Capítulo 12
Tirar el guion por la ventana
La noche sobre San Telmo del Norte era un paño negro salpicado de puntos dorados tras los ventanales de Mirador Faro.
Abajo, el viaducto de la bahía donde hacía menos de una hora nos habíamos quedado atrapados era solo una cinta silenciosa de luces lejanas.
Arriba, en el salón de líneas rectas y mármol frío, el aire acondicionado zumbaba con una pulcritud quirúrgica que borraba cualquier rastro del calor compartido en el coche.
Y Gonzalo Mendieta, para mi absoluta desesperación, se había vuelto a poner la corbata.
No solo se la había anudado con una simetría que rozaba la ofensa, sino que sostenía un fajo de cartulinas blancas milimétricamente cortadas, numeradas en la esquina superior derecha con la caligrafía histérica de Julián Soto.
—«En el umbral de este nuevo ejercicio fiscal —recitó Gonzalo, caminando con paso marcial desde la lámpara de pie hasta la esquina de la mesa de centro—, la convergencia entre la solvencia patrimonial y la responsabilidad filantrópica no constituye un mero apéndice estatutario, sino el eje vertebrador de nuestra visión corporativa».
Me pasé las dos manos por la cara, hundiendo los dedos en el pelo hasta que el moño se me deshizo por completo.
Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la alfombra gris, rodeada por mi habitual despliegue de guerrilla: la carpeta de anillas abierta, tres bloques de notas adhesivas, mi taza desportillada con el gato con gafas y un arsenal de rotuladores fluorescentes.
En mitad de la mesa de mármol negro descansaban las doce páginas del borrador preliminar que el bufete había preparado para la gala benéfica del Club Náutico.
Doce páginas grapadas en la esquina que olían a tóner recién impreso y a muerte cerebral por aburrimiento.
—Para —le rogué, levantando la mano como un agente de tráfico al borde de un ataque de nervios—. Te lo suplico por lo que más quieras en este mundo, que intuyo que es un depósito a plazo fijo. Detén esa masacre.
Gonzalo se detuvo en seco, girándose sobre los talones con una ceja arqueada y expresión de ultraje procesal.
—Es el bloque de apertura, Marina. Está diseñado para establecer autoridad institucional antes de que Don Aurelio suba al estrado a ratificar el fondo conjunto.
—No establece autoridad institucional, Gonzalo.
Establece un coma inducido en los primeros noventa segundos.
Si sueltas eso delante de cuatrocientas personas con una copa de champán en la mano, Don Aurelio no va a firmar la fusión; va a llamar al servicio de emergencias para que te administren suero intravenoso.
—Don Aurelio aprecia el rigor léxico —replicó él, agitando la cartulina número uno en el aire con indignación contenida—. Es un hombre de negocios tradicional. Espera solidez, no fuegos artificiales.
—Aprecia a los seres humanos, Mendieta. Que parece que se te ha olvidado en el trayecto del ascensor.
Destapé con un chasquido el rotulador amarillo fosforito. Me incliné sobre el mármol, busqué la primera página del documento y tracé una línea gruesa de lado a lado sobre el párrafo introductorio.
Gonzalo dio un paso al frente como si acabara de apuñalar a un familiar cercano.
—¿Qué estás haciendo? Ese texto fue supervisado por el comité de comunicación corporativa esta misma mañana.
—Estoy salvándote de ti mismo. Otra vez.
—Hice crujir el papel al pasarlo a la siguiente página—.
«Eje vertebrador». «Apéndice estatutario».
«Convergencia patrimonial». ¿Te estás escuchando?
Pareces un cajero automático con complejo de grandeza.
¿Dónde demonios has metido al tipo que hace cuarenta minutos me confesaba que el traje del entierro de su padre le hacía sangre en el cuello?
Gonzalo tensó la mandíbula. Un rubor mínimo le subió por las mejillas. Dio dos pasos largos hasta quedar plantado al borde de la mesa, mirándome desde arriba con la rigidez de una estatua ecuestre.
—Aquello fue una conversación privada en un contexto excepcional —dijo, bajando la voz a un registro gélido que vibraba con una tensión eléctrica—.
Esto es la gala benéfica de San Telmo del Norte.
Hay cuarenta y ocho millones de euros en activos pendientes de arbitraje.
No puedo subir a un atril a contar anécdotas de mi infancia como si estuviéramos en una sobremesa de domingo.
—Nadie te pide que llores en el atril, letrado —le espeté, mirándolo de frente—. Te pido que no hables como si fueras un algoritmo diseñado para denegar hipotecas.
Tapé el rotulador. Agarré la cartulina número dos de su pila sobre la mesa, leí dos líneas y solté una carcajada amarga.
—Escucha esto: «La filantropía no es un desembolso a fondo perdido, sino una inversión estratégica en la optimización del tejido social».
—Sostuve el cartón entre dos dedos—. ¿De verdad vas a mirar a los ojos a un hombre de setenta y cinco años que creó una fundación para huérfanos de pescadores y le vas a soltar que sus donaciones son una «optimización del tejido»?
