Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 9
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Capítulo 9

Alta mar y afecto coreografiado

El sol caía sobre la bahía de San Telmo del Norte como una yema de huevo aplastada contra el horizonte, tiñendo de oro viejo los mármoles y la madera de teca de la terraza del Club Náutico Bahía Alta.

El aire olía a salitre templado, a flores caras y a ese perfume inconfundible del champán recién descorchado para gente que jamás ha tenido que consultar el saldo en un cajero automático.

A través de los ventanales panorámicos que daban a la dársena, un trío de jazz desgranaba acordes perezosos de contrabajo y saxofón. Alrededor, un centenar de trajes a medida y vestidos de pedrería componían el ecosistema más implacable de la ciudad.

Di un paso sobre la moqueta de la entrada, cuidando que el bajo de seda esmeralda no tropezara con los tacones.

—Recuerda el manual —susurró Gonzalo a mi lado, inclinando apenas la cabeza sin perder la compostura marcial—. Saludo cordial, contacto visual de tres segundos, sonrisa contenida y cero referencias a contratos de alquiler o a la patronal de transportes.

—Relájese, letrado —le devolví en un murmullo ladeado—. Usted limítese a no parecer que está calculando el IVA de los canapés y déjeme el encanto a mí.

Gonzalo vestía un esmoquin negro que le sentaba con una precisión ofensiva.

La camisa blanca impecable, los gemelos de plata y la pajarita milimétrica le conferían ese porte aristocrático y distante que solía espantar a pasantes y camareros.

Pero en cuanto cruzamos el arco de acceso y las miradas de los primeros corrillos se volvieron hacia nosotros con un rumor sordo de curiosidad, su mano buscó la mía.

No fue el apretón burocrático de la Torre Marítima. Fue un gesto fluido, casi instintivo, con el que entrelazó sus dedos templados con los míos antes de alzar la barbilla.

—¡Hombre, por fin! —retumbó una voz grave y sonora por encima del contrabajo.

Don Aurelio Valdés emergió de un grupo de caballeros con canas respetables y copas altas.

Vestía un esmoquin cruzado de corte clásico y lucía un pañuelo de seda granate en el bolsillo del pecho.

En cuanto nos vio, su rostro cuadrado y curtido se iluminó con una sonrisa franca que desarmó de golpe la frialdad protocolaria del salón.

Avanzó con los brazos abiertos, ignorando las inclinaciones de cabeza discretas que dictaba la etiqueta local.

—Mendieta, muchacho. Ya pensaba que te habías quedado atrapado en algún balance de resultados —dijo el magnate, estrechándole la mano a Gonzalo con un vigor capaz de descolocarle el hombro, para luego volverse hacia mí con los ojos encendidos de entusiasmo—.

Y Marina. Pero qué barbaridad. Si el verde de ese vestido llega a verse desde la bocana del puerto, encallan los tres cargueros que tengo fondeados en la rada.

—Don Aurelio, me alegra ver que no ha perdido la precisión náutica para las metáforas —respondí, ofreciéndole ambas manos con una inclinación natural, ajena a la rigidez de las damas que nos rodeaban.

El magnate soltó una carcajada limpia que atrajo de inmediato la atención de los círculos adyacentes.

—¡Precisión, dice! La precisión es la que ha tenido Gonzalo para no dejarte escapar. Vengan, tienen que conocer a los socios de la naviera del sur. Estábamos debatiendo el impacto de los nuevos aranceles en el flete, pero este corro necesita urgentemente algo de oxígeno y menos doctrina fiscal.

Nos condujo hacia una mesa alta donde tres directores corporativos con aspecto de haber sido esculpidos en granito nos examinaban por encima de sus copas de cristal.

Eran los pesos pesados del muelle este, hombres acostumbrados a que los abogados les hablaran de rodillas y con el código de comercio abierto por la página de penalizaciones.

—Caballeros —anunció Don Aurelio con tono protector—, ya conocen a Gonzalo Mendieta, nuestro flamante asesor legal para la reestructuración. Y esta joven es Marina Ríos, su prometida y la responsable directa de que este hombre empiece a tener aspecto de ser humano y no de procesador de textos.

Hubo una risa contenida entre los presentes. Un caballero enjuto, con gafas de concha y el pelo rigurosamente engominado, me dedicó una mirada evaluadora.

—Señorita Ríos. Don Aurelio no ha dejado de ponderar su agudeza desde la cena del otro día. Dice que tiene usted una visión muy... particular de la gestión de crisis.

