Capítulo 14 #3
—Don Aurelio no concede el brindis de honor a cualquiera —dijo en voz baja.
Su tono no tenía la rigidez del memorando matinal ni la distancia ensayada tras la llamada de Julián en el ático—.
En cuarenta años de presidencia corporativa, jamás ha compartido el estrado con nadie ajeno a su propia familia.
—Eso es porque no conocía mi talento innato para inventar incendios de repostería —bromeé, buscando desesperadamente refugio en el cinismo mientras me acercaba dos pasos—.
Si llego a saber que ganarse la fe de un magnate octogenario era tan fácil como quemar un soufflé imaginario, habría montado una consultoría de piromanía culinaria hace cinco años.
Esperaba su réplica habitual. Esperaba que sacara a colación la cláusula tres del manual de contingencias, que me corrigiera el léxico o que me recordara con frialdad que todavía nos quedaba sobrevivir a la inspección de su madre antes de cantar victoria.
En lugar de eso, Gonzalo bajó la mirada hacia mis botines y luego subió los ojos despacio hasta detenerse en los míos.
—Gracias, Marina.
Las dos palabras salieron limpias, sin la menor traza de ironía ni cálculo profesional.
El corazón me dio un vuelco torpe contra las costillas. Busqué en mi cabeza una salida rápida, un chiste de emergencia sobre el coste por minuto de los agradecimientos formales, pero la garganta se me secó por completo.
—No tienes que... formaba parte del encargo —murmuré, odiando la forma en que mi propia voz perdió firmeza.
Gonzalo negó con la cabeza una sola vez. Se enderezó, acortando el medio metro que nos separaba con un paso lento, hasta quedar tan cerca que pude distinguir el aroma a cedro de su colonia y el calor que desprendía la lana de su chaqueta.
—No me refiero al encargo ni a la cuenta de Valdés —dijo, y su voz adquirió ese matiz rasposo y hondo que la noche anterior había derribado todas las defensas en el salón de Mirador Faro—. Me refiero a lo que dijo Aurelio ahí dentro.
La respiración se me atascó en el pecho.
—Aurelio es un romántico de la vieja escuela —repliqué en un susurro, tratando de levantar una trinchera con las manos metidas en los bolsillos del jersey—. Cree que la gente cambia con un par de sonrisas bien sincronizadas y una mano sobre la mesa.
—Aurelio tiene razón —soltó Gonzalo, mirándome sin parpadear, desarmado de tal manera que sentí vértigo bajo los pies—.
Llevo quince años convencido de que la única forma de no romperme era convertirme en una piedra, exactamente como él dijo.
Tratando de no cometer un error, de no darle a mi madre un solo motivo para mirarme como si fuera una decepción, de calcular cada palabra antes de decirlo.
Dio medio paso más. Su mano derecha se alzó despacio y, por un instante electrizante, pensé que iba a tocarme el rostro; pero sus dedos se detuvieron a un milímetro de mi barbilla, apenas rozando el mechón de pelo que el viento me había cruzado sobre los labios para apartarlo con una lentitud que me erizó la nuca.
—Y desde que entraste en mi despacho con tus notas desordenadas y tus rotuladores fluorescentes —continuó él, clavándome una mirada tan limpia que me dolió el pecho—, es la primera vez en toda mi vida que no siento que me estoy ahogando.
Jamás me había sentido tan en paz conmigo mismo, Marina. Con nadie.
El mundo pareció detenerse en seco sobre la grava blanca del aparcamiento.
No había público. No había directores de navieras observando desde la terraza ni un magnate al que engañar para salvar una fusión de cincuenta millones de euros. Estábamos solos entre dos coches, con la brisa de la bahía silbando entre los pinos y una verdad desnuda suspendida entre los dos.
La redactora de disculpas, la profesional que siempre encontraba el adjetivo exacto para rescatar a cualquiera de un abismo emocional, se quedó completamente muda.
Quise reírme. Quise decirle que era una magnífica actuación, que si seguía así Don Aurelio le iba a ceder la presidencia entera antes del café de la tarde.
Quise escudarme en la servilleta de las tarifas, en los catorce días de plazo bancario que me recordaban de dónde venía y en la distancia insalvable que separaba mi piso húmedo de Puerto Azul de su apellido ilustre.
Pero no pude mover los labios.
Un vértigo helado me vació el estómago: no quería que fuese un truco, ni una estrategia corporativa, ni una prueba de esfuerzo escénico. Deseaba, con una urgencia que dinamitaba todas mis defensas, que cada una de las palabras que acababan de salir de su boca fuera irrevocablemente real.
Gonzalo sostuvo mi mirada durante dos segundos interminables, esperando una respuesta que yo no fui capaz de articular.
Al notar mi silencio, la sombra de una duda cruzó por sus pupilas grises, pero en lugar de cerrarse de nuevo tras su máscara de letrado, se limitó a esbozar una sonrisa vulnerable.
—Vamos —dijo en voz baja, abriendo la puerta del copiloto para mí con una cortesía que ya no tenía nada de ficticia—. Tenemos que preparar el terreno para el viernes.
Asentí en silencio, incapaz de mirarlo a los ojos mientras subía al asiento, con el eco de su confesión retumbándome en las sienes como una advertencia de que la caída libre ya había comenzado.