Gonzalo desvió la mirada hacia el ventanal un segundo antes de volver a clavarla en mí. Sus dedos apretaron el fajo de tarjetas con tanta fuerza que los bordes de cartulina se curvaron.
—Es la terminología estándar para eventos de esta envergadura. Evita malentendidos y neutraliza cualquier intento de la prensa financiera de cuestionar la viabilidad del holding.
—Es un escudo de cartón piedra, Gonzalo.
—Me puse de rodillas sobre la alfombra para recortar la distancia entre los dos, apoyando las palmas en el borde del mármol—.
Te da pánico subir ahí y decir algo que nazca de ti, porque si dices algo auténtico y no les gusta, no puedes echarle la culpa al comité de comunicación ni a la junta directiva.
Prefieres sonar como un prospecto farmacéutico antes que arriesgarte a que alguien vea que tienes pulso.
—No tengo que demostrarle nada a nadie sobre mi carácter, Marina —contestó él, dando un paso más hacia la mesa, con aspereza repentina—.
Llevo diez años construyendo la reputación de esta firma sobre la base de la precisión milimétrica.
No voy a dinamitarla ahora porque tú tengas una cruzada personal contra los términos jurídicos.
—¡No es una cruzada contra los términos jurídicos! —exclamé, con la sangre hirviéndome en las sienes al verlo levantar otro muro tras la tregua del coche—. ¡Es una cruzada contra tu cobardía!
La palabra cayó en el ático con el peso de una losa de hormigón.
Gonzalo se quedó completamente inmóvil. Sus ojos grises, que en el viaducto me habían mirado con una desnudez que casi me detuvo el corazón, se estrecharon con frialdad. El silencio del salón solo lo rompía su respiración, acelerada bajo la camisa impecable.
—Retira eso —dijo en un susurro peligrosamente bajo.
—No lo retiro —respondí, poniéndome de pie de un salto y plantándome frente a él, separada únicamente por los sesenta centímetros de la mesa—.
Tienes terror a que Don Aurelio descubra que eres una persona real.
Tienes terror a que tu madre descubra que no eres su clon de hielo.
Y lo peor de todo es que prefieres arruinar el mejor discurso de tu vida antes que admitir que las cincuenta páginas de tu dichoso manual no sirven para nada cuando lo único que importa es la verdad.
Destapé el rotulador amarillo otra vez y, mirándolo directamente a los ojos sin pestañear, tracé una cruz fosforita gigante sobre la cartulina número dos y la dejé caer sobre el mármol.
El impacto sordo del cartón contra la piedra oscura dejó la tinta amarilla brillando como una herida luminosa bajo los focos del techo.
Gonzalo bajó la vista hacia la cruz fosforita, apretó los párpados un instante y, al abrirlos, la frialdad procesal se había evaporado. Quedaba una furia viva que le encendió el cuello y le tensó los tendones de la mandíbula.
Rodeó la mesa con dos zancadas feroces.
—Se acabó —soltó, arrancándome el rotulador de los dedos antes de que pudiera manchar la siguiente ficha—.
Estás saboteando esto deliberadamente. Desde el primer minuto en la cafetería, desde la primera cláusula que mutilaste con tu bolígrafo mordisqueado, no has hecho otra cosa que dinamitar cada estructura que intento construir.
—¡Porque tus estructuras son jaulas de cristal, Gonzalo! —le grité, plantándole cara sin ceder un solo centímetro de moqueta—. ¡Estás intentando venderle a un anciano que eres un robot con corbata para no admitir que te aterra sentir algo!
—¡Estoy intentando cerrar una operación que sostiene los puestos de trabajo de doscientas personas en esta ciudad!
—bramó, invadiendo mi espacio con una vehemencia insólita en él, barriendo con el brazo el resto de las cartulinas preparadas sobre el mármol—.
¡Esto no es tu taller de cartitas lastimeras para novios arrepentidos!
¡No puedes resolver cincuenta millones de euros con una ocurrencia simpática y una carcajada!
Las palabras me golpearon en el estómago como un portazo. Di un paso hacia la mesa, recogí del mármol un puñado entero de fichas numeradas por Julián Soto y las alcé entre nosotros.
—¿Esto es lo que te sostiene? —le espeté, con la voz temblándome por la indignación—. ¿Estas porquerías llenas de «sinergias estratégicas» y «convergencias patrimoniales»? ¿De verdad crees que alguien en esa gala te va a recordar por lo bien que memorizaste los estatutos?
—¡Es lo que esperan de mí!
—¡Es lo que tú crees que esperan porque te da un pánico atroz mostrar quién eres!
Abrí las manos de golpe y lancé el fajo de cartulinas hacia arriba.
Las tarjetas blancas volaron en un abanico desordenado, planeando por el aire del ático antes de caer como una nevada ridícula sobre la alfombra gris, sobre la mesa de mármol y entre nuestros pies. Una de ellas rebotó contra el hombro de su camisa impecable antes de deslizarse al suelo.