Capítulo 13 #3
Llevaba la gabardina desabrochada ondeando a los lados, dos carpetas de piel bajo el brazo izquierdo, una tableta encendida en la mano derecha y un fajo de cintas de seda azul marino colgando de los dedos.
Tenía las gafas torcidas sobre el puente de la nariz y el nudo de la corbata discretamente ladeado, el sello inconfundible de quien lleva tres horas viviendo a base de cafeína y pánico procesal.
—Buenos días, señor Mendieta. Señorita Ríos, perdone el allanamiento —soltó a toda velocidad, deteniéndose a medio camino entre la entrada y el sofá sin reparar en el aire espeso que flotaba entre nosotros—.
La secretaría de presidencia de los Valdés ha adelantado la reunión preliminar con los patrocinadores a las diez y cuarto.
Don Aurelio insiste en que las tarjetas de acreditación para los copresidentes deben llevarse visibles desde el acceso al muelle privado.
He traído los duplicados plastificados con el holograma oficial.
Gonzalo avanzó desde la cocina con las manos en los bolsillos del pantalón, impecable, proyectando esa calma blindada que a mí me estaba destrozando los nervios.
—¿El protocolo de prensa está cerrado? —preguntó Gonzalo, con un tono neutro que no dejaba traslucir la más mínima alteración.
—Completamente, señor. —Julián extendió una carpeta abierta, señalando un párrafo con la punta de un bolígrafo mientras intentaba no tropezar con la alfombra gris—.
Dos páginas en el suplemento dominical y cobertura radiofónica en directo durante el brindis institucional.
Don Aurelio fue muy explícito: quiere que la señorita Ríos y usted compartan el atril secundario durante el anuncio del fondo benéfico.
Metí mi portátil en la bolsa de tela, cerré la cremallera del compartimento y me colgué la correa al hombro con un tirón seco.
—Tranquilo, Julián —intervine, forzando mi mejor sonrisa de relaciones públicas mientras me incorporaba—. Me aseguraré de sonreír en los planos cortos y aplaudir con entusiasmo civilizado. Nadie sospechará que en realidad no distingo un balance consolidado de una lista de la compra.
Julián parpadeó, descolocado por mi interrupción, y me miró con esa mezcla de fascinación y terror que siempre le provocaba mi falta de respeto por la liturgia del bufete.
—Señorita Ríos... no pretendía insinuar que...
—No te preocupes, Soto. Es deformación profesional —le corté con un guiño ligero, y rodeé la mesa para enfilar directamente el pasillo de salida—.
Gonzalo te explicará que todo forma parte de nuestra «prueba de esfuerzo metodológica».
Está en el anexo de optimización escénica, justo debajo de la cláusula para evitar combustiones espontáneas.
Julián miró a su jefe con el ceño fruncido, buscando una traducción jurídica que nunca iba a llegar. Gonzalo no pestañeó, pero la mandíbula se le tensó con tanta fuerza que vi cómo un músculo le temblaba bajo la piel de la mejilla.
Llegué frente a las puertas del ascensor y pulsé el botón de llamada. La luz ámbar se iluminó al instante.
Me giré despacio para mirarlos. Gonzalo seguía plantado en mitad del salón, con el traje de tres piezas encajado como un escudo medieval y los hombros rígidos bajo la luz fría que entraba por los ventanales.
Parecía el dueño absoluto del mundo financiero, un estratega implacable que lo tenía todo bajo control; pero yo todavía sentía el tacto de sus manos en mi cuello y la quemadura de su boca contra la mía cuando el guion se había ido al diablo.
Le dediqué una inclinación de cabeza exagerada, cargada de una cortesía teatral que me costó un mundo sostener.
—Nos vemos en el patíbulo, socio —le solté, arrastrando las palabras con una ironía impecable—. Procura no apretarte demasiado la corbata. No querríamos que te falte el aire antes de que Don Aurelio nos dé su bendición.
Gonzalo abrió la boca una fracción de segundo, pero no emitió ningún sonido. La máscara de letrado permaneció intacta, aunque sus ojos grises me sostuvieron la mirada con una intensidad muda que me golpeó de lleno contra las costillas.
Las puertas del ascensor se abrieron a mi espalda con un timbre metálico.
Entré sin mirar atrás, me di la vuelta para encarar el descansillo y dejé que los paneles de acero se cerraran entre los dos y borraran su silueta de mi campo de visión.
En cuanto la cabina inició el descenso por el hueco del edificio, la sonrisa se me congeló en la cara y dejé caer la espalda contra el cristal del fondo.
Apreté la bolsa de tela contra el estómago, respirando el aroma residual a café solo y colonia cara que todavía se me había quedado pegado en la ropa.
Tenía catorce días de plazo bancario, una montaña de facturas a punto de quedar saldadas y la certeza de haber salido ilesa del primer choque frontal.
Sin embargo, mientras los pisos caían a toda velocidad hacia el vestíbulo, el nudo que se me cerró en la garganta confirmó lo evidente: fingir indiferencia dolía infinitamente más que cualquier atasco en hora punta.