Capítulo 8
Cómo sobrevivir a un vestido de alta sociedad
El taller de alta costura ocupaba un palacete restaurado en la avenida de las Palmeras, donde las aceras estaban tan limpias que casi daba cargo de conciencia pisarlas y los escaparates no exhibían precios para no importunar la vista de los millonarios.
Un timbre sordo anunció nuestra entrada. La puerta de cristal templado se cerró a nuestra espalda, aislando el rumor del tráfico de las seis y media y sumergiéndonos en una atmósfera de moqueta espesa, iluminación cenital calculada al lumen y un sutil perfume a madera de cedro y exclusividad.
El local estaba desierto. Julián había cumplido su parte: el cartel de «Cerrado por cita privada» colgaba del picaporte de latón.
Dos dependientas con trajes de chaqueta negros y peinados tirantes nos salieron al paso con una sincronía milimétrica. Una de ellas, alta, con gafas de montura invisible y expresión de cirujana estética, dedicó a Gonzalo una inclinación de cabeza protocolaria antes de posar sus ojos en mí.
Su mirada descendió en una milésima de segundo desde el cuello de mi cazadora vaquera hasta la puntera rozada de mis botines negros. Calculó al céntimo el valor de mi fondo de armario y dictaminó que mi solvencia apenas alcanzaba para el abono de transporte.
—Señor Mendieta, un honor tenerlo de nuevo en la casa —dijo con un acento neutro de locución suiza—. El señor Soto nos avisó con la ficha de medidas aproximadas. Tenemos una selección preliminar lista en el salón principal.
—Gracias, Berenice —respondió Gonzalo, recuperando el tono impecable de socio director—. Necesitamos una pieza para la gala benéfica de la patronal en el Club Náutico. Algo adecuado para la copresidencia del comité de honor.
—Por supuesto. Distinción, contención y presencia institucional —recitó Berenice, como si leyera el prospecto de un sedante de lujo.
Nos condujo hacia una rotonda tapizada en terciopelo gris perla, presidida por tres espejos de cuerpo entero con marcos dorados y un perchero móvil donde colgaban seis fundas de tela protectora.
Gonzalo tomó asiento en una butaca de diseño sin apoyar del todo la espalda, cruzó una pierna y me señaló el perchero con un movimiento de barbilla.
—Veamos qué hay.
Berenice descorrió la primera cremallera con la solemnidad de quien desentierra un códice medieval. Apareció un vestido de crepé de lana gris marengo, con cuello a la caja, manga francesa y una falda recta que no prometía conceder ni un centímetro de tregua a las rodillas.
Entrecerré los ojos.
—Dígame la verdad, Berenice —solté, acercándome al tejido y rozándolo con dos dedos—. ¿Esto es un vestido de noche o el forro interior de una carpeta de suspensiones de pagos?
La dependienta parpadeó, desconcertada, antes de recomponer su máscara de hielo.
—Es una pieza de sastrería pura en lana fría, señorita. Corte arquitectónico.
—Es un uniforme de registradora de la propiedad en un lunes de auditoría —repliqué, girándome hacia Gonzalo—. Si me planto en el Náutico con esto, don Aurelio no me va a invitar a una copa; me va a entregar el balance de pérdidas y ganancias para que se lo coteje antes de la cena.
Gonzalo arrugó el entrecejo, examinando la prenda con gravedad procesal.
—Es un diseño sobrio, Marina. Transmite solvencia, rigor y respeto por la institución. No vamos a un festival de música independiente; vamos a presidir una mesa con los mayores accionistas del sector naviero.
—Transmitir solvencia no significa vestirme de hormigón armado, letrado —rebatí, plantándome frente a él con las manos en los bolsillos de la cazadora—.
Además, le recuerdo que la cláusula tercera rubricada en su despacho me otorga derecho de veto estético innegociable.
Si piensa meterme en un bloque de cemento gris, prepárese para pagar el recargo por daño moral.
Berenice miró a Gonzalo como si esperara una señal para llamar a seguridad, pero él solo suspiró, frotándose el puente de la nariz.
—Muestre la siguiente opción, por favor.
La segunda funda reveló un vestido de satén negro, recto, de cuello alto y con hombreras estructuradas. La tercera, un modelo azul marino tan oscuro que absorbía la luz del salón como un agujero negro corporativo.
—Gris ceniza, negro fúnebre y azul ministerio de Hacienda —resumí, cruzándome de brazos—. ¿Su paleta cromática se diseñó durante una huelga de pintores, Gonzalo? ¿Tiene usted alergia diagnosticada a cualquier longitud de onda superior a los cuatrocientos nanómetros?
—El protocolo de gala exige discreción —insistió Gonzalo, enderezándose en la butaca—. El foco de la noche debe estar en el anuncio de don Aurelio, no en un despliegue estridente que desvíe la atención de los inversores.
—Don Aurelio compró nuestra historia porque vio a una pareja con sangre en las venas, no a dos estatuas de sal —le recordé, bajando la voz al acercarme a su butaca para que las dependientas no captaran el tono—.
