Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 11
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Capítulo 11

Hora punta en el viaducto de la bahía

La hilera de luces rojas de freno se extendía hacia el horizonte como una costura mal cerrada sobre el asfalto del viaducto.

A nuestra izquierda, el sol de las seis y media caía a plomo contra los rascacielos del distrito financiero, convirtiendo las fachadas de vidrio y acero en espejos dorados que te quemaban las retinas si mirabas más de tres segundos seguidos.

A la derecha, la bahía de San Telmo del Norte era una lámina de agua mansa salpicada de veleros que se movían con una lentitud insultante comparada con nuestra inmovilidad.

Llevábamos exactamente veintidós minutos sin avanzar un solo metro.

En el interior del sedán, el climatizador mantenía una temperatura constante de veintiún grados, pero la atmósfera amenazaba con alcanzar el punto de combustión espontánea.

Gonzalo tenía las dos manos aferradas al volante de cuero en la posición reglamentaria de las diez y diez.

Sus nudillos estaban blancos. De vez en cuando, el índice de su mano derecha se despegaba para tamborilear un compás frenético contra el aro negro, marcando los segundos que perdíamos con la precisión de un cronómetro judicial.

—Es una negligencia flagrante de la autoridad portuaria —soltó por cuarta vez, con la voz tan tensa que parecía a punto de partir una cuerda de violonchelo—.

El protocolo de desvío para el carril reversible debió activarse a las diecisiete cuarenta y cinco.

Estamos perdiendo una ventana de trabajo irrecuperable.

—Respira, Mendieta —dije, recostando la cabeza contra el asiento y contemplando el techo solar cerrado—. Si el asfalto decide declararse en huelga de brazos caídos, tus quejas a la concejalía no nos van a hacer levitar.

—Teníamos previsto llegar al ático a las seis y cuarto —continuó, como si no me hubiera oído, clavando los ojos en el maletero del furgón de reparto que teníamos pegado al morro—.

A las seis y media debíamos tener estructurado el bloque introductorio del discurso benéfico, y a las siete y cuarto Julián tenía que recibir el primer borrador para cotejar las menciones estatutarias a la fundación de Don Aurelio.

Ahora son las seis y treinta y dos. Toda la planificación vespertina se ha ido al garete.

—Una auténtica tragedia homérica. Seguro que la prensa económica sacará una edición especial: «El letrado Mendieta no pudo tachar pósits de colores a la hora del té».

Gonzalo giró la cabeza hacia mí con esa mirada de socio director ultrajado que reservaba a los pasantes que olvidaban foliar un sumario.

Llevaba la corbata impecablemente centrada, el cuello de la camisa tan rígido como una muralla romana y la mandíbula apretada con tanta fuerza que me sorprendió que no le crujieran los molares.

—Don Aurelio espera un borrador preliminar mañana por la mañana, Marina. Ese discurso es la pieza angular antes del anuncio de la fusión. No podemos permitirnos improvisar generalidades sentimentales.

—Nadie va a improvisar nada que no hayamos pactado antes, abogado de secano. Pero ahora mismo estamos atrapados entre una furgoneta que transporta pescado congelado y un todoterreno con una pegatina de un delfín. O aceptas tu destino o te vas a provocar una úlcera antes de llegar al peaje.

Un concierto lejano de cláxones resonó sobre la estructura metálica del viaducto, un coro desafinado de trescientos conductores desesperados por llegar a casa.

Gonzalo resopló, cerró los ojos un instante y volvió a tamborilear contra el volante, esta vez con una cadencia que imitaba el código morse de un barco hundiéndose.

Decidí que la supervivencia en ese habitáculo exigía medidas de rescate civil inmediatas. Me incorporé en el asiento de cuero, me giré hacia la ventanilla del copiloto y apoyé los codos sobre el reposabrazos, escaneando el panorama circundante.

A nuestra derecha, en el carril contiguo, un utilitario rojo descolorido vibraba al compás de unos graves ensordecedores.

Dentro, un tipo con gafas de sol oscuras y camisa de flores gesticulaba con pasión frente al espejo retrovisor, señalándose a sí mismo con el pulgar mientras movía los labios a toda velocidad.

—Mira a ese de ahí —dije, señalando discretamente con el mentón.

Gonzalo ni siquiera desvió los ojos de la matrícula delantera.

—No tengo el menor interés en la sociología del transporte interurbano.

—Cállate y atiende, que esto te concierne profesionalmente.

—Aclaré la voz, imposté un tono solemne y teatralmente dolido, y empecé a doblar en directo los aspavientos del conductor de la camisa de flores—: «No, Silvia, te juro por los estatutos de la empresa que la tostadora no explotó sola.

Fue un error de cálculo con el voltaje, como lo nuestro.

Pero si me dejas volver a casa, prometo no intentar arreglar el termo con cinta aislante nunca más».

Gonzalo parpadeó. Sus dedos en el volante redujeron la velocidad del tamborileo una fracción de segundo.

