Capítulo 12 #2
—Dilo —lo desafié, con las manos abiertas, avanzando hacia él hasta anular la distancia entre los dos—.
Di una sola verdad, Gonzalo. Una sola palabra que no esté tasada en una hoja de balance, que no haya sido revisada por tu comité ni filtrada por el desprecio de tu madre.
Dime una sola cosa real que no figure en las cincuenta páginas de tu maldito manual.
—¡Marina, basta!
Gonzalo dio el último paso y me atrapó por los antebrazos.
Sus dedos se cerraron sobre mis brazos con una firmeza cálida, urgente; frenó mis aspavientos en seco y me atrajo apenas un par de centímetros hacia su pecho para obligarme a detenerme.
El aire se extinguió en la habitación.
El eco de nuestros gritos se desvaneció contra los cristales panorámicos, dejando solo el rumor lejano de la ciudad nocturna y el compás desbocado de nuestras respiraciones.
Me quedé inmóvil, atrapada entre sus manos.
El calor de su piel atravesaba la tela fina de mi blusa.
Gonzalo tenía el pecho agitado, subiendo y bajando al mismo ritmo frenético que el mío, pero en sus ojos grises ya no quedaba ni un ápice de cólera.
La furia se había desmoronado tan rápido como el fajo de tarjetas sobre la alfombra, y el pulso me dio un vuelco en la base de la garganta al sostenerle una mirada despojada de cualquier defensa.
Estábamos tan cerca que sentía el vaho tibio de su respiración rozándome la frente.
Gonzalo no me soltó. Aflojó la presión inicial hasta convertir la sujeción en un sostén pausado; deslizó los pulgares con lentitud sobre el interior de mis muñecas, donde la sangre me latía a punto de estallar.
Bajó la vista hacia mis labios una fracción de segundo antes de volver a clavarla en mis ojos. No había ninguna cláusula a la que recurrir. No había notas al margen, ni honorarios de urgencia, ni requerimientos bancarios capaces de explicar la gravedad magnética que nos empujaba al abismo.
—No tengo ni la menor idea de qué decir —susurró él, con la voz rota por una gravedad que me dejó sin aliento—, si no es que me estás volviendo completamente loco.
Se me congeló la voz en la garganta antes de que pudiera encontrar una sola réplica cínica con la que defenderme.
Tenía una docena de salidas sarcásticas en la punta de la lengua, preparadas para dinamitar cualquier conato de gravedad antes de que quemara, pero los pulgares de Gonzalo seguían presionando el latido furioso de mis muñecas y sus ojos grises habían dejado de buscar un resquicio legal donde esconderse.
No hubo advertencia procesal ni margen de enmienda.
Gonzalo me soltó los brazos solo para deslizar una mano hacia mi nuca, enredando los dedos en los mechones sueltos de mi pelo con una urgencia que no admitía apelación, mientras su otro brazo rodeaba mi cintura y me pegaba a su pecho de un tirón seco.
Antes de que pudiera tomar aire, su boca cayó sobre la mía.
El impacto borró de un plumazo los veintiún días de plazo bancario, las cincuenta páginas encuadernadas por Julián Soto y cada una de las líneas que habíamos ensayado frente a los espejos.
No fue el roce medido que habíamos coreografiado para los cócteles del Club Náutico ni una caricia educada para tranquilizar a Don Aurelio; fue un choque hambriento, desprovisto de cualquier decoro corporativo.
Solté un gemido ahogado contra sus labios y, en lugar de apartarme, hundí los dedos en las solapas de su camisa, arrugando el algodón impecable entre mis puños para sostener el envite.
Gonzalo entreabrió la boca con un jadeo caliente y la presión se volvió más profunda, devorando cualquier distancia que nos quedara.
Sabía a café amargo, a la tensión eléctrica de la última hora en el viaducto y a una verdad tan nítida que me hizo perder el equilibrio sobre la moqueta.
Su agarre me sujetaba con una firmeza que me erizaba la piel hasta la base de la espalda, inclinándome mientras sus labios se movían contra los míos con una necesidad que llevaba días acumulándose bajo trajes a medida y silencios calculados.
Me pegué a él con una entrega que me aterrorizó por lo instintiva que resultaba. Ya no había notas al margen ni correcciones de estilo en mi cabeza; solo estaba el calor de su cuerpo contra el mío y el compás desbocado de su corazón latiendo con la misma violencia que el mío bajo la tela fina.
Gonzalo bajó la mano de mi cintura hasta aferrarme por la cadera, reteniéndome mientras un temblor mínimo le recorría los hombros.
Me besó como si estuviera perdiendo un juicio capital y no le importara la sentencia, buscando cada rincón de mi boca con una devoción ciega que me dejó sin aire y sin defensas.
Mis manos abandonaron las solapas para subir por su cuello, rozando la piel ardiente que nacía sobre el botón desabrochado, acariciando la línea tensa de su mandíbula y enredándose en el pelo corto de la coronilla, desordenando esa compostura milimétrica que su madre llevaba quince años exigiéndole.
Gonzalo soltó un suspiro entrecortado contra mi boca, como si temiera que, al aflojar el contacto, la gravedad volviera a recordarnos quiénes éramos.
El beso se prolongó en un vaivén lento, espeso y abrasador que nos dejó a los dos sin aliento, suspendidos en la altura sobre una ciudad que seguía moviéndose ajena a nuestro desastre.
Cuando por fin nos separamos, apenas fue una distancia de un par de centímetros.
Gonzalo apoyó su frente contra la mía, con los ojos cerrados y el pecho subiendo y bajando en oleadas frenéticas.
Su respiración húmeda me golpeaba los labios hinchados.
Los dedos que sostenían mi coronilla aflojaron la tensión en una caricia lenta, casi reverencial, que resbaló por mi cuello hasta descansar sobre mi hombro.
Abrí los ojos despacio.
Bajo nuestros pies, la alfombra gris estaba tapizada por las decenas de cartulinas blancas que habíamos lanzado al aire; una de ellas, marcada con el trazo fosforito del rotulador amarillo, descansaba doblada entre la punta de mi botín y el zapato de cuero de Gonzalo.
Los ventanales devolvían el reflejo de nuestras dos siluetas fundidas en la penumbra, recortadas contra el manto dorado de las luces del muelle.
Gonzalo abrió los ojos. El gris de sus pupilas ya no tenía la frialdad metálica de la sala de juntas; había una fractura total, una vulnerabilidad cruda y desarmada que me atravesó de parte a parte.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra. En el silencio denso del ático, mientras el eco de nuestras respiraciones terminaba de calmarse, la suela de mi botín terminó de aplastar la cláusula de penalización contra la moqueta. El contrato entero acababa de quedar reducido a cenizas.