Capítulo 9 #2
—Voy a buscar dos copas limpias —dijo cerca de mi oído, con una voz que todavía arrastraba ese matiz bajo y templado—. No te muevas de aquí; si Carranza te vuelve a acorralar con las tarifas aduaneras, no respondo de mis reflejos.
—Vaya tranquilo, letrado —respondí, recomponiendo el aire con una sonrisa de circunstancias—. Sé defenderme sola de los inspectores de aduanas.
Aproveché su marcha hacia la barra central para alejarme un par de pasos hacia la barandilla de teca que bordeaba la terraza exterior.
El aire del puerto soplaba ahora más fresco, cargado de salitre y del rumor sordo del agua batiendo contra los cascos de los yates amarrados.
Apoyé los antebrazos en la madera barnizada, agradeciendo el frío en la piel tras quince minutos de sonrisas milimétricas y miradas de plomo.
El chasquido seco de unos tacones sobre las tablas me advirtió del peligro antes de darme la vuelta.
—Una representación verdaderamente conmovedora, señorita Ríos.
Mercedes de Mendieta se detuvo a medio metro de mí, recortada contra la barandilla con un vestido azul noche de corte impecable y un collar de perlas de tres vueltas que parecía pesar más que su conciencia.
Sostenía una copa por el tallo, sin balancear el líquido, con esa inmovilidad glacial que reservaba para las ejecuciones públicas.
—Doña Mercedes —saludé, manteniendo la espalda recta junto al mirador—. No la vi en el corro de don Aurelio.
—Aurelio Valdés es un hombre mayor, sentimental y fácilmente impresionable por el folclore periférico —soltó con una cadencia suave, casi melodiosa, que destilaba veneno en cada vocal—.
Le bastan dos chistes de taberna y un poco de descaro para creer que ha encontrado un alma pura en mitad de la dársena.
Pero este club tiene memoria, señorita Ríos.
Y las paredes saben distinguir perfectamente a los miembros de pleno derecho de los adornos de alquiler.
La miré de frente, sosteniéndole la sonrisa protocolaria con la que despachaba a los clientes que pretendían que les devolviera la fianza por una disculpa mal leída.
—El verde esmeralda no desentona con las maderas nobles, si es a eso a lo que se refiere.
Mercedes curvó las comisuras de los labios en un simulacro de piedad aristocrática.
—El vestido es una pieza magnífica. Supongo que con cargo a la cuenta de representación de la firma. Pero la seda, por pesada que sea, no borra la procedencia. No oculta la falta de cuna ni el tono de quien está acostumbrada a regatear facturas en un callejón de Puerto Azul.
Dio un paso lateral, colocándose a mi misma altura frente a la bahía oscurecida, sin mirarme a la cara pero asegurándose de que cada palabra me cayera directa en el oído.
—Gonzalo está desesperado por cerrar este contrato, señorita Ríos.
Es un Mendieta, y los Mendieta hacen lo necesario para asegurar su posición.
Si ha tenido que recurrir a una redactora de encargos menores para maquillar su falta de arraigo ante un anciano chapado a la antigua, aplaudo su sentido del pragmatismo.
Pero no se engañe. En cuanto la firma de los Valdés esté estampada en la escritura pública y la junta lo ratifique como socio director, el telón caerá.
Y un hombre de su estirpe no se casa con una improvisadora sin linaje.
La liquidará con un cheque generoso y la devolverá a su mundo de notas de perdón por encargo antes de que termine el mes.
El viento trajo un acorde lejano de saxofón desde el salón principal.
Me giré despacio hacia ella, apoyando una cadera contra la teca y cruzándome de brazos con la serenidad de quien acaba de detectar la errata garrafal en el último párrafo de un contrato blindado.
—¿Sabe cuál es su verdadero problema, doña Mercedes? —pregunté en un susurro claro, desprovisto de sumisión.
La matriarca parpadeó, sorprendida por la ausencia de rubor o disculpas en mi tono.
—Usted no le teme a mi procedencia —continué, mirándola a los ojos con una fijeza que no concedía un milímetro de tregua—.
Lo que a usted le aterra es que don Aurelio haya visto en diez minutos lo que usted ha sido incapaz de tolerar en treinta años.
Gonzalo es brillante cuando no tiene que pedir permiso para respirar.
Es un líder excepcional cuando deja de fingir que no siente nada para encajar en el molde disecado que usted le fabricó tras la muerte de su padre.
Mercedes endureció la mandíbula; el brillo gélido de sus ojos vaciló bajo las luces ambarinas de la terraza.
—Se está extralimitando de una manera intolerable...
—El valor de Gonzalo no está en su apellido ni en los purasangres que odiaba montar de niño para que usted presumiera en el palco —la interrumpí, con una calma que cortaba como un bisturí—.
