Capítulo 8 #2
—Levante la vista de ese correo de Zúrich, letrado —solté, plantándome en el centro de la tarima frente a los espejos dorados—. O empiece a preparar una provisión de fondos para indemnizar mi orgullo.
Gonzalo alzó la cabeza con un gesto mecánico, dispuesto a soltar la siguiente objeción de su repertorio.
La réplica se le murió en los labios.
Los dedos se le congelaron sobre la pantalla iluminada.
Sus ojos grises, siempre alertas y calculadores, se abrieron con una fijeza absoluta que recorrió despacio la caída verde de la tela, subió por el drapeado de la cintura, se detuvo una fracción de segundo en la línea limpia de mi hombro descubierto y se clavó en mi mirada con una intensidad tan cruda que el aire del salón pareció vaciarse de golpe.
El teléfono resbaló apenas un milímetro entre sus dedos antes de que la pantalla se apagara por inactividad, dejándolo a oscuras.
Gonzalo no parpadeó. La rigidez marcial de sus hombros se desmoronó; entreabrió la boca como si intentara buscar un contraargumento en algún código civil imaginario, pero su mandíbula se negó a obedecerle.
Había una vulnerabilidad tan desarmada en su expresión, un asombro tan genuino, que el calor me subió de golpe por el cuello hasta encenderme las mejillas.
Apreté los dedos disimuladamente contra la tela para no delatar el vuelco que acababa de darme el pulso.
—¿Y bien? —pregunté, forzando una media sonrisa burlona para dinamitar el silencio antes de que se volviera demasiado denso—. ¿Incurre el hombro derecho en alguna infracción grave según los estatutos de Mendieta y Asociados, o redactamos una cláusula de excepción por motivos de alta costura?
Gonzalo tragó saliva. Su nuez se movió con lentitud sobre el cuello de la camisa blanca y sus pestañas temblaron, como si acabara de recordar que estábamos en un probador privado de la avenida de las Palmeras y no en medio de un naufragio.
—Marina... —pronunció en un susurro ronco, tan bajo que apenas compitió con el zumbido del aire acondicionado.
Dejó el móvil sobre el reposabrazos de la butaca y se puso de pie despacio. Dio un paso hacia la tarima, sin apartar los ojos de los míos, con una torpeza inédita en un hombre que medía cada uno de sus movimientos con escuadra y cartabón.
—Espero que ese balbuceo signifique que Berenice puede guardar el gris marengo en el baúl de las suspensiones de pagos —aadí, intentando sostenerle el desafío dialéctico, pero la ironía se me quedó hueca en la garganta.
La distancia entre los dos se redujo a menos de un metro.
Gonzalo se detuvo al borde de la tarima de madera noble; la luz cenital le recortaba los pómulos afilados y en sus pupilas no quedaba ni rastro del abogado escéptico que me había ofrecido un cheque sobre una servilleta de papel.
Había un brillo implacable en su mirada que borró de un plumazo todas mis ganas de seguir bromeando.
—Estás... —empezó él, y la voz se le quebró levemente antes de recomponerla con un hilo de firmeza contenida—. Es perfecto, Marina.
El halago, despojado de cualquier tecnicismo o sarcasmo corporativo, me golpeó directo en el pecho con más fuerza que cualquier cláusula de penalización.
Desvié los ojos hacia el espejo de tres cuerpos para esquivar la corriente que amenazaba con paralizarme las piernas.
En el reflejo, la estampa de los dos juntos —él con su traje oscuro impecable y la corbata ligeramente aflojada, yo envuelta en una marea de seda esmeralda— ya no parecía una farsa negociada a contrarreloj para retener a un magnate naviero.
Parecía peligrosamente real.
—Pues tenemos un problema técnico, socio —dije, girándome de espaldas al espejo para disimular la aceleración de mi respiración y señalándome el omóplato con el pulgar—. La audacia del diseñador llega hasta aquí, pero mis brazos no alcanzan para cerrar los últimos diez centímetros de cremallera.
Gonzalo no se movió de inmediato. Durante dos segundos que se me hicieron eternos frente al cristal, solo escuché el rumor lejano de los coches en la avenida y el silbido tenue del climatizador.
—Podemos llamar a Berenice —dijo él, aunque su voz sonó apagada, desprovista de esa autoridad marcial con la que despachaba a pasantes y directores financieros.
—Berenice está esperando detrás de las cortinas con una libreta de agravios y unas ganas locas de embutirme en el gris marengo —repliqué por encima del hombro, manteniendo la barbilla alzada—.
Si le pedimos auxilio para una cremallera, nos redactará un informe de incompetencia estética antes de que salgamos a la calle.
Es una simple corredera metálica, letrado.
Supongo que un socio director con matrícula de honor sabe cómo funciona la física básica.
Un chasquido suave sobre la madera marcó su avance. Gonzalo subió el único peldaño de la tarima.
Se colocó justo detrás de mí. La diferencia de estatura se hizo evidente de golpe en el reflejo: su pecho quedaba a la altura de mis omóplatos, y la sombra de sus hombros cubrió casi por completo la luz cenital que caía sobre mi espalda descubierta.
Olía a cedro, a papel recién impreso y a ese aroma limpio que parecía acompañarlo a todas partes, templado ahora por una respiración mucho más rápida que de costumbre.
—No te muevas —murmuró.