Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

La ternura genuina en la mirada de Don Aurelio era un espejo demasiado limpio.

Toda mi vida profesional se había basado en escribir cartas de disculpa para maridos desmemoriados o socios agraviados, cobrando una tarifa por pulir la verdad hasta hacerla digerible, pero esto era distinto.

Don Aurelio no estaba contratando un servicio de redacción de urgencia; estaba depositando una fe absoluta en una ficción que yo había ayudado a ensamblar a cambio de salvar mi estudio del desahucio.

La culpa me dobló la espalda como una carga física, asfixiante.

—Usted siempre me advirtió que la técnica sin propósito era un cascarón vacío, Aurelio —respondió Gonzalo en voz baja.

No había rastro de su habitual léxico procesal. Su voz sonaba limpia, templada por esa misma gravedad que le había descubierto la noche anterior en el coche, atrapados en el viaducto.

—Y tú tardaste quince años en hacerme caso, testarudo —le espetó Don Aurelio con cariño; soltó una risita ronca antes de señalarlo con el bastón apoyado en su rodilla—.

Te he visto trabajar dieciséis horas al día, Gonzalo.

Te he visto entrar a reuniones con la cara de un autómata que no recuerda cuándo fue la última vez que durmió una siesta o se rio con ganas.

Eras el vivo retrato de lo que tu madre y este negocio exigen: impecable, infalible y completamente hueco por dentro.

El anciano giró el rostro hacia mí, y la expresión de sus ojos se suavizó de tal manera que sentí el impulso de retirar la mano y confesarme allí mismo.

—Hasta que apareció Marina.

El calor me subió de golpe a las mejillas. Forcé una sonrisa leve, procurando que no me temblara la comisura de los labios.

—Don Aurelio, Gonzalo ya era...

—No me interrumpa, querida, que los viejos tenemos pocos momentos de inspiración y hay que aprovecharlos —me cortó con una mirada cómplice y un guiño afable—.

No sé qué clase de milagro hiciste con este muchacho, pero desde que estás con él, camina de otra forma.

Mira a la gente a los ojos, escucha antes de rebatir y hasta se permite dejar la corbata en el armario un martes por la mañana.

Don Aurelio apoyó una de sus manos arrugadas sobre las nuestras y cubrió el nudo que formaban mis dedos y los de Gonzalo sobre la mantelería de hilo. El contacto era cálido, paternal, cargado de una bendición que ninguno de los dos merecía.

—Jamás lo había visto tan sereno —afirmó el patriarca, mirándome directamente a los ojos con una convicción incontestable—. Tan humano, tan templado y tan digno de confianza. Saber que tiene a su lado a una mujer que le recuerda de dónde viene el suelo firme es la única garantía que necesito.

Gonzalo apretó mis dedos una fracción de segundo antes de responder.

—Marina tiene esa costumbre —dijo él, girando la cabeza hacia mí con una lentitud que me cortó la respiración—. Desmonta cualquier argumento en el que intente esconderme.

La intensidad en sus pupilas grises no pertenecía a ninguna cláusula del anexo de optimización escénica redactado por Julián Soto.

No había apuntador ni focos de photocall.

Estábamos en una terraza campestre bajo la luz de la mañana, y la franqueza que ardía en su mirada me golpeó con tanta fuerza que el aire se me congeló en los pulmones.

El timbre grave de Don Aurelio rompió el instante antes de que la tensión pudiera desbordar la mesa.

—Pues consérvala, muchacho —sentenció el magnate; retiró la mano y dio una palmada sobre la mesa de forja con satisfacción—. Porque los clientes van y vienen, pero la persona que te salva de convertirte en una piedra es la única inversión que no admite regateos.

El tintineo de la porcelana sobre los platillos amortiguó el eco seco de la palmada de Don Aurelio.

Gonzalo no retiró la mano de la mía de inmediato; tardó un segundo deliberado en aflojar los dedos, deslizándolos con una parsimonia que me dejó la piel ardiendo antes de apoyar la palma abierta sobre el lino blanco.

Don Aurelio se apoyó en la empuñadura de caoba de su bastón y se puso en pie con una soltura que desmentía sus casi ochenta años. Ajustó los botones de su chaqueta de punto verde y nos contempló a ambos desde arriba, con una sonrisa ancha que le arrugaba las comisuras de los ojos.

