Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 10
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Capítulo 10

Confidencias con aroma a espresso

El cursor vertical parpadeaba en la esquina superior izquierda del documento en blanco con la insolencia de un semáforo en rojo.

Llevaba exactamente veinticuatro minutos contemplándolo.

En el encabezado de la ventana, el título del archivo —*Disculpas_Pendientes.docx*— parecía burlarse de mí en una tipografía sobria y sin adornos.

Mi cliente de las nueve era un consultor de inversiones llamado Ernesto que había olvidado el quincuagésimo cumpleaños de su socio principal por quedarse cerrando una ronda de financiación; necesitaba una carta de desagravio institucional que sonara a sincera devoción corporativa sin rebajarse a la sumisión servil.

Pan comido. Quince líneas bien medidas, dos referencias al valor incalculable de la lealtad en tiempos de volatilidad bursátil y una sugerencia tácita de reservar mesa en un asador de cinco tenedores. Tarifa estándar: setenta y cinco euros.

Mis dedos, sin embargo, permanecían suspendidos sobre el teclado como diez estatuas de sal.

Cada vez que intentaba articular una sola frase sobre la culpa profesional, la memoria me devolvía un fogonazo sensorial ajeno a balances y auditorías: el peso tibio de la lana de una americana de esmoquin sobre mis hombros, el chasquido del agua contra los pilotes del muelle privado y el roce eléctrico de unos dedos sobre la piel desnuda de la clavícula antes de que la prudencia nos obligara a dar un paso atrás.

Cerré los ojos con fuerza y me froté los párpados. Aún tenía impregnado en la nariz ese olor a madera de cedro, almidón limpio y salitre nocturno.

—Maldita sea, Ríos —me susurré, apoyando la frente contra el borde metálico del portátil—. Concéntrate. Eres una redactora de crisis, no una debutante con palpitaciones.

El vapor de la cafetera industrial de Grano & Tinta rugió a pocos metros con un siseo prolongado que amortiguó el murmullo de los clientes habituales de primera hora.

A través del cristal del local, la luz grisácea de las nueve de la mañana bañaba los adoquines de Puerto Azul.

Todo en la cafetería seguía en su sitio: las mesas de madera reciclada, el zumbido del molinillo triturando grano de tueste natural y el aroma denso a café recién extraído que solía ser mi combustible infalible.

Todo era idéntico al martes pasado, salvo por el pequeño detalle de que mi cabeza se negaba a operar en el mundo real.

Un plato de cerámica blanca aterrizó frente a mi teclado con un golpe seco que me hizo dar un respingo.

Sobre la mesa humeaba una taza ancha de café solo, negro como el asfalto mojado y sin rastro de azúcar.

Alcé la vista. Clara estaba plantada al otro lado de la mesa, con los brazos cruzados sobre el mandil negro salpicado de harina y una ceja arqueada a una altura peligrosa. Sus tatuajes geométricos asomaban bajo las mangas remangadas de la camisa gris mientras me escaneaba con precisión implacable.

—Si sigues perforando la pantalla con la mirada, vas a derretir los píxeles —dijo, sin molestarse en modular el tono por encima del ruido del local—. Llevas media hora sentada ahí y lo único que has escrito ha sido la palabra «Estimado» tres veces. Y las tres las has borrado.

—Estaba... estructurando el marco conceptual de la disculpa —improvisé a la defensiva, enderezando la espalda y colocando las manos sobre el teclado en un simulacro patético de actividad febril—.

Ernesto es un caso complejo. Hay una delgada línea entre la negligencia afectiva y la prioridad financiera. Requiere un tono muy medido.

Clara no pestañeó. Se inclinó sobre la mesa, apoyando los dos nudillos en la madera barnizada, y clavó sus ojos oscuros en los míos.

—Ernesto te importa tres pimientos, Marina. A Ernesto le habrías despachado un párrafo estándar en cuatro minutos y medio mientras te comías una tostada.

—Es un encargo delicado —insistí, sintiendo cómo una molesta calidez me subía por el cuello—. Si la carta falla, su socio podría disolver la firma.

—Lo que está a punto de disolverse es tu cerebro —replicó Clara, señalándome con el dedo índice—.

Mírate. Tienes las ojeras de no haber pegado ojo, llevas veinte minutos tocándote la base del cuello exactamente en el mismo punto donde te rozaba el escote del vestido verde, y cada vez que alguien abre la puerta de la calle miras de reojo esperando ver entrar a un tipo con traje de tres piezas y cara de juez del tribunal supremo.

Tragué saliva, intentando que mi expresión no delatara el impacto directo del dardo.

—Gonzalo no lleva trajes de tres piezas por las mañanas. Usa dos piezas con solapa clásica y corbatas que combinan con el estado del índice bursátil —solté antes de poder frenarme.

Clara suspiró con lentitud teatral y sacudió la cabeza con una mezcla de lástima y sarcasmo puro.