—Ese hombre está claramente hablando por el manos libres sobre un asunto logístico —observó él, con un tono analítico que pretendía ser despectivo pero que ya sonaba derrotado.

—¿Asunto logístico? Por favor. Mírale la ceja izquierda.

Ese hombre ha intentado hacer una reforma de fontanería sin cerrar la llave de paso y ahora está negociando el indulto matrimonial para no dormir en el garaje.

Yo cobro ochenta euros por redactar esa misma disculpa tres veces por semana; reconozco el lenguaje corporal del pánico conyugal a diez metros de distancia.

El conductor del coche rojo se pasó las dos manos por la cabeza con ademán desesperado y luego golpeó el volante con la frente; el gesto confirmó mi teoría con una precisión casi coreografiada.

Gonzalo torció el gesto, reprimiendo una mueca.

—Una hipótesis inadmisible por falta de pruebas testificales —murmuró, aunque sus hombros se relajaron un milímetro.

—¿Inadmisible? Espera, que tengo más material pericial en el carril izquierdo.

Giré el torso hacia el otro lado, pasando por encima de la consola central para mirar por la ventanilla del conductor.

La cercanía me obligó a invadir su espacio; el olor a cedro y a tela limpia de su traje me envolvió de golpe, tibio y familiar, pero me obligué a ignorar la punzada en el estómago y me concentré en el todoterreno negro situado a nuestra altura.

Dentro, una mujer de unos cincuenta años, con un peinado milimétricamente cardado y un traje de chaqueta color crema que gritaba «presidenta de comité de vecinos», sostenía una taza térmica con una mano mientras miraba con absoluto desprecio al conductor que intentaba colarse delante de ella.

—Atento a doña Virtudes —susurré, cambiando a un registro aristocrático y gélido, sospechosamente parecido al de cierta matriarca de Los Pinares—: «Ni lo intentes, conductor de gama media.

Este carril fue asfaltado por el linaje de mi difunto esposo en mil novecientos setenta y cuatro.

Si pones ese intermitente un centímetro más cerca de mi parachoques, desheredaré a tus nietos por vía ejecutiva».

Gonzalo apretó los labios con fuerza. Una pequeña arruga se formó en la comisura de su boca mientras intentaba sostener su máscara de socio director intachable frente al parabrisas.

—Estás difamando a personas inocentes sin base jurídica alguna, Ríos.

—Estoy ejerciendo la hermenéutica aplicada del atasco, Mendieta. Es un servicio gratuito incluido en tu cuota básica. Y no te pongas digno, que a ti te tengo fichado desde el kilómetro tres.

—¿A mí? —giró el rostro hacia mí, con una ceja arqueada. Estábamos a menos de dos palmos de distancia en la penumbra dorada del coche.

—A ti —afirmé con rotundidad, mirándolo fijamente a los ojos grises—.

«Señor agente del carril bus, le ruego admita a trámite esta solicitud de paso preferente.

Mi prometida de alquiler está a punto de comerse otra rosquilla de anís en mi tapicería de napa y si no llego a tiempo a la planta setenta para clasificar mis rotuladores por orden cromático, la economía de libre mercado colapsará antes del jueves».

Gonzalo aguantó la mirada durante tres interminables segundos. Intentó mantener el ceño fruncido, carraspeó para blindar su compostura y apretó los labios en una línea recta que luchaba contra las leyes de la física.

Fue inútil.

Una risa corta e involuntaria se le escapó entre los dientes y rompió el blindaje corporativo de golpe.

El sonido llenó el coche con una ligereza inesperada. Gonzalo sacudió la cabeza, soltó el aire que llevaba retenido en los pulmones y, por primera vez en toda la tarde, despegó la espalda del respaldo tenso para dejarse caer con los hombros flojos contra el cuero.

—Eres incorregible, Marina —dijo en un susurro divertido, mirándome con una chispa brillante en los ojos que nada tenía que ver con las cláusulas de rescisión ni con los balances contables.

—Soy una profesional del alivio de tensiones, letrado —respondí, con el pulso acelerado—. Y ahora que has dejado de parecer un guardia civil de aduanas, podemos esperar a que se mueva la furgoneta del pescado en términos estrictamente civilizados.

Gonzalo bajó la vista hacia sus manos en el volante, ya desprovistas de rigidez, y la sombra de esa risa permaneció flotando entre nosotros mientras el sol terminaba de hundirse tras el viaducto.

Una calma insólita, casi tibia, se asentó en el habitáculo en contraste con la hostilidad del asfalto exterior. A través del parabrisas, los destellos rojos de los frenos empezaban a dibujar una estela nítida sobre el viaducto mientras el cielo sobre la bahía se teñía de añil oscuro.

Gonzalo no volvió a colocar las manos en la posición reglamentaria de las diez y diez. Mantuvo la izquierda apoyada con holgura sobre la parte inferior del volante y dejó caer la derecha junto a la palanca de cambios, con los dedos relajados.

Era la primera vez desde que lo conocía que no parecía un resorte a punto de saltar.