Capítulo 14
El examen no oficial de Don Aurelio
El olor a césped recién cortado y tostadas de masa madre no lograba disipar la sensación de estar sentada sobre un polvorín.
La terraza acristalada del Club Campestre Los Laureles era el reverso exacto del bullicio de Grano el espacio lo dominaban un suelo de terracota pulida, mesas de forja vestidas con mantelería de hilo crudo y una hilera de ventanales con vistas al campo de golf, donde cuatro socios con jerséis de cachemira color pastel discutían la caída de una bola como si se jugaran el destino del país.
Gonzalo estaba sentado frente a mí.
Había llegado diez minutos antes que yo, por supuesto.
Llevaba una chaqueta de tweed azul marino sin corbata —una concesión campestre rigurosamente calculada— sobre una camisa blanca de cuello italiano impecable.
Frente a una taza de porcelana a medio terminar, repasaba notas en su tableta con una concentración tan férrea que parecía descifrar un tratado internacional.
Desde que me subí al ascensor de Mirador Faro dejándolo con Julián y sus credenciales plastificadas, apenas habíamos cruzado un mensaje escueto para confirmar la hora del desayuno.
El eco de sus labios sobre los míos seguía palpitando en mi memoria con la fuerza de un cortocircuito, pero mirarlo ahora era como contemplar una estatua en un museo: impecable y a una distancia prudencial de novecientos kilómetros.
—Aurelio acaba de aparcar —dijo Gonzalo sin levantar la vista de la pantalla, con un tono tan neutro que habría servido para narrar un documental sobre glaciares—. Viene solo. Julián me confirma que no trae a su jefe de gabinete.
—Una lástima —respondí, ajustándome las mangas del jersey de punto beige mientras hacía girar una cucharilla de plata—. Un testigo neutral siempre ayuda a amortiguar el impacto cuando descubra que nuestra historia de amor tiene la consistencia de un castillo de naipes bajo un tifón.
Gonzalo bloqueó la pantalla con un chasquido seco del pulgar y la dejó junto al plato. Levantó la vista despacio. Sus ojos grises, despejados bajo la luz tamizada del invernadero, me barrieron la cara durante dos segundos interminables.
—No va a descubrir nada, Marina. Llevamos dos semanas superando cada filtro.
—Sí, antes de que decidiéramos convertir el ático en una prueba de esfuerzo a las dos de la mañana —solté en un susurro afilado, inclinándome sobre la mesa—.
Estás tan rígido que si te cae una moneda en la espalda va a rebotar hasta el hoyo dieciocho.
Don Aurelio tiene setenta y ocho años, pero huele la farsa a leguas.
Si nos ve mirarnos como dos desconocidos en el metro, se le van a encender todas las alarmas.
Gonzalo apretó la mandíbula. El músculo de su mejilla se contrajo, igual que cuando su madre le recordaba el protocolo o cuando yo tachaba sus adjetivos jurídicos con rotulador fosforito.
—Sé perfectamente lo que hago —dijo entre dientes.
—Claro. El plan de contingencia número cuatro: parecer un robot con patrimonio neto de siete cifras. Conmovedor para un hombre a punto de casarse.
—Marina...
—¡Gonzalo! ¡Marina, querida!
La voz cavernosa de Don Aurelio Valdés retumbó contra los cristales antes de que Gonzalo pudiera rematar la réplica.
El magnate avanzaba entre las mesas con paso enérgico, apoyado en un bastón de caoba con empuñadura de plata que apenas parecía necesitar.
Llevaba una chaqueta de punto verde caza, pantalones de pana y esa sonrisa abierta y luminosa propia de quien lleva medio siglo cerrando adquisiciones sin perder el sueño.
El corazón me dio un vuelco contra las costillas. Ensayé mentalmente la sonrisa número dos de mi catálogo —la de «prometida encantadora pero prudente»— mientras me disponía a ponerme en pie, temiendo que la distancia sobre el mantel blanco delatara la grieta.
No tuve tiempo de incorporarme.
Antes de que apoyara las palmas, la mano derecha de Gonzalo cruzó el espacio entre nuestras tazas y envolvió la mía, crispada junto a la servilleta.
No fue el agarre protocolario de los ensayos en el ático, ni el contacto tibio y comedido que el manual de Julián catalogaba como «afecto de baja intensidad».
Sus dedos largos se deslizaron entre los míos con una naturalidad demoledora, cerrándose con una firmeza que me vació los pulmones de golpe.
El calor de su palma encendió una corriente directa desde mis nudillos hasta la nuca.
Me quedé inmóvil, sin retirar los dedos, con la respiración suspendida mientras Gonzalo afianzaba el nudo con lentitud calculada y rozaba el dorso de mi mano con el pulgar.
—Buenos días, Don Aurelio —dijo Gonzalo, girándose hacia el recién llegado sin soltarme, con una sonrisa serena que borraba cualquier rastro del altercado.
