Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 13 #2
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Capítulo 13 #2

—Por supuesto. Un ejercicio —asentí con fingida solemnidad, dando un paso lateral alrededor de la isla para recortar un palmo de distancia—.

Qué profesional eres. Qué devoción por la causa corporativa.

Casi se me olvida que cuando te temblaban las manos en mi pelo parecías un hombre a punto de ahogarse y no un socio director supervisando un anexo.

Gonzalo dio un paso atrás imperceptible, apenas un roce de la suela de su zapato contra la tarima, pero sostuvo el contacto visual. Tenía los ojos grises muy abiertos, fijos, con las pupilas dilatadas en abierta contradicción con sus frases calculadas.

—No tergiverses los hechos, Marina. Lo que sostengo es que debemos mantener el marco delimitado. Tenemos un acuerdo contractual y una meta clara con el Grupo Valdés. Confundir los términos solo generaría inestabilidad en la ejecución.

—Ah, no te preocupes por los términos —le espeté, mostrándole una sonrisa radiante que me dolió hasta la raíz de las muelas—. Mi departamento de facturación lo tiene perfectamente controlado. De hecho, me alegra que lo saques a colación.

Metí la mano en el bolsillo del pantalón, saqué mi bolígrafo azul mordisqueado y me incliné sobre la superficie metálica. Con un trazo rápido, escribí directamente sobre una servilleta de papel que descansaba junto al azucarero.

Gonzalo bajó la vista hacia el papel, con el ceño fruncido.

—¿Qué estás haciendo?

—Añadiendo el recargo correspondiente —contesté sin dejar de escribir, arrastrando la tinta con entusiasmo teatral—.

«Por servicios dramáticos avanzados con contacto labial no especificado en el anexo A: doscientos cincuenta euros por minuto».

Redondeando a la baja, porque soy una socia generosa y asumo que la intensidad desmedida corría a cuenta de la casa.

Le empujé la servilleta con la punta de los dedos hasta que tocó el borde de su platillo.

Gonzalo miró los números garabateados. La mandíbula se le apretó con tanta fuerza que temí por el esmalte de sus dientes.

Levantó los ojos hacia mí despacio, y por un segundo la máscara procesal se le quebró en la rigidez de la boca y en una respiración entrecortada que nada tenía que ver con las cláusulas de su contrato.

—No tienes por qué convertirlo todo en un chiste —dijo en voz baja, con un matiz rasposo que me atravesó las costillas.

—Y tú no tienes por qué convertirlo todo en un informe de daños, Gonzalo —le devolví el golpe al instante, perdiendo la sonrisa por una milésima de segundo antes de recuperarla con esfuerzo—.

Pero aquí estamos: tú escondiéndote detrás de tus corbatas planchadas y yo pasándote la minuta.

Cada uno sobrevive al ridículo como puede.

Gonzalo soltó un suspiro contenido por la nariz.

Se llevó la mano derecha al nudo de la corbata con el gesto reflejo de querer aflojarlo, pero se detuvo a medio camino; cerró los dedos en el aire y dejó caer el brazo a lo largo del costado, volviendo a blindarse bajo los tres botones de la chaqueta.

—El tema queda zanjado —sentenció, recuperando el tono gélido y formal, aunque el pecho se le agitaba apenas perceptible—. Don Aurelio espera vernos actuar en sincronía absoluta. Concentrémonos en los términos de la reunión y olvidemos cualquier desviación metodológica.

—A sus órdenes, jefe de planta —ironicé, dando el último trago a mi taza y dejándola vacía sobre el acero cepillado con un chasquido hueco—.

La próxima vez que sientas la imperiosa necesidad metodológica de comprobar mi elasticidad pulmonar, avísame con acuse de recibo.

Así me pongo lápiz de labios resistente al agua.

Gonzalo desvió la vista hacia el ventanal, esquivándome por fin, incapaz de sostener la farsa un segundo más frente a mi cinismo desatado.

Tenía los hombros rígidos como vigas de acero y las manos crispadas, pero el silencio que nos separaba ardía con la certeza inapelable de que los dos estábamos mintiendo para salvarnos el pellejo.

El zumbido agudo del interfono cortó la tensión de la cocina como un golpe de tijera.

Fueron dos timbrazos largos y apremiantes que resonaron contra los paneles de vidrio y la tarima inmaculada. Gonzalo no se movió durante un segundo entero; mantuvo los ojos clavados en el horizonte plomizo de la bahía antes de girar sobre sus talones con una lentitud casi mecánica.

—Adelante, Julián —dijo, pulsando el botón táctil del panel con la yema del pulgar sin mirarme.

La voz del júnior llegó a través del altavoz en una ráfaga comprimida de estática y respiración entrecortada:

—Señor Mendieta, perdone la intromisión tan temprana, pero el servicio de mensajería del Club Náutico acaba de entregar los pases de seguridad y las credenciales definitivas. Don Aurelio ha llamado dos veces a la centralita antes de las siete y media.

—Sube —ordenó Gonzalo, soltando el control de la consola.

El chasquido del cerrojo automático me sirvió de salvavidas.

Aproveché los cuarenta segundos que tardaría el ascensor privado en completar el trayecto desde el vestíbulo para dar un paso atrás, apartarme de la isla de acero y rescatar de la encimera mi taza desportillada con el dibujo del gato con gafas.

Puse distancia entre mi cuerpo y el suyo; el café me quemaba todavía en el esófago, pero el frío en la punta de los dedos desmentía el termostato del ático.

Caminé hacia el salón y me incliné junto a la mesa de centro de mármol negro.

Metí los rotuladores en el bolsillo lateral de mi bolso de tela con movimientos rápidos, casi compulsivos.

Agarré el bloque de pósits de colores, la libreta con las notas tachadas y deslicé la taza en el fondo de la bolsa.

Dejé intacto el taco de cartulinas numeradas que Gonzalo había alineado con escuadra al amanecer, con la cruz fosforita brillando en la parte superior como una advertencia de peligro radiactivo.

Las puertas del ascensor se abrieron con un suspiro neumático y Julián Soto irrumpió en el salón como si lo persiguiera un comité de acreedores.