y afectuoso que cerraba la recepción preliminar antes de la gran cita del día siguiente.
Gonzalo retiró los dedos de mi brazo con lentitud. Dejé mi copa intacta sobre la mesa auxiliar contigua y él depositó la suya al lado, respiró hondo para recomponer su planta impecable y me ofreció el codo flexionado con una solemnidad absoluta.
—Vamos a despedirnos de Aurelio —dijo en voz baja, mirándome con una intensidad que no admitía tregua—. Mañana cerraremos todo esto.
Apreté los labios en una sonrisa fría, encajé mi mano en el pliegue de su brazo y caminé a su lado hacia la salida.