Sentí la mirada de Gonzalo clavada en mi perfil. Sabía exactamente qué temía: que soltara una inconveniencia sobre los honorarios de la alta sociedad o que me pusiera a diseccionar la psicología de sus cuentas bancarias.

Me acomodé el escote asimétrico con un movimiento pausado, dejando que la seda verde captara el último destello del crepúsculo.

—La gestión de crisis no es más que el arte de recordar que todos nos equivocamos de botón de vez en cuando, señor...

—Carranza. Ignacio Carranza —se presentó, inclinando levemente el torso.

—Señor Carranza. La diferencia entre un pleito mercantil de dos años y una copa tranquila al atardecer suele reducirse a saber cuándo pedir disculpas con la dosis justa de humildad y cuándo encargar una bandeja de pasteles —dije con una sonrisa abierta—.

Lo malo es que algunos letrados prefieren presentar trescientas páginas de recursos antes que admitir que se les quemó la cena.

Carranza arqueó las cejas antes de soltar una risita seca que pronto se transformó en una carcajada franca.

—¡Por todos los santos, Mendieta! —exclamó Carranza, dando un trago a su champán—. Tiene toda la razón. Si hubieras visto la memoria que nos envió tu firma el mes pasado para justificar un retraso de cuarenta y ocho horas en las auditorías de Rotterdam... Parecía el tratado de Versalles.

Gonzalo, lejos de tensarse o parapetarse tras el léxico de socio director, deslizó una mirada irónica hacia mí y ladeó la cabeza.

—La señorita Ríos ya se encargó de hacerme notar la redundancia estilística de esa memoria, Ignacio —replicó Gonzalo con una naturalidad tan serena que casi me hizo pestañear—. De hecho, me confiscó tres carpetas de notas para evitar que aburriera a la junta de accionistas.

—Hizo usted un servicio público, Marina —terció otro de los magnates, sumándose a la conversación con evidente complicidad—. Los abogados de San Telmo del Norte tienen la manía de cobrarnos por palabra redactada; cuanto más incomprensible, más cara la minuta.

Durante los siguientes quince minutos, el corro de ejecutivos impenetrables se convirtió en una charla amena donde las anécdotas de bufete, los tropiezos en cenas de gala y las pequeñas miserias del protocolo corporativo fluyeron entre copas y risas.

Me moví en ese terreno con la misma soltura con la que desactivaba discusiones conyugales por teléfono en Grano fue un gesto resuelto que me atrajo con suavidad contra su torso.

La firmeza de su mano traspasó la seda pesada en un contacto limpio e imprevisto.

Noté la solidez de su costado contra el mío, el roce del paño de su esmoquin contra mi hombro desnudo y el compás pausado de su respiración rozándome la sien.

Su pulgar trazó un movimiento lento sobre mi cadera, un vaivén mínimo que no figuraba en ninguna de las cincuenta y dos páginas del manual de Julián Soto.

Alcé la vista despacio.

Gonzalo no estaba mirando a los inversores ni calculando la aprobación de Don Aurelio. Me miraba a mí. Sus ojos grises brillaban bajo la luz ambarina de las lámparas de araña exteriores con una fijeza tan limpia y desarmada que se me secó la boca al instante.

El rumor del saxofón, las risas de los ejecutivos y el tintineo de las copas parecieron alejarse, amortiguados por un zumbido sordo que me retumbó en las sienes.

El pulso se me desbocó contra las costillas, latiendo directo bajo la presión de su mano, que en lugar de aflojarse se cerró un milímetro más, sujetándome con una seguridad aplastante.

—Formamos un equipo formidable, ¿verdad, cariño? —dijo él, y la palabra, pronunciada con una gravedad íntima que arrastró cada letra, no sonó a farsa ni a cláusula contractual.

—El mejor del puerto, Mendieta —susurré, intentando sostenerle el desafío con una sonrisa, pero la voz me tembló apenas una fracción de segundo.

Don Aurelio alzó su copa hacia nosotros con un gesto cómplice que bendecía la escena.

—Por el nuevo rumbo, muchachos. Por los que se atreven a navegar sin miedo a salpicarse.

Chocamos el cristal fino, mientras los dedos de Gonzalo continuaban firmes sobre mi cintura, borrando cualquier frontera entre la farsa pactada y la corriente real que amenazaba con arrastrarnos mar adentro.

El tintineo de las copas selló la tregua con los navieros y don Aurelio se dejó arrastrar de nuevo hacia el corro de Carranza, tras despedirse con una palmada enérgica en el hombro de Gonzalo.

La presión de los dedos de Gonzalo en mi cintura tardó un par de segundos en disolverse, como si a su mano le costara despegarse de la seda verde.