Capítulo 11 #2
Me quedé mirándolo de reojo, calibrando el momento exacto para lanzar la estocada.
Tenía la mandíbula menos apretada y la sombra del cansancio le suavizaba la severidad de los pómulos.
La armadura de socio director estaba abollada y, tratándose de Gonzalo Mendieta, una grieta así no se presentaba dos veces en la misma semana.
—¿Por qué dejas que lo haga? —pregunté, sin preámbulos ni adornos cómicos.
Gonzalo no se giró de inmediato. Clavó los ojos en el retrovisor central y luego en el furgón congelador que seguía plantado a dos metros de nuestro capó.
—¿Que quién haga qué? —contestó, aunque el tono plano delató que sabía a dónde apuntaba mi pregunta.
—Tu madre. Mercedes. —Me acomodé de lado contra el respaldo de cuero para mirarlo de frente—. Dejas que audite tu vida como si fueras un balance contable con riesgo de quiebra. Te habla como si respirar sin su visto bueno fuera una falta grave contra los estatutos de la familia.
Gonzalo soltó un bufido seco, en un intento de recuperar el tono procesal con el que despachaba asuntos menores en las juntas.
—Mi madre tiene una visión muy rigurosa de lo que representa nuestro apellido en San Telmo del Norte. Preservar la reputación de la firma exige una disciplina que no todo el mundo comprende desde fuera.
—No me vendas el folleto corporativo, Gonzalo —le corté en seco, bajando la voz hasta convertirla en un susurro firme—.
He visto cómo te mira. No te mira como a un hijo; te mira como a un deudor que todavía no ha pagado los intereses del último trimestre.
Y tú te pasas el día ajustándote el nudo de la corbata para que no note que eres humano.
Se quedó inmóvil. El músculo de su mandíbula dio un salto breve. Durante varios segundos, el único sonido fue el zumbido sordo del climatizador manteniendo sus veintiún grados artificiales.
Pensé que levantaría el muro habitual, que sacaría a relucir alguna cláusula de confidencialidad o que me ordenaría guardar silencio hasta llegar al peaje.
En lugar de eso, alzó la mano derecha hacia el cuello, se aflojó el nudo de seda con un tirón lento y desabrochó el primer botón de la camisa de hilo.
—Cuando mi padre murió, yo tenía once años —dijo al fin.
Su voz sonó más baja, despojada de cualquier entonación de tribuna, rasposa por una aspereza antigua—.
Murió un martes por la noche en su despacho de la planta sesenta y ocho.
De un infarto masivo sobre una propuesta de arbitraje internacional.
Guardé silencio, conteniendo la respiración para no romper el hilo.
—El jueves por la mañana era el entierro —continuó Gonzalo, con la mirada perdida en las luces del puente—.
Recuerdo que el traje que me compraron a toda prisa me quedaba grande de hombros y que el cuello almidonado me rozaba la piel hasta hacerme sangre.
Yo estaba en el vestíbulo de Los Pinares, llorando porque no encontraba los gemelos que él me había regalado por mi cumpleaños.
Hizo una pausa breve. Se pasó el pulgar por el labio inferior, un tic mínimo que jamás le había visto en el despacho.
—Mi madre bajó las escaleras. Llevaba el velo negro y los guantes puestos.
Se detuvo frente a mí, me limpió una lágrima de la mejilla con un pañuelo de hilo y me dijo: «Un Mendieta no llora en público, Gonzalo.
Si te ven flaquear hoy, los acreedores despedazarán la firma antes de que termine el mes.
A partir de este minuto, no tienes margen de error».
Tragué saliva. La imagen de un niño de once años tieso en un traje prestado bajo la mirada de hielo de Mercedes se me clavó como una astilla en la garganta.
—Y le hiciste caso —murmuré.
Gonzalo dejó escapar una media sonrisa amarga, sin pizca de humor.
—No tenía alternativa. Durante los quince años siguientes, mi vida se convirtió en una tabla de rendimiento.
Cada sobresaliente en la facultad era simplemente lo que correspondía; un notable se consideraba una negligencia inaceptable.
Si llegaba dos minutos tarde a una cena benéfica, me retiraba la palabra durante tres semanas.
Si mostraba la menor duda sobre una decisión jurídica, su desdén era más destructivo que una sentencia en contra.
Apoyó la nuca contra el reposacabezas y miró el techo del coche.
—Aprendí que la única forma de no ser destruido por su desprecio era volverme intachable.
Sin grietas, sin improvisaciones, sin un solo pelo fuera de su sitio.
Si no muestras debilidad, nadie puede exigirte explicaciones.
Pero si bajas la guardia un segundo... si Don Aurelio decide retirar su capital porque me percibe como un fracaso incapaz de sostener una vida ordenada, mi madre se encargará de recordarme que fui el eslabón débil de la cadena.
El silencio volvió a caer sobre el habitáculo, pero ya no era el de dos desconocidos atrapados en un atasco. Pesaba como una verdad sepultada durante años bajo trajes a medida y agendas milimétricas.
Lo miré. El socio director temible de la planta setenta parecía solo un hombre agotado de cargar a la espalda una deuda que él no había contraído.
—Es una estupidez, ¿sabes? —dije con suavidad, rompiendo la penumbra.
Gonzalo ladeó la cabeza hacia mí.
—¿El qué?
—Creer que la perfección te protege de algo —respondí, mirándolo directo a esos ojos grises que por fin habían dejado de esconderse—.
La gente perfecta es insoportable, Gonzalo.
No generan confianza; dan miedo. Don Aurelio no se quedó con nosotros por tus balances impecables ni por el árbol genealógico que te inventó tu madre.
Se quedó porque te vio reírte de un soufflé quemado y porque vio que no eras una máquina.
Gonzalo sostuvo mi mirada durante un instante largo.
Su pecho subía y bajaba a un ritmo acompasado, libre de la rigidez asfixiante de su cuello abrochado.
En sus ojos ya no quedaba rastro del cliente que me había arrojado una servilleta con una cifra en la cafetería; había una calidez incierta, una gratitud muda que me encogió el estómago con una fuerza que no figuraba en ningún contrato.
Delante de nosotros, el furgón de pescado encendió los intermitentes y avanzó apenas dos metros antes de volver a detenerse.
Gonzalo no tocó el acelerador. Se limitó a mirarme en la penumbra dorada del coche, como si el viaducto entero hubiera desaparecido y el atasco de la bahía fuera el único lugar del mundo donde tenía permiso para respirar.