Capítulo 11 #3
Un claxon impaciente sonó tres coches más atrás, quebrando la burbuja que se había cerrado sobre nosotros, pero Gonzalo ni siquiera parpadeó.
Siguió mirándome con esa fijeza desarmada, con el primer botón de la camisa desabrochado y la corbata vencida hacia un lado, como si el viaducto entero no fuera más que un decorado irrelevante.
Tenía la réplica perfecta en la punta de la lengua.
Podía haber soltado un chiste sobre los costes procesales del tráfico lento o haberle puntuado la catarsis con una nota de estilo al margen.
Era mi reflejo automático, la trinchera en la que llevaba años parapetada cada vez que alguien se acercaba lo suficiente como para ver las costuras de mi vida.
Pero la mirada de Gonzalo no pedía una pirueta cómica. Pedía una tregua.
Aparté los ojos hacia el salpicadero, donde la luz tenue de los marcadores iluminaba en verde pálido el cuero oscuro.
—Yo también tengo mi propio búnker, ¿sabes? —dije, y mi voz sonó extrañamente desnuda en el habitáculo.
Gonzalo no se movió. Apoyó el antebrazo en la consola central, escuchando con esa atención quirúrgica que solía reservar para los informes periciales, pero desprovista de cualquier asomo de juicio.
—¿El búnker de las rosquillas de anís? —preguntó en un susurro donde apenas asomaba una brizna de sonrisa.
—El búnker del archivo *Disculpas_Pendientes.docx* —maticé, dejando escapar una risa corta que no logró sonar burlona—.
Llevo cuatro años cobrando setenta y cinco euros por escribir las cartas de arrepentimiento de gente que no sabe pedir perdón sin destrozar una vajilla.
Maridos desmemoriados, socios cobardes, hijas que no saben cómo decirle a sus padres que no van a estudiar Derecho...
Me paso el día buscando la palabra exacta, la coma perfecta, la metáfora que tape el agujero antes de que todo salte por los aires.
—Eres endemoniadamente buena haciéndolo —apuntó él, sin apartar los ojos de mi perfil.
—Porque es un truco barato, Gonzalo. —Giré la cabeza para sostenerle la mirada—.
Es facilísimo arreglar los desastres ajenos cuando no te juegas nada.
Cuando escribes la disculpa de otro, eres el mecánico que ajusta los frenos; si el coche se estrella en la siguiente curva, a ti no te duele el golpe.
Me clavé las uñas en la palma de la mano.
—Redacto las palabras de los demás porque me aterra escribir las mías.
Si intento escribir algo propio, algo que de verdad me importe, y resulta ser mediocre...
o si me arriesgo a comprometerme con algo real y fracaso, no tengo a quién echarle la culpa.
Así que me escondo detrás de las pantallas de desconocidos, finjo que el caos es una elección artística y me convenzo de que no necesito a nadie porque soy incapaz de encajar en ninguna parte sin pedir disculpas por adelantado.
El silencio que siguió a mis palabras fue denso, templado por el aire del climatizador y el rumor apagado de los motores sobre el puente. Sobre la bahía, el último resplandor cobrizo se disolvía ya en el agua negra.
Gonzalo extendió la mano derecha despacio.
No fue un movimiento protocolario ni una maniobra calculada para una foto de sociedad. Deslizó los dedos por la superficie de la palanca de cambios hasta cubrir el dorso de mi mano, que descansaba crispada sobre el borde del asiento.
Su piel estaba tibia. Tenía la palma ligeramente áspera por el roce constante de plumas y legajos, pero su agarre fue firme, con una solidez que me detuvo el pulso en seco.
No intentó entrelazar los dedos con urgencia ni forzar una caricia; simplemente dejó reposar su peso sobre el mío, anclándome al cuero del coche como si supiera con precisión matemática cuánto me costaba no salir huyendo.
—No tienes que pedir disculpas por ser quien eres, Marina —dijo, con una voz tan baja y rasposa que me erizó la piel de la nuca—. Y encajas. Maldita sea si no encajas.
El aire en el habitáculo se volvió escaso de pronto.
La distancia entre los dos, que apenas unas horas antes parecía un abismo infranqueable de minutas y distinciones de clase, se había reducido a la temperatura exacta de su mano sobre la mía y a la sombra gris de sus ojos, que me miraban como si fuera la única coordenada inteligible en medio del asfalto.
Un carril entero a nuestra izquierda se puso en movimiento con el murmullo de los neumáticos sobre las juntas metálicas del viaducto.
Delante de nosotros, la furgoneta de pescado avanzó varios metros y el espacio libre quedó abierto hacia la salida que conducía directamente a la avenida de Mirador Faro.
Era la señal para acelerar, para recuperar los minutos perdidos de la agenda de Julián y volver a la rutina de los borradores y las tarjetas de notas.
Gonzalo no retiró la mano.
Mantuvo los dedos cerrados sobre los míos durante dos, tres interminables segundos más; apretó con una intensidad muda que me hizo olvidar la respiración antes de soltarme con una lentitud calculada para meter la primera marcha.
El coche avanzó suavemente hacia el ático, pero el silencio que nos acompañó por la rampa ya no tenía nada que ver con el tráfico ni con el contrato: era el zumbido eléctrico de una línea roja que los dos sabíamos que estábamos a punto de cruzar.