—Acabas de tipificar el vestuario matutino de tu falso prometido con precisión de catálogo comercial. Enhorabuena, Ríos. Has tardado exactamente cinco días en dinamitar tu propia regla de oro.

—No he dinamitado nada —me defendí, bajando la voz al notar que una pareja en la mesa contigua levantaba la vista de sus cruasanes—.

Anoche fue un éxito operativo rotundo. Neutralicé a su madre en la terraza exterior con una corrección sintáctica impecable, don Aurelio Valdés nos invitó a la presidencia de la gala y el Grupo Valdés está a un paso de rubricar la fusión.

Mi contrato está más blindado que nunca.

Julián debe de estar tramitando la adenda del dieciocho por ciento en este mismo instante.

Clara se cruzó de nuevo de brazos, sin dejarse impresionar por mi despliegue de vocabulario mercantil.

—No te he preguntado por el balance del Grupo Valdés ni por los honorarios de desahucio. Te he preguntado qué pasó anoche en ese puerto para que tengas la cara que tienes.

—Tengo mi cara habitual de las nueve de la mañana —mentí, cogiendo la taza caliente con ambas manos para ocultar el leve temblor de los dedos.

—No, bonita. Tu cara habitual de las nueve es de mala hostia concentrada y cinismo preventivo. La cara que tienes ahora mismo es infinitamente más peligrosa.

Clara se inclinó un centímetro más y bajó la voz a un susurro afilado:

—Tienes la cara atontada de quien ha dejado de fingir.

Apreté la taza de café entre las palmas hasta que el calor de la cerámica empezó a quemarme la piel de los dedos.

—No digas idioteces, Clara —solté, apartando la vista hacia los adoquines húmedos de la calle a través del ventanal—.

Mi cara es la de una profesional independiente que acaba de asegurarse el rescate de su estudio por la vía ejecutiva.

Lo que viste anoche en el muelle fue una maniobra de relaciones públicas de manual.

¿Sabes lo que cuesta una hora de asesoría de imagen en San Telmo del Norte?

Gonzalo se ahorró una fortuna y yo me aseguré de que don Aurelio no nos cancelara la póliza antes de los postres.

Clara no se movió ni un milímetro. Arrastró la silla vacía con un chirrido sordo sobre la tarima, se sentó al revés, apoyando los antebrazos tatuados sobre el respaldo, y clavó su mirada oscura en mi portátil.

—Ya. Y por eso estás a punto de perforar la tecla de retroceso con el índice —dijo con una calma aplastante—.

Marina, te conozco desde que compartíamos piso de treinta metros cuadrados y cenábamos fideos instantáneos sobre una caja de cartón.

Sé qué cara pones cuando estás trabajando y sé qué cara pones cuando te estrellas contra un muro de hormigón a doscientos por hora.

—No me estoy estrellando contra nada —repliqué, bajando la voz mientras bajaba de golpe la tapa del portátil para cortar su campo visual—.

Tengo un contrato firmado. Con tres enmiendas manuscritas aprobadas por un socio director de Torre Marítima.

En catorce días, don Aurelio firma la fusión, Gonzalo consigue su despacho blindado y yo cobro la segunda mitad de la transferencia.

Fin del servicio. El banco retira la orden de desalojo, pinto la fachada del taller y aquí no ha pasado nada.

—El dinero está genial, Marina. Te lo dije el primer día y te lo repito ahora: si ese estirado quiere pagarte cinco cifras por pasearte con un vestido verde y enseñarle a sonreír como una persona normal, le sacas hasta el último céntimo de la cuenta de gastos.

—Clara tamborileó los dedos sobre la madera, marcando un compás exasperante—.

Pero no me vendas la moto corporativa. Te vi llegar anoche en el taxi con la americana de su esmoquin doblada sobre el brazo.

La tratabas como si fuera el santo sudario.

Sentí un pinchazo directo en las costillas y me obligué a soltar el aire con lentitud.

—Hacía un frío que pelaba en el pantalán. Me la prestó por pura cortesía logística para evitar que me diera una pulmonía antes de la mesa presidencial.

—Ese hombre no sabe qué significa «cortesía logística» salvo que venga tipificada en el código civil —disparó Clara, inclinándose hacia delante—. Tiene un chófer, un ático donde no cabe una mota de polvo y una madre que te miró anoche como si fueras una mancha de grasa en su cubertería de plata.

El recuerdo de Mercedes de Mendieta en la terraza del Náutico, con su vestido azul noche y su copa inmóvil, me atravesó como un relámpago gélido.

«Los Mendieta hacen lo necesario para asegurar su posición.

En cuanto la firma esté estampada, la liquidará con un cheque generoso y la devolverá a su mundo».

Aparté la taza sobre la mesa con un chasquido seco.

—Mercedes es un problema menor. Ya sé de qué pie cojea la aristocracia del muelle este. Se alimentan de genealogías rancias y de mirar por encima del hombro a cualquiera que no haya heredado una naviera. La neutralicé en dos minutos.