Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 13
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Capítulo 13

Resaca de sinceridad y corbatas flojas

Una franja de luz grisácea y fría cortaba el salón de Mirador Faro de lado a lado cuando abrí los ojos.

Tardé tres segundos en comprender por qué el techo no tenía las grietas familiares de mi piso-taller en Puerto Azul y por qué el aire olía a cuero limpio y a tostado intenso en lugar de a salitre y humedad.

Estaba tumbada en el sofá de lino, con el cuello rígido y una manta de lana gris marengo doblada con meticulosidad sobre mis hombros.

Alguien la había colocado allí mientras dormía.

Me incorporé despacio, apartando la manta como si moverla fuera a romper una tregua silenciosa. Lo primero que buscaron mis ojos fue el suelo entre el sofá y la mesa de centro de mármol negro.

Las decenas de cartulinas que anoche habíamos hecho volar por los aires, las fichas numeradas por Julián Soto que habían caído como nieve ridícula sobre nuestras cabezas antes de que perdiéramos los papeles, ya no estaban esparcidas por la alfombra.

Formaban un bloque milimétrico, escuadrado contra la esquina derecha de la mesa.

En la parte superior descansaba la ficha atravesada por mi cruz de rotulador amarillo fosforito, alineada de forma tan compulsiva con el canto de la piedra que casi parecía una prueba pericial lista para ser presentada ante un tribunal.

Un chasquido metálico y el siseo presurizado de vapor rompieron la calma desde la cocina integrada.

Giré la cabeza.

Gonzalo Mendieta estaba de espaldas a mí, frente a la encimera de acero cepillado.

Llevaba puesto un traje gris plomo de tres piezas, impecable, sin una sola arruga que delatara la noche en vela.

El cuello de la camisa blanca estaba abotonado hasta la asfixia y la corbata de seda antracita lucía un nudo tan perfecto que parecía forjado en una fundición.

Tenía el cabello peinado hacia atrás con esa precisión quirúrgica que solía exhibir en las reuniones de la planta setenta.

La armadura completa. Restaurada, pulida y con el blindaje al cien por cien.

Me pasé las manos por la cara para espabilarme, tragándome la punzada que me subió por la garganta.

La memoria física de sus dedos enredados en mi nuca y el calor de su boca contra la mía seguían vibrando en mi piel con la fuerza de un cable pelado, pero el hombre que manejaba la cafetera parecía un holograma diseñado por un consejo de administración.

—Buenos días —dijo, sin girarse del todo, pero con la suficiente inclinación de cabeza como para advertir que había registrado mi movimiento.

Su voz no tenía la aspereza rota de la madrugada. Era lisa, templada a una temperatura neutra, con esa cadencia que reservaba para los clientes que superaban los ocho ceros en su balance.

—Buenos días —respondí, y mi propia voz sonó más ronca de lo que hubiera deseado. Me aclaré la garganta y me pasé los dedos por el pelo para domar el desastre de mi moño—. Veo que el batallón de limpieza ha trabajado a destajo antes del amanecer.

Señaló con un movimiento casi imperceptible de barbilla hacia el taco de cartulinas mientras colocaba dos tazas de porcelana blanca bajo las boquillas de la máquina.

—Era poco higiénico dejar material de trabajo sobre el suelo —contestó con calma exasperante—. Además, Julián no tardará en enviar las versiones definitivas para la gala. Conviene tener el espacio despejado.

«Poco higiénico».

El beso que había derribado las cláusulas de no vinculación emocional quedaba reclasificado bajo el epígrafe de desorden doméstico no conforme a los estándares de salubridad.

Me levanté del sofá, alisándome la blusa arrugada con las palmas de las manos.

Mis botines negros estaban colocados en paralelo junto a la pata del mueble, exactamente a noventa grados del zócalo.

Me los calcé sin sentarme, negándome a concederme un segundo más de vulnerabilidad descalza, y caminé hacia la isla de la cocina procurando que mis pasos sobre la tarima sonaran firmes.

Gonzalo esperó a que el chorro denso de café terminara de caer. Apagó el interruptor, limpió el borde de la bandeja con una bayeta impoluta que dejó doblada en cuatro pliegues y tomó una de las tazas por el asa.

Se giró hacia mí.

Mantuvo la mirada fija a la altura de mis cejas, evitando deliberadamente bajar los ojos hacia mi boca. Sus pupilas grises tenían de nuevo ese brillo frío de las salas de juntas climatizadas.

—Solo, sin azúcar —dijo, extendiendo el brazo para ofrecerme la taza.

Había una distancia de seguridad milimétricamente calculada en su postura. La separación entre el platillo y su pecho dejaba claro que no pensaba dar un paso más allá de lo estrictamente necesario para no derramar el líquido.

Acepté la taza. Al cogerla, tuve la precaución de tocar únicamente la porcelana caliente, pero el aire entre nuestros dedos se sintió denso, cargado de una electricidad estática que ninguno de los dos reconoció.