—Bueno, basta de sentimentalismos de viejo por hoy —anunció, dando un golpecito con la contera de plata en las baldosas de terracota—.

Supongo que los dos tienen agendas que justifican esos honorarios astronómicos, y yo he quedado en el tee del cuatro para perder veinte euros contra el comodoro del club.

Gonzalo se levantó al instante, recuperando esa planta impecable que ningún club campestre lograba desarmar del todo, aunque la corbata ausente y el botón desabrochado del cuello le daban un aire insólitamente accesible.

—Aurelio, respecto al borrador de la reestructuración del fondo... —empezó Gonzalo, deslizando la tableta bajo el brazo.

El magnate alzó una mano huesuda para atajar la frase a medio camino.

—Ni una palabra más de cláusulas, muchacho.

El acuerdo está cerrado. Le dije a la junta que no estamparía mi firma hasta comprobar que la nave tenía un capitán con los pies en la tierra, y ya he visto todo lo que necesitaba ver.

—Don Aurelio me dedicó una inclinación de cabeza cargada de una cortesía casi decimonónica—.

Lo haremos oficial el viernes, en la gran gala del Club Náutico.

Julián ya tiene las instrucciones para coordinar la agenda con mi jefa de gabinete.

Subirán conmigo al atril y anunciaremos el traspaso de activos justo después del brindis de honor.

Quiero que San Telmo entero vea quiénes van a custodiar el legado de los Valdés los próximos veinte años.

Tragué saliva, sintiendo que el peso de cuatrocientos invitados y la amenaza latente de Mercedes de Mendieta caían de golpe sobre mis hombros.

—Será un honor, Don Aurelio —logré articular, sosteniéndole la mirada con una sonrisa que me costó un esfuerzo muscular mantener en su sitio.

—El honor es mío, querida. Y ahora, acompáñenme hasta la salida antes de que el comodoro empiece a cantar victoria antes de tiempo.

El trayecto por la galería acristalada fue un desfile pausado.

Don Aurelio saludaba a diestro y siniestro a socios con jerséis al cuello y señoras con viseras de tenis, presentándonos como si fuéramos el mayor acierto de su temporada financiera.

Gonzalo caminaba a mi lado, manteniendo una proximidad tan exacta que el roce de la tela de su chaqueta de tweed contra la manga de mi jersey marcaba el compás de cada paso.

Al cruzar las puertas automáticas hacia el aparcamiento privado, el aire fresco de los pinos y el olor a tierra húmeda barrieron de golpe el aroma a café y cera del salón. Un sedán clásico aguardaba al final del paseo de grava, con el chófer sosteniendo la puerta trasera abierta.

Don Aurelio se detuvo junto al estribo, apoyó las dos manos sobre el bastón y nos miró una última vez.

—El viernes por la noche, muchachos. Y nada de caras largas ni discursos fúnebres de los tuyos, Gonzalo —le advirtió con un guiño antes de meterse en el vehículo—. Lleva a tu prometida a bailar y deja que el resto del mundo se preocupe por los tipos de interés.

La puerta se cerró con un chasquido sordo y el coche avanzó con un suave crujido sobre las piedras blancas hasta perderse tras la cancela de hierro forjado.

El silencio que cayó sobre el aparcamiento fue tan repentino que casi pude escuchar el viento agitando las ramas más altas de los eucaliptos.

Me quedé inmóvil, mirando el espacio vacío donde hacía un segundo estaba el coche del magnate, con los brazos cruzados para protegerme de la brisa matinal.

A menos de un metro, Gonzalo permanecía de pie junto a su propio sedán negro, con la tableta sujeta con una sola mano y la vista clavada en la curva de la carretera.

El aire acondicionado de las salas de juntas y la armadura procesal parecían haber quedado a kilómetros de distancia.

—Vaya —solté, rompiendo la calma con una risotada corta que intentó sonar mucho más frívola de lo que realmente me sentía—.

Brindis de honor, atril presidencial y anuncio a bombo y platillo ante toda la aristocracia de la bahía.

Empiezo a pensar que los tres mil euros de suplemento por entorno hostil que te exigí en el despacho se van a quedar ridículamente cortos.

Gonzalo no respondió de inmediato. Se giró despacio, apoyó la cadera contra la puerta del copiloto y cruzó los tobillos sobre la grava. El sol de media mañana le daba de lleno en el perfil, suavizando las líneas duras de su mandíbula y sacando destellos dorados en el gris de sus ojos.