Capítulo 10 #2
—No la neutralizaste, la provocaste —matizó Clara, con un tono que perdió el filo irónico para volverse sobrio—.
Y me parece maravilloso que le cantes las cuarenta a una señora que lleva perlas hasta para dormir.
Pero no te engañes, Marina. Mercedes representa exactamente el mundo al que pertenece Gonzalo.
El mundo donde tú eres una intrusa contratada por horas.
—Sé perfectamente cuál es mi sitio, Clara.
—No, no lo sabes. Porque cada vez que ese tipo te roza el hombro o te mira como si fueras la única persona cuerda en una sala llena de tiburones, se te olvida que hay un acuerdo de confidencialidad de por medio.
Se te olvida que para él esto es una estrategia mercantil para no perder una cuenta de treinta millones de euros.
Las palabras cayeron sobre la mesa como un cubo de agua helada. Quise soltar una réplica ácida, recurrir a alguna de mis metáforas editoriales sobre la distancia profiláctica entre autor y personaje, pero la garganta se me cerró en seco.
La cafetería seguía envuelta en su rutina de primera hora: el vapor siseando en la máquina de espresso, el tintineo de las cucharillas contra la porcelana y el olor a grano recién molido que siempre había sido mi refugio.
Sin embargo, me sentí de pronto a la intemperie, sentada con mis botines gastados y mi sudadera de trabajo frente a una pantalla donde ni siquiera era capaz de redactar una disculpa de setenta y cinco euros.
Clara suspiró, extendió el brazo sobre la mesa y me apretó la muñeca con firmeza, con ese anclaje terrenal que usaba cuando necesitaba sacarme del barro.
—Marina, escúchame bien. Tienes un talento fuera de serie para arreglar los desastres ajenos porque te pasas la vida escondiéndote detrás de las palabras de otros.
Redactas perdones perfectos porque así no tienes que arriesgarte a que nadie te rechace por lo que eres de verdad: un caos andante que no encaja en un salón de recepciones ni aunque le cosan el vestido a medida.
Tragué saliva; el nudo en el pecho apretó un poco más.
—Él tampoco encaja ahí —murmuré, al recordar la confesión rota de Gonzalo en el pantalán oscuro, en mangas de camisa y con el pelo revuelto por el viento.
Clara me sostuvo la mirada con una severidad implacable.
—Él tiene una red de seguridad de siete ceros y un apellido grabado en bronce en la puerta de un rascacielos.
Tú tienes una carta de desahucio en el cajón y un corazón que no sabe perder sin romperse en mil pedazos.
No te permitas olvidar quién eres cuando se apaguen los focos de esa fiesta, porque los contratos de confidencialidad no pagan el psicólogo ni curan las resacas emocionales.
Retiró la mano despacio y se puso de pie, alisándose el mandil negro antes de volverse hacia la barra, donde dos clientes acababan de cruzar la puerta haciendo sonar la campanilla metálica.
Me quedé sola a la mesa, con el café enfriándose frente a mí y la tapa del portátil cerrada a cal y canto.
Apoyé las yemas sobre el aluminio frío, con el peso de la advertencia instalado en la boca del estómago: al terminar las tres semanas, el único rastro que quedaría de mí en la vida de Gonzalo Mendieta sería una factura liquidada y un asiento vacío en su coche.
Deslicé los dedos sobre la superficie helada del portátil y metí la mano en el bolso de tela para sacar el requerimiento del banco.
El papel doblado en tres partes crujió entre mis dedos.
Tenía los bordes gastados de tanto manosearlo, pero las franjas rojas y la cifra de cuatro dígitos en negrita seguían intactas, recordándome con precisión contable cuántos días me quedaban antes de que la comisión judicial cambiara la cerradura de mi piso-taller.
Catorce días. Ni uno más para cubrir el impago acumulado del alquiler y las tasas que amenazaban con clausurar mi espacio de trabajo.
Desdoblé la carta sobre la madera reciclada y alisé el pliegue central junto a la taza de café solo que Clara me había servido, ya completamente fría.