Su verdadero valor reside precisamente en todo lo que usted lleva media vida intentando borrarle: en su lealtad, en su capacidad de escuchar y en esa decencia profunda que le impide mentir sin que se le tense la mandíbula.
Si esta noche está deslumbrando a los invitados, no es por el traje a medida ni por su árbol genealógico.
Es porque, por primera vez en su vida, alguien le ha dado espacio para ser él mismo sin amenazarlo con el destierro social.
Mercedes abrió la boca, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. La copa en su mano tembló; el champán rozó el borde dorado mientras buscaba inútilmente en su repertorio de desdenes una fórmula que le permitiera recuperar el control sin levantar la voz en mitad del mirador.
—Marina.
La voz de Gonzalo resonó a mi espalda con un tono limpio, firme.
Apareció junto a nosotras sosteniendo dos copas altas de champán recién servido. Su mirada pasó de la rigidez lívida de su madre a mi postura apoyada en la barandilla, midiendo la distancia entre las dos.
—Madre —dijo Gonzalo, colocándose exactamente a mi lado y ofreciéndome una de las copas con un gesto deliberado—. No sabía que habías salido a la terraza.
Mercedes tragó saliva, recomponiendo su máscara de hielo con una lentitud forzada. Apretó el bolso contra el costado y clavó en su hijo una mirada cargada de reproche y desconcierto.
—Solo le estaba comentando a la señorita Ríos lo... instructivo que resulta observar la bahía desde esta perspectiva —consiguió articular con un hilo de voz tenso—. Los Carranza me están esperando en el vestíbulo para la apertura del salón de baile. Buenas noches.
Dio media vuelta sobre los tacones y se alejó por la teca con un andar rígido, desprovisto por primera vez en la noche de esa cadencia imperial que solía despejar los pasillos a su paso.
Gonzalo siguió la silueta de su madre hasta que desapareció tras las puertas correderas de cristal. Luego bajó la vista hacia mí, con una ceja arqueada y una sombra de asombro cruzándole los ojos grises.
—¿Qué le has dicho? —preguntó en voz baja, acercando su copa a la mía.
Tomé un sorbo pausado de champán, dejando que las burbujas frías cosquillearan en el paladar mientras el viento nocturno me despeinaba el flequillo sobre la frente.
—Solo le he aplicado una pequeña corrección de estilo, letrado —respondí, guiñándole un ojo con una sonrisa ladeada—. Su madre traía un borrador con demasiados adjetivos clasistas y necesitaba una poda urgente.
Gonzalo soltó una risa breve, limpia, sin el menor rastro del carraspeo protocolario que reservaba a los socios de la firma. Dejó su copa en la repisa de latón de la barandilla y me miró ladeando la cabeza, con incredulidad.
—Mi madre no ha recibido una corrección de estilo en toda su vida —dijo en un susurro, mientras el murmullo de la orquesta se colaba por los ventanales abiertos—. Debe de seguir descifrando si la has insultado o le has concedido el indulto.
—Ambas opciones son viables con la sintaxis oportuna —respondí, apurando el último trago de champán—. Es el paquete básico de mediación: seda por fuera, metralla por dentro.
Gonzalo miró de reojo hacia el salón, donde las parejas ocupaban la pista para el vals inaugural y el contrabajo competía con las risas de los directores financieros. Frunció el ceño con un cansancio que ya no se molestó en disimular.
—Dos minutos más aquí y Carranza nos acorrala en su mesa para debatir las enmiendas al reglamento portuario hasta medianoche.
—¿Y cuál es la alternativa procesal, letrado? ¿Tirarnos por la borda?
—Hay una pasarela hacia el pantalán de invitados —señaló con el mentón hacia el extremo este de la terraza, donde una rampa de madera bajaba hacia los atraques privados—. Está cerrado al público durante las recepciones, pero el contramaestre le debe un par de favores al bufete.
No esperó mi visto bueno; me tomó de la mano y me guio lejos de las lámparas de araña. Dejé mi copa vacía junto a la suya sobre la barandilla. Empujó una cancela baja de hierro forjado que cedió sin rechistar y bajamos por los tablones inclinados hacia el muelle flotante.
El estrépito de la gala se apagó de golpe, reemplazado por el chapoteo del agua contra los cascos de fibra y el crujido de los cabos en las cornamusas. La noche sobre la bahía era un manto denso cortado por los destellos verdes y rojos de las balizas.
Caminamos hasta el extremo de la plataforma sobre el agua oscura. El viento sopló desde mar abierto, cargado de una humedad gélida que me erizó la piel del hombro descubierto. Se me escapó un estremecimiento involuntario y pegué los codos al cuerpo.
Gonzalo se detuvo en seco.