Capítulo 15 #2
—Don Aurelio no es ningún ingenuo —atajé, cuidando de no tensar la voz—. Sabe distinguir perfectamente cuándo alguien le habla con franqueza.
—Aurelio tiene casi ochenta años y la nostalgia le ablanda el criterio, nada más —replicó Mercedes con una calma implacable—.
Pero yo no tengo ochenta años, querida. Y conozco a mi hijo desde hace treinta y cinco.
He visto a Gonzalo redactar contratos de fusión diseñados para asfixiar a sus competidores sin mover un solo músculo de la cara.
He visto cómo calculaba cada palabra, cada cena y cada apretón de manos para asegurarse la plaza de socio director.
¿De verdad crees que una chica de Puerto Azul, que sobrevive redactando cartas de arrepentimiento para maridos infieles en una mesa coja, va a cambiar la naturaleza de un Mendieta?
No había cólera en su voz; solo la fría certeza de quien clasifica un objeto fuera de lugar.
Apreté los dedos contra el lateral del vestido, sintiendo la seda bajo la palma.
La advertencia de Clara en la cafetería, el requerimiento con franjas rojas del banco, la cifra provisional anotada en aquella primera servilleta...
Todo volvió de golpe, arrollando la tregua frágil que había construido en el coche y en el ático.
—Gonzalo no es la máquina que usted diseñó —dije, aunque la réplica me salió más débil de lo que pretendía.
Mercedes enarcó una ceja perfectamente perfilada, saboreando la vacilación.
—Gonzalo es exactamente lo que tiene que ser para que esta firma no se hunda: un hombre que no deja nada al azar.
Te contrató porque eras un instrumento barato y eficaz para desactivar las reticencias de un cliente senil.
Cumpliste tu función con soltura, debo admitirlo; el numerito en el club de campo fue convincente.
Pero esta farsa termina en cuanto la tinta del protocolo de traspaso se seque sobre el papel de presidencia.
Acercó el rostro un centímetro más, bajando la voz hasta un susurro que me vibró en el tímpano:
—En cuanto Aurelio anuncie el fondo y los directores firmen, Gonzalo te extenderá un cheque por los servicios prestados, añadirá el suplemento que hayáis pactado para asegurarse tu silencio y volverás a tu barra de café recalentado.
Porque un Mendieta puede permitirse un capricho exótico para cerrar una operación, pero jamás se mezclaría de verdad con alguien de tu calaña.
El aire se me atascó en la garganta. La imagen de Gonzalo en el aparcamiento de Los Laureles, apartándome el pelo con una lentitud desarmada y diciéndome que a mi lado no sentía que se ahogaba, se tambaleó bajo el peso de un veneno que conocía demasiado bien: la verdad estadística.
Gonzalo era el heredero de un rascacielos de setenta plantas; yo era la que contaba los catorce días de plazo para no acabar en la calle.
—Si tanta seguridad tiene en el desenlace, no entiendo por qué se toma la molestia de decírmelo aquí —contesté, forzando una sonrisa afilada que me dolió en la mandíbula.
Mercedes dio un paso atrás, se alisó la manga con la mano enguantada y recuperó su compostura, como si acabara de despachar un trámite menor.
—Porque me gusta que las piezas entiendan su lugar antes de que termine la partida —dijo, dedicándome una última inclinación de cabeza antes de girar sobre sus talones—. Disfruta del champán, Marina. No suelen servirlo de esta cosecha en Puerto Azul.
La vi alejarse hacia el centro del salón, deslizándose entre los grupos de accionistas con la elegancia fluida de quien pisa su propio territorio.
Me quedé pegada al terciopelo de la cortina, respirando hondo para calmar el temblor que me subía desde los tobillos. En el espejo dorado, la chica del vestido verde esmeralda seguía pareciendo impecable.
Apreté la mandíbula para contener la respiración mientras el murmullo de las risas y las copas volvía a expandirse por el Salón Dorado.
Mercedes se había disuelto entre la multitud con la precisión de una gota de tinta en un estanque, pero el aire a mi alrededor continuaba oliendo a su jazmín y a esa certeza matemática con la que acababa de desmenuzar mi presencia allí.
Catorce días de plazo bancario. Un vestido de corte al bies cargado a una cuenta corporativa.
Una tarifa por horas de empatía aplicada.
—Asunto resuelto —anunció una voz a mi derecha, templada y demasiado cercana.
Gonzalo reapareció abriéndose paso entre dos consejeros de la naviera.
Traía dos copas de vino blanco sujetas por los tallos con una sola mano, sin una arruga en el esmoquin y con una soltura en los hombros que no le había visto en ninguna de nuestras sesiones de ensayo.
Sus ojos grises, despejados bajo la luz de las lámparas de Bohemia, me buscaron de inmediato.
—Aurelio le ha recordado al comodoro que los derechos de atraque se firman con la cabeza y no con el orgullo —dijo, tendiéndome una copa con un leve asentimiento—.
La escaleta para la gala benéfica de mañana queda blindada.
Don Aurelio ha dejado zanjada la adenda con la junta directiva y el protocolo del traspaso patrimonial no sufrirá ni un solo cambio.