Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 15
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Capítulo 15

Dardos de hielo en el salón dorado

El pan de oro de las molduras del Salón Dorado brillaba con esa intensidad opulenta que solo consiguen los presupuestos sin límite y los siglos de herencia inmobiliaria.

Bajo las tres monumentales lámparas de araña de cristal de Bohemia, unas doscientas personas vestidas de estricta etiqueta conversaban en un murmullo amortiguado por alfombras tan espesas que daban la sensación de tragar los pasos.

Olía a nardos frescos, cera perfumada y champán brut imperial; un aroma químicamente diseñado para recordar a cualquiera que no tuviera tres apellidos compuestos que estaba pisando territorio vedado.

Gonzalo estaba a mi lado, impecable con su esmoquin negro a medida.

Desde nuestra conversación junto al coche en el aparcamiento de Los Laureles, una extraña corriente de complicidad flotaba entre nosotros, como si los dos hubiéramos acordado en silencio dejar caer una capa entera de cinismo.

Su mano descansaba con una familiaridad pasmosa en la curva de mi cintura, y cada vez que giraba la cabeza para comentarme algo entre dientes, el roce de su hombro contra el mío me enviaba una sacudida que no figuraba en ninguna cláusula de contingencia.

—Aurelio está en el salón contiguo revisando el orden de intervención con los directores de la naviera —me susurró Gonzalo, inclinándose apenas hacia mí—. En cuanto termine, vendrá a buscarnos para la entrada oficial. ¿Cómo vas de aguante con los tacones?

—Si no tengo que correr delante de un comité de auditoría en los próximos diez minutos, calculo que sobreviviré con dignidad —respondí, ladeando una sonrisa mientras sostenía una copa de cristal fino con dos dedos—.

Aunque sigo pensando que la moqueta tiene suficiente lana como para abrigar a una familia entera en invierno.

Gonzalo soltó una risa baja, de esas que no utilizaba en los despachos, y su pulgar trazó un arco perezoso sobre la seda verde esmeralda de mi vestido. Estaba a punto de añadir algo cuando una figura conocida irrumpió entre dos parejas de septuagenarios con pajarita de seda.

Julián Soto avanzaba con el paso apresurado de quien transporta un artefacto a punto de detonar. Llevaba la pajarita milimétricamente centrada, pero las gafas se le escurrían por el sudor de la nariz y sujetaba con ambas manos una carpeta negra con el sello del Club Náutico.

—Señor Mendieta, perdone la interrupción —dijo Julián en un susurro jadeante al llegar a nuestra altura, haciendo una reverencia torpe que casi derribó la copa de un caballero a su espalda—.

Don Aurelio y el comodoro solicitan su presencia en la sala de juntas de presidencia.

Han surgido discrepancias con el orden del traspaso patrimonial en la escaleta del brindis y la secretaría insiste en que usted debe visar el texto legal antes de que los técnicos impriman los tarjetones definitivos.

Gonzalo frunció el ceño, recuperando en una fracción de segundo la tensión en la mandíbula.

—El texto quedó cerrado ayer a las seis, Julián.

—Lo sé, señor, pero el representante de la junta naviera quiere incluir una adenda sobre los derechos de atraque preferente —explicó el pasante, mirando de reojo hacia la puerta de doble hoja del fondo como si temiera una incursión armada—.

Don Aurelio dijo que no firmará ninguna coma sin su visto bueno.

Insiste en que son cinco minutos de reloj.

Gonzalo miró hacia la puerta y luego se giró hacia mí, vacilando. Su mano no se retiró de inmediato de mi cintura; apretó los dedos un instante sobre la tela verde antes de soltarme con evidente reticencia.

—No tardo nada —dijo, mirándome a los ojos con una fijeza que no necesitaba guion—. Quédate cerca de la terraza. Si alguien de la comisión intenta acorralarte con preguntas sobre la fundación, diles que los balances están bajo secreto preliminar.

—Tranquilo, letrado —le dije, forzando un tono despreocupado para aplacar la duda que vi asomar en sus ojos—. Sé defenderme sola en un buffet libre. Ve a salvar el imperio de los Valdés antes de que el comodoro decida confiscar los muelles.

Gonzalo asintió, me dedicó una última mirada cargada de una calidez que me desarmó por completo y siguió a Julián a través de la marea de trajes oscuros hasta desaparecer tras los paneles de madera noble del fondo.

En el mismo instante en que la puerta se cerró a sus espaldas, el Salón Dorado pareció agrandarse de golpe y la temperatura ambiente cayó varios grados.

Me quedé sola en mitad de la sala, con una copa de champán que apenas había probado y la súbita sensación de estar completamente expuesta.

A mi alrededor, los grupos de invitados continuaban su danza social: herederos de navieras que hablaban de inversiones en puertos francos, señoras enjoyadas con esmeraldas del tamaño de avellanas que escaneaban a los presentes con frialdad aduanera, y jóvenes ejecutivos con relojes de oro macizo que celebraban anécdotas de regatas internacionales.