Si aparezco vestida como su secretaria de actas, su madre se va a pasar la noche sonriendo con suficiencia desde su mesa porque sabrá que ha conseguido aplastarme bajo su molde. ¿Es eso lo que quiere?
Gonzalo apretó la mandíbula. Sostuvo mi mirada en silencio durante un segundo interminable.
—No —admitió entre dientes—. Pero tampoco podemos presentarnos allí como los teloneros de un circo.
—Confíe en mí, Mendieta. Redacto disculpas para salvar matrimonios; sé exactamente qué mensaje transmite cada costura.
Me di la vuelta ignorando los gestos de desaprobación de Berenice y me dirigí con paso firme hacia los percheros del fondo de la boutique, donde las fundas no eran grises sino de tafetán blanco y dejaban entrever los bajos de telas que no parecían concebidas en un seminario de derecho mercantil.
—Señorita, esa sección corresponde a la colección privada de pasarela... —intentó advertirme la dependienta, siguiéndome con andares rígidos.
—Deje que mire —la cortó la voz de Gonzalo a mi espalda, con la autoridad seca del socio director que no tolera objeciones a su cuenta de gastos—. Tiene derecho de veto. Y de elección.
Sonreí para mis adentros mientras apartaba perchas con un chasquido metálico continuo. Había gasas pálidas demasiado lánguidas, pedrerías recargadas que pesaban una tonelada y encajes que olían a boda de provincias, hasta que mis dedos tropezaron con una textura distinta.
Seda pesada. Con una caída líquida al tacto.
Tiré de la percha hacia fuera.
La tela se desplegó en el aire con un brillo denso y profundo.
Era un vestido de fiesta en verde esmeralda, de un tono tan intenso y limpio que parecía cortar la luz del atelier.
Tenía un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto, una cintura ceñida con un drapeado sutil y una falda que prometía abrirse con cada paso sin perder un milímetro de elegancia.
Nada de rigidez burocrática; pura audacia cortada al bies.
Me volví hacia la rotonda sosteniendo la percha contra mi cuerpo.
—Este —dije.
Gonzalo se quedó mirando la seda verde. Sus ojos recorrieron la tela despacio, desde el hombro asimétrico hasta la caída que casi rozaba la moqueta, y su expresión se congeló.
—Marina... —empezó, pero la palabra se le quedó atascada en la garganta.
—¿Qué pasa, letrado? —solté con una ceja alzada y una media sonrisa que no admitía marcha atrás—. ¿Le da miedo que el verde esmeralda no combine con el membrete de su bufete?
Gonzalo carraspeó, desvió la vista hacia el espejo dorado y se ajustó el puño de la camisa con una lentitud meticulosa.
—Pruébatelo —dijo con voz ligeramente más grave de lo habitual—. Veamos si la audacia sobrevive al probador.
—Prepare la tarjeta, Mendieta —le advertí, guiñándole un ojo antes de seguir a una estupefacta Berenice hacia las cortinas de terciopelo—. Esta noche su cuenta de representación va a aprender lo que significa tener estilo.
Berenice corrió la cortina de terciopelo grueso con un golpe seco que me dejó a solas frente a un espejo iluminado por bombillas cálidas.
Dejar la cazadora vaquera y los botines sobre la moqueta gris fue como despojarme de mi armadura cotidiana. El vestido aguardaba sobre una percha de raso blanco, con ese olor neutro y frío de las prendas que jamás han conocido el trajín de un autobús en hora punta ni una mancha de café con leche.
Deslicé la seda esmeralda por mi cuerpo.
El tejido cayó sobre mi piel como una corriente de agua templada, pesada y fluida a la vez.
El corte al bies se amoldó a mi cintura sin oprimirla, dibujando una línea limpia que se abría en una caída impecable hasta rozar el suelo.
El escote asimétrico dejaba al descubierto mi hombro derecho y la curva de la clavícula, compensando la audacia del diseño con una sobriedad rotunda que no necesitaba hombreras ni artificios para imponerse.
Me miré en el cristal. No parecía una redactora de disculpas con una orden de desalojo doblada en el bolso, ni una farsante contratada por horas; parecía exactamente la mujer que don Aurelio Valdés esperaba encontrar presidiendo una mesa de honor.
Enganché la cremallera trasera con la mano izquierda y la subí hasta donde me alcanzó el brazo, dejando el último tramo a medio cerrar bajo el omóplato, y respiré hondo antes de apartar la cortina con un movimiento decidido.
El chasquido metálico de las anillas al deslizarse por la barra resonó en la rotonda.
Gonzalo seguía sentado en la butaca de terciopelo. Tenía los codos apoyados en los muslos y la cabeza inclinada sobre la pantalla del móvil, tecleando a velocidad quirúrgica con los pulgares mientras fruncía el entrecejo con su habitual gravedad de socio director en plena crisis procesal.
—Si no tiene un largo reglamentario de al menos tres centímetros bajo la rodilla, no pienso firmar la factura de vestuario —dijo sin levantar la vista, con el tono monocorde de quien dicta una providencia judicial—. Y Berenice tendrá que buscar una alternativa en azul marino antes de las siete.
Di dos pasos sobre la moqueta, dejando que la falda de seda ondulara con un leve susurro.