—Gracias, Mendieta —solté, usando el apellido con la misma distancia protocolaria con la que él me servía el desayuno—. Veo que tu memoria retiene los detalles operativos esenciales.

Gonzalo parpadeó una sola vez. Apretó la mandíbula con una tensión levísima que apenas duró una fracción de segundo antes de recuperar la compostura.

—Procuro no descuidar los requerimientos básicos de mis colaboradores —respondió, apoyando una mano en el borde de la encimera y tomando un sorbo de su propio café con lentitud ritual—.

Tenemos una jornada compleja por delante.

Don Aurelio ha confirmado que asistirá a la sesión preparatoria del comité antes del almuerzo y no podemos permitirnos ninguna fisura en la narrativa.

Di un trago al espresso. El café era amargo, exactamente lo que necesitaba para obligar a mi estómago a dejar de encogerse.

Lo miré por encima del borde de la taza.

Estaba allí de pie, a menos de un metro, con la corbata ajustada como un nudo corredizo y el porte de quien acaba de ganar un litigio millonario, fingiendo con una solvencia aterradora que unas horas antes no me había sujetado contra su pecho como si fuera la única cosa en el mundo capaz de salvarlo del abismo.

La retirada táctica había comenzado, y él se atrincheraba tras cada línea de su manual de contención.

—Por supuesto —dije, esbozando una sonrisa afilada que me costó un esfuerzo titánico sostener—. Faltaría más. No querríamos que una fisura en la narrativa arruinara el valor patrimonial de nuestra historia de amor.

Gonzalo dejó la taza sobre la encimera con un chasquido seco. Se enderezó, se ajustó los puños de la camisa bajo las mangas de la chaqueta y me clavó una mirada donde, bajo la frialdad calculada, asomó una grieta diminuta de pánico contenido.

—Marina —empezó, aclarando la garganta como si fuera a dar lectura a un memorando judicial—, respecto a lo que ocurrió anoche...

—...convendría clasificarlo de forma rigurosa para evitar distorsiones en el balance operativo —completó la frase, aferrando la taza apoyada en la encimera con una fijeza tan calculada que los nudillos se le pusieron blancos.

Me quedé mirándolo con la mía a medio camino de los labios. Noté el golpe frío en el estómago y me lo tragué junto con el amargor del café antes de parpadear.

Ahí estaba. El brillante abogado de fusiones y adquisiciones transformando una colisión de bocas contra un ventanal en una nota a pie de página redactada por el departamento de riesgos.

—¿Clasificarlo de forma rigurosa? —repetí, arqueando las cejas mientras apoyaba los codos en el acero cepillado—. Ilumíname, letrado. ¿En qué epígrafe del código civil entra perder el control a las dos de la madrugada sobre una alfombra llena de pósits?

Gonzalo no pestañeó. Se enderezó medio centímetro, adoptando esa postura procesal que solía reservar para rebatir objeciones en juntas extraordinarias.

—En el de simulación de alto impacto para la optimización escénica —soltó sin que le temblara el tono, aunque la mirada se le desvió una fracción de milímetro hacia mi barbilla antes de volver a clavarse en mis cejas—.

Ayer alcanzamos un pico de tensión dialéctica insostenible.

Si íbamos a proyectar ante Don Aurelio y su consejo una intimidad conyugal incontestable, resultaba técnicamente indispensable someter la compenetración física a una prueba de esfuerzo.

Un ensayo de inmersión para verificar la ausencia de fricciones involuntarias.

El silencio que cayó sobre la isla de acero fue tan denso que casi pude oír el termostato del ático marcando los veintiún grados.

Una parte de mí —la parte insensata que aún recordaba la presión de sus dedos en mi nuca y la forma en que se le había roto la respiración contra mi piel— quiso tirarle el café caliente a la solapa de la chaqueta para comprobar si debajo del traje de tres piezas quedaba algo vivo.

Pero era Marina Ríos. Y cuando la realidad amenazaba con abrirme en canal, yo no lloraba: sacaba la artillería pesada del sarcasmo.

Dejé la taza sobre el acero cepillado con un golpe seco. Me crucé de brazos y solté una risa suave, cargada de una ironía tan afilada que Gonzalo tensó de inmediato los tendones del cuello.

—«Prueba de esfuerzo» —paladeé las palabras como si fueran un caramelo rancio—.

Qué despliegue léxico, Mendieta. Me dejas fascinada.

O sea que lo de agarrarme por la cintura como si se fuera a acabar el mundo y devorarme la boca hasta dejarme sin oxígeno no fue deseo...

fue una auditoría técnica de compatibilidad labial.

Un rubor violento, minúsculo pero innegable, le tiñó la base de las orejas. Gonzalo tragó saliva; la nuez se movió con torpeza tras el nudo impecable de su corbata de seda.

—Fue una respuesta fisiológica calculada dentro de una dinámica de ensayo —replicó, aferrándose al vocabulario jurídico como un náufrago a una tabla podrida—. Un ejercicio de credibilidad. Nada más.