Capítulo 9 #3
Sin decir palabra, se desabrochó el botón del esmoquin y se quitó la americana con un movimiento fluido. Se situó a mi espalda y acomodó el paño oscuro sobre mis hombros.
El tejido retenía el calor exacto de su cuerpo. Pesaba lo justo para cortar el viento y olía a esa mezcla inconfundible de cedro, almidón impecable y brisa nocturna. Apreté las solapas de raso contra el pecho, sintiendo una corriente tibia directa a la columna.
—Gracias —murmuré, con la vista en las luces de Puerto Azul, que vibraban como chispas doradas en la superficie marina.
Gonzalo se apoyó en el poste de amarre a mi lado, en camisa blanca y tirantes oscuros, con la pajarita apenas ladeada. Tenía las manos en los bolsillos y la mirada fija en la bocana, por donde avanzaba un remolcador en penumbra.
—No me des las gracias —dijo, con un tono pausado y sereno que jamás le había oído—. Debería redactarte una carta de agradecimiento en papel membretado.
Giré el rostro hacia él. El perfil afilado de su mandíbula se recortaba contra el muelle, pero las líneas duras que le tensaban la comisura de los labios habían desaparecido.
—Cuidado, Mendieta. La correspondencia oficial devenga honorarios extraordinarios según la adenda de esta mañana.
Una sombra de sonrisa le curvó la boca, pero no alzó el escudo sarcástico de costumbre. Dio un paso hacia mí, recortando la distancia sobre las tablas húmedas.
—Hablo en serio, Marina. Ver cómo toreabas a mi madre...
y cómo has humanizado a Don Aurelio ante todo el consejo.
Llevo quince años viniendo a estos actos.
Quince años memorizando balances, midiendo las carcajadas, vigilando que el nudo de la corbata no estuviera torcido para que nadie cuestionara mi solvencia.
Hizo una pausa. La brisa marina le alborotó el pelo sobre la frente, desbaratando ese peinado quirúrgico que siempre parecía a prueba de desastres.
—Esta noche ha sido la primera vez que no me he sentido como un impostor a punto de ser ejecutado —confesó en un susurro áspero—. Jamás me había sentido tan libre en este club.
La crudeza de sus palabras me desarmó la réplica. No quedaba rastro del socio director implacable de la planta setenta ni del cliente neurótico de la cafetería; solo un hombre que acababa de soltar un lastre inmenso frente al mar y me miraba como si yo fuera su única coordenada fija.
—Gonzalo... —alcancé a decir, pero la voz se me quebró en un hilo.
Él dio otro paso. La distancia entre los dos se redujo a nada.
Sentí el calor que irradiaba su pecho a través de la camisa fina, el ritmo acompasado de su respiración y el gris intenso de sus pupilas, que bajaron despacio de mis ojos a mis labios.
El eco lejano de la fiesta y el rumor del oleaje quedaron sepultados bajo un zumbido sordo que me palpitó en las sienes.
Gonzalo alzó una mano con lentitud. Los nudillos rozaron la solapa de su propia americana, junto a mi clavícula, antes de que las yemas se deslizaran con suavidad eléctrica por la piel desnuda de mi cuello.
El roce me cortó la respiración. El pulso se me disparó tan fuerte que temí que lo notara bajo sus dedos. La necesidad de acortar ese último milímetro, de agarrarlo por los tirantes y hundir la boca en la suya, empujó como una marea a punto de desbordar cualquier dique.
Estaba al borde de mandar al traste cincuenta y dos páginas de directrices, las cláusulas de no vinculación y la realidad que aguardaba al otro lado de la rampa.
«Es un cliente», me gritó la alarma del sentido común. «Tienes una factura pendiente y un cheque de cinco cifras esperándote».
Apreté los dientes, tragué saliva y retrocedí un paso sobre las maderas del pantalán, quebrando el contacto con un movimiento demasiado brusco para disimularlo.
La mano de Gonzalo quedó flotando en el aire una fracción de segundo antes de cerrarse en el vacío y caer junto a su pierna. Parpadeó, desconcertado, mientras la coraza de frialdad y prudencia volvía a recomponerse a trompicones en sus facciones.
Me aferré a las solapas de la americana para enmascarar el temblor de los dedos y solté una risita ligera que sonó hueca contra el viento.
—Será mejor que volvamos antes de que Don Aurelio piense que nos hemos fugado en un balandro sin firmar el acta —dije, desviando los ojos hacia los ventanales de la terraza—. No querrás que tu madre levante un acta por abandono del servicio.
Gonzalo carraspeó, dio un paso atrás y se pasó la mano por la nuca en un gesto automático, blindándose con la rapidez de quien acaba de rozar un cable pelado.
—Sí —contestó con un hilo ronco—. Tienes razón. La mesa presidencial se sienta a las diez y media.
Giró sobre sus talones y emprendió el camino hacia la pasarela con su habitual andar medido y distante.
Me quedé inmóvil en el pantalán, con el pecho encogido por un frío que no traía la brisa marina.
Miré su espalda alejándose bajo los destellos de las balizas, aterrada por lo escandalosamente fácil que me resultaba olvidar que todo aquello —el calor de su abrigo, la complicidad y sus dedos en mi piel— no era más que un servicio profesional pagado por anticipado.