Di unos pasos lentos hacia la esquina más resguardada, buscando refugio junto a una mesa auxiliar cubierta con una mantelería de hilo bordado donde reposaban bandejas de plata con canapés microscópicos.

Tomé una tartaleta de hojaldre con crema de trufa y caviar, fingiendo un interés gastronómico profundo para evitar tener que cruzar la mirada con nadie.

El vestido de seda verde esmeralda, que en el probador del taller y en el coche de Gonzalo me había hecho sentir invencible, empezó a pesarme sobre los hombros como una armadura prestada.

Por mucho que Berenice hubiera ajustado el talle y que la caída al bies disimulara mi falta de linaje, yo seguía siendo la redactora freelance con catorce días de plazo bancario, la chica de Puerto Azul que vivía a base de café recalentado en tazas con dibujos de gatos y que cobraba cincuenta euros por salvar aniversarios ajenos con cartas de disculpa.

Miré de reojo el reflejo de mi figura en uno de los grandes espejos con marco dorado que decoraban la pared.

La imagen que me devolvía el cristal era impecable: hombro al descubierto, peinado pulido, porte erguido.

Parecía pertenecer a ese mundo. Sin embargo, por dentro sentía esa grieta familiar, el chirrido sordo del impostor que sabe que un solo traspié, una pregunta fuera de lugar sobre colegios privados o clubes de campo, bastaría para que la ilusión se hiciera pedazos frente a cuatrocientos testigos.

Di un sorbo diminuto al champán para humedecer una garganta repentinamente seca.

Aquella no era mi vida; solo un encargo de representación para cobrar los honorarios acordados, salvar el estudio y regresar a mi realidad de facturas.

Pero el recuerdo de la voz de Gonzalo en el aparcamiento, confesándome con los ojos desarmados que jamás se había sentido tan en paz con nadie, resonaba con la fuerza de un eco persistente que dinamitaba cualquier intento de frialdad profesional.

Dejé la copa sobre la bandeja de un camarero que pasaba a mi lado y me dispuse a buscar la salida hacia la terraza para tomar un poco de aire fresco.

No alcancé a dar tres pasos.

Una sombra elegante y una fragancia inconfundible a jazmín blanco y fijador de alta gama cortaron mi trayectoria con la precisión milimétrica de una trampa bien tendida.

Frente a mí, sosteniendo una copa de champán con guantes de encaje negro y una sonrisa afilada como un bisturí quirúrgico, Mercedes de Mendieta me bloqueó el paso.

—El corte al bies de Berenice hace auténticos milagros, querida —murmuró Mercedes, recorriéndome de arriba abajo con una mirada que habría congelado el agua de la bahía—. Aunque la seda buena sobre ciertas perchas siempre produce esa extraña sensación de préstamo de última hora.

Sostuve la postura sin pestañear, clavando los tacones en la espesura de la alfombra.

El rumor de las conversaciones ajenas y el tintineo de copas bajo las lámparas de araña parecían llegar amortiguados, como si una campana de vacío nos hubiera aislado junto a las pesadas cortinas de terciopelo burdeos.

—Berenice fue muy comprensiva con mis medidas, doña Mercedes —respondí, manteniendo un tono tan terso como el tejido de mi falda—. Me aseguró que el verde disimula de maravilla la falta de abolengo.

Mercedes soltó una risita seca, breve como un chasquido de dedos. No dio un solo sorbo a su copa; la sostenía con la mano izquierda enfundada en encaje negro, con los nudillos tan quietos que el champán no formaba ni una onda contra el cristal.

—El sarcasmo es un recurso fascinante para quienes carecen de posición, Marina.

Es ruidoso, llena los silencios y da una reconfortante ilusión de control.

—Dio medio paso hacia mí, recortando el espacio justo para que el perfume a jazmín se volviera sofocante—.

Pero los salones de esta ciudad no se gobiernan con agudezas de sobremesa.

—Gonzalo parecía bastante satisfecho con los resultados hasta hace dos minutos.

La comisura de los labios de Mercedes se curvó en una mueca de condescendencia casi maternal.

—Gonzalo es un hombre práctico. Siempre lo ha sido, desde el día en que enterramos a su padre en el panteón norte y comprendió qué costaba mantener este apellido en pie.

—Inclinó levemente la cabeza, observando el reflejo de ambas en el espejo de marco dorado que teníamos a la espalda—.

Mi hijo aprendió muy pronto que en los negocios hay que utilizar la herramienta precisa para cada avería.

Aurelio Valdés pedía a gritos un baño de calidez doméstica para soltar cincuenta millones de euros, y Gonzalo le ha servido en bandeja exactamente lo que el anciano quería comprar.

Una muchacha vivaracha, pintoresca, de esas que hacen reír a los camareros y cuentan anécdotas de incendios imaginarios en la cocina.

Me obligué a sostenerle la mirada sin desviar los ojos hacia el pasillo por donde se había marchado Gonzalo.