Don Aurelio llegó hasta la mesa, plantó el bastón y nos observó desde arriba. Sus ojos pequeños, enmarcados por arrugas profundas, conservaban esa agudeza que parecía examinar la letra pequeña de quien tuviera enfrente.
Su mirada se detuvo primero en nuestros rostros y descendió, despacio y sin disimulo, hacia nuestras manos entrelazadas sobre el lino blanco.
Contuve el aliento. Por un instante temí que notara la aceleración de mi pulso golpeando contra su piel o que adivinara la farsa.
Pero las cejas canosas del magnate se curvaron hacia arriba y una satisfacción genuina le iluminó el rostro.
—Quédense sentados, por el amor de Dios, no rompan la estampa —dijo Don Aurelio con una risotada baja, retirando la silla de la cabecera para acomodarse—. Mírenlos. Si parecen sacados de un catálogo de recién casados.
Gonzalo no solo mantuvo el agarre, sino que acomodó los dedos con más firmeza y apoyó el antebrazo en la mesa con una soltura inédita en presencia de un cliente.
—Hacemos lo que podemos para estar a la altura de sus convocatorias, Aurelio —respondió con una calidez desprovista de su habitual armadura procesal.
—No me venga con modestias, muchacho —terció el anciano mientras hacía una seña al camarero para que le sirviera café—.
Te conozco desde que llevabas pantalones cortos en el despacho de tu padre, Gonzalo, y te he visto pasar años con cara de calcular el impuesto de sucesiones hasta cuando te daban los buenos días.
Don Aurelio inclinó el torso hacia adelante, apoyó los codos y clavó en mí una mirada protectora, cargada de un afecto tan transparente que me dejó una punzada en el estómago.
—Verte con esa cara de paz, con la mirada puesta en algo más importante que una cláusula de rescisión...
—El viejo magnate sonrió con ternura, negando con la cabeza—.
Se nota a la legua cuándo a un hombre le cambia la vida.
Les sienta de maravilla la cercanía de la boda, de verdad se los digo.
Tienen ese brillo cómplice que solo da saber que has encontrado a la persona indicada para capear el temporal.
A mi lado, el pulgar de Gonzalo trazó un círculo suave sobre mi piel, respondiendo a las palabras del magnate con una tranquilidad tan aplastante que me resultó imposible descifrar si estábamos bordando la mejor actuación de nuestras vidas o si el guion acababa de quedar obsoleto.
El servicio de mesa interrumpió el instante cuando un camarero se acercó con una jarra humeante de café recién filtrado.
Don Aurelio esperó a que la taza quedara llena, rechazó el azucarero con un gesto afable y dio un primer sorbo despacio, contemplando las copas de los pinos que se mecían al fondo del campo de golf.
Por un instante, la energía arrolladora del magnate pareció replegarse, dejando al descubierto el cansancio reposado de un hombre que había librado demasiadas batallas corporativas.
—En esta ciudad hay demasiada gente empeñada en medir el éxito por el grosor de las alfombras de sus despachos —dijo Don Aurelio, al posar la porcelana sobre el plato—.
Mi difunta Carmen me lo repetía cada vez que volvía a casa a las diez de la noche con un maletín lleno de auditorías.
«Aurelio», me decía, «las empresas no te van a dar la mano cuando te dé un ataque de tos en mitad de la madrugada».
Una punzada fría me atravesó el pecho.
Intenté mover los dedos para aligerar la presión del contacto con Gonzalo, pero él reajustó el agarre, entrelazando su índice con el mío con una firmeza que me dejó anclada al mantel.
No había rastro de teatralidad en su gesto; sus ojos grises permanecían fijos en Don Aurelio con una mezcla de respeto absoluto y una atención despojada de defensas.
—Carmen tenía una lucidez implacable —añadió el anciano, con una sonrisa melancólica mientras miraba el reflejo del sol en su taza—.
Cuando falleció hace cinco años, comprendí de golpe que el dinero solo sirve para elegir qué clase de médico te atiende, pero no te compra un refugio.
Por eso me he vuelto tan terco en los últimos tiempos, Gonzalo.
Don Aurelio levantó la vista y clavó sus ojos claros en los de mi falso prometido.
—En los consejos de administración todo el mundo sabe redactar una cláusula de penalización o maquillar un balance de resultados —continuó el magnate con voz pausada, dejando que las palabras cayeran con el peso de medio siglo de experiencia—.
Los contratos millonarios se firman con abogados brillantes, por supuesto.
Pero las decisiones que comprometen el futuro de cientos de familias y el patrimonio que tardaste cuarenta años en levantar...
esas solo se confían a personas que tienen el corazón anclado en alguna parte.
A hombres que saben que hay algo más valioso que ganar un litigio.
Tragué saliva, sintiendo que el café de la mañana se transformaba en plomo fundido en el estómago.