—Profesionalidad —me susurré, clavando los ojos en el membrete de la entidad financiera como si fuera una oración laica—.
Eres una proveedora de servicios externos.
Tienes un cliente que viste trajes de tres mil euros, una socia que te dice las verdades a la cara desde la barra y una deuda pendiente que no se paga con miradas intensas en un pantalán.
Clara tenía razón. Siempre la tenía, aunque admitirlo me costara un conato de úlcera.
Lo que había ocurrido la noche anterior en el Club Náutico no era más que un espejismo con olor a salitre y champán de importación.
Gonzalo Mendieta no me había puesto su americana sobre los hombros por devoción lírica; lo había hecho porque una neumonía de su falsa prometida le habría costado el treinta por ciento de los activos del Grupo Valdés.
Su mano en mi cuello, el calor de su respiración contra mi sien, el temblor mínimo en su voz cuando me confesó que se sentía libre...
Todo formaba parte del mismo decorado de cartón piedra.
En cuanto don Aurelio estampara la firma definitiva en la escritura pública tras la gala benéfica, Gonzalo volvería a su ático aséptico de Mirador Faro a calcular fusiones corporativas y yo volvería a mi rincón de Grano & Tinta a cobrar setenta y cinco euros por redactar cartas de perdón para maridos desmemoriados.
Abrí de nuevo la tapa del portátil. El archivo *Disculpas_Pendientes.docx* seguía allí, con el cursor titilando con insistencia en la esquina superior de la página en blanco.
Coloqué los dedos sobre las teclas. Iba a terminar la disculpa de Ernesto antes de las diez, iba a enviar la factura con su IVA correspondiente y me iba a blindar detrás de cada cláusula del manual de Julián Soto hasta que no quedara ni un resquicio de duda ni de debilidad sentimental.
«Estimado Carlos», tecleé con furia decidida. «En el complejo entramado de nuestras responsabilidades corporativas, a veces cometemos el error de postergar lo verdaderamente esencial...»
El teléfono móvil vibró sobre la madera con un zumbido seco que me hizo dar un respingo y congeló mis dedos en el aire.
La pantalla se iluminó. Esperaba un correo kilométrico de Julián Soto con un anexo en PDF titulado *Protocolo_de_actuación_Gala_v3.pdf* o una confirmación de transferencia de tesorería.
No era Julián.
El remitente era un número directo, registrado bajo el escueto nombre de «Mendieta».
Parpadeé dos veces antes de estirar el índice y abrir la notificación.
No era un documento formal, ni una cita a artículos del código de comercio, ni una directriz de protocolo institucional. Solo había un enlace a un blog de repostería titulado *El secreto del soufflé de chocolate perfecto: tiempos exactos y control térmico*, seguido de una frase escueta:
*«Por si Don Aurelio vuelve a preguntar por el postre. Buen trabajo anoche, socia.»*
Me quedé mirando la pantalla sin pestañear.
Leí el mensaje una vez. Dos veces. Tres veces.
Gonzalo Mendieta —el socio director implacable de la planta setenta que no daba los buenos días sin consultar antes su agenda electrónica, el letrado que calculaba el riesgo de cada vocal antes de pronunciarla— se había tomado la molestia de buscar una receta de postres a las nueve de la mañana solo para rescatar nuestro chiste interno sobre el falso incendio de El Baluarte.
Y me había llamado *socia*.
Un calor repentino y ridículo me subió por el cuello hasta encenderme las mejillas. La armadura de acero que llevaba quince minutos intentando forjar contra el banco, contra los reproches de Clara y contra mi propio sentido común se disolvió como un terrón de azúcar en café hirviendo.
Alcé la vista hacia la barra. Clara estaba de espaldas, retirando los posos y limpiando la tolva del molinillo con un trapo blanco, ajena a todo.
Miré el requerimiento de desalojo con su ultimátum de catorce días, la pantalla del portátil con la disculpa a medio escribir y, por último, el teléfono que aún templaba el hueco de mis manos.
Apreté el móvil contra el pecho, mordiéndome el labio con una sonrisa incontenible.