Capítulo 8 #3
Sentí el roce inicial antes de que pudiera prepararme. Sus dedos buscaron la pequeña pieza de metal en la base de la abertura, pero el frío de sus yemas resbaló sobre la piel desnuda de mi columna vertebral.
Un escalofrío me recorrió la espalda desde la cintura hasta la nuca. Apreté los labios para no soltar un suspiro absurdo.
Gonzalo retiró la mano como si el contacto le hubiera quemado.
—Perdona —dijo con torpeza, y la palabra sonó tan áspera y desarmada que se me encogió el estómago.
—Tranquilo, Mendieta. No muerdo salvo que intenten ponerme hombreras.
—La tela es demasiado fina —se justificó en un susurro tenso, volviendo a acercar los dedos—. El forro interior se ha doblado sobre el carril.
Esta vez no dudó, pero su pulso distaba mucho de la precisión quirúrgica que exhibía al rubricar contratos mercantiles.
Sus nudillos rozaron la curva de mis costillas mientras sostenía la seda verde con la mano izquierda para tensar la costura.
Con la derecha, intentó deslizar el cursor hacia arriba.
La cremallera subió tres centímetros con un chasquido diminuto y se trabó en seco.
—Maldita sea —masculló él, inclinándose un poco más sobre mi hombro.
Su cercanía se volvió abrumadora. El calor de su pecho casi rozaba la tela de mi espalda, y cuando exhaló, el aire tibio de su respiración me acarició la piel descubierta junto a la clavícula.
En el espejo de tres cuerpos, sus ojos grises estaban fijos en el mecanismo rebelde, con el ceño fruncido en una concentración que intentaba a toda costa ignorar el cuerpo que tenía a escasos milímetros.
—Si rompe el vestido, letrado, la cláusula de indemnización se triplica —solté con un hilo de voz que pretendía sonar desafiante, pero que me salió demasiado bajo.
—Si me dejaras trabajar sin comentarios editoriales, habríamos terminado hace un minuto —replicó, aunque el sarcasmo carecía de su habitual filo defensivo.
Gonzalo apoyó con suavidad la palma izquierda contra mi costado, justo por encima de la cadera, para inmovilizar el tejido.
El calor de su mano atravesó la seda como un fogonazo. Se me cortó la respiración. Sentí mis propios latidos retumbando contra las costillas, tan fuertes que me pareció imposible que él no los notara a través de la palma abierta.
—Aguanta el aire —pidió con un tono ronco.
Obedecí sin pensar. Gonzalo tiró de la cremallera con un movimiento firme, ladeando el cierre para sortear el pliegue del forro. El riel cedió al fin y se deslizó con un susurro continuo hacia arriba hasta encajar en el pequeño corchete de seguridad bajo el nacimiento del cuello.
El vestido quedó cerrado. Impecable. Amoldado a mi cuerpo como una segunda piel.
Pero Gonzalo no se apartó.
Su mano izquierda continuó apoyada en mi costado un segundo más. Luego levantó ambas manos con lentitud y las posó sobre la curva desnuda de mis hombros.
Fue un contacto deliberado que me obligó a alzar la vista hacia el espejo dorado.
Nuestras miradas se encontraron en el centro del cristal.
La frialdad del abogado corporativo había desaparecido por completo.
En sus ojos ardía una chispa densa que no admitía interpretaciones jurídicas ni se escondía tras ningún manual de contingencias.
Gonzalo me sostenía la mirada con fijeza absoluta, respirando al mismo compás entrecortado que yo, con los labios entreabiertos a escasos centímetros de mi oído.
El silencio entre los dos se volvió denso y eléctrico.
Ya no había rastro de la farsa ante don Aurelio, ni del té con Mercedes, ni de los honorarios que salvarían mi estudio de la quiebra.
Solo estábamos él y yo en una tarima de madera noble, atrapados en un reflejo donde cualquier mentira resultaba ridícula.
Gonzalo movió apenas los dedos sobre mi piel, rozando con el pulgar la línea de mi clavícula.
Un carraspeo discreto al otro lado de la cortina de terciopelo cortó el aire.
—¿Todo en orden con la pieza, señor Mendieta? —preguntó la voz de Berenice desde el pasillo.
El hechizo se rompió al instante.
Gonzalo retiró las manos, dio un paso atrás y bajó de la tarima con un movimiento rápido que traicionó toda su rigidez habitual. Se llevó dos dedos a la corbata para apretarse el nudo en un gesto reflejo, mientras una sombra de rubor le teñía las mejillas.
Tragué saliva y obligué a mis pulmones a admitir aire mientras me alisaba la falda esmeralda.
—Todo en orden, Berenice —dije hacia la cortina, procurando que la voz no me temblara—. El corte al bies ha superado la prueba pericial.
Gonzalo carraspeó, clavando la mirada en el suelo alfombrado mientras buscaba su teléfono móvil sobre la butaca.
—Nos... nos llevamos este —anunció en dirección a la tela gruesa, forzando un tono solemne—. Prepare la factura a nombre de la firma.
Me quedé quieta frente al espejo, observando cómo Gonzalo evitaba volver a cruzar su mirada con la mía, consciente de que el verdadero peligro no residía en el escrutinio que nos esperaba en el Club Náutico, sino en la certeza de que, si seguíamos jugando a tocarnos de esa manera, perderíamos el control mucho antes de que sonara el brindis final.