Capítulo 7 #3
La voz no le tembló. No sonó como el susurro acobardado del coche ni como la defensa burocrática del despacho; salió limpia, grave, con una firmeza que resonó contra los cristales del jardín de invierno.
Mercedes detuvo la mano en el aire. Sus cejas se arquearon apenas una fracción de milímetro.
—¿Disculpa?
—Odiaba la hípica —repitió él, sosteniéndole la mirada sin pestañear—.
Me salían sarpullidos en los brazos cada vez que me obligabas a ponerme las botas de cuero para las fotos del anuario del club.
Pasé cuatro veranos seguidos encerrado en el baño antes de cada concurso de salto infantil, mareado de pura ansiedad, solo para que tú pudieras sentarte en el palco de la tribuna con las señoras del patronato a fingir que teníamos una vida idílica después de que papá muriera.
El silencio que siguió fue tan denso que pareció absorber la luz del salón. La doncella que aguardaba junto a la puerta del servicio dio un paso atrás, como si temiera quedar atrapada en la onda expansiva.
Mercedes entrecerró los ojos y endureció las comisuras de la boca.
—Gonzalo, no toleraré escenas de mal gusto en esta mesa.
—No es una escena, madre. Es la verdad —continuó él, con una serenidad implacable—.
Marina no sabe nada de Vendaval porque jamás le he hablado de ese caballo.
Sabe que prefiero caminar por los muelles viejos antes que pisar un club de campo.
Sabe que no soporto el silencio fingido durante las cenas.
Y sabe exactamente cuándo el nudo de la corbata me está asfixiando porque me mira a mí, no a la proyección intachable que llevas treinta años empeñada en construir para este apellido.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, Gonzalo estiró el brazo sobre el tapete de lino.
Deslizó su mano sobre la mía y envolvió mis dedos con un calor firme, deliberado.
No fue el contacto ensayado en su ático ni la presión clandestina bajo el mantel con don Aurelio; entrelazó sus dedos con los míos sin vacilar, y sentí un vuelco violento en el centro del pecho.
Mi pulso se disparó contra su palma, latiendo a un ritmo imposible de ocultar bajo la piel.
Mercedes clavó la vista en nuestras manos unidas. La taza en su platillo emitió un chasquido seco cuando la soltó.
—Veo que has tomado una posición —dijo la matriarca, con una voz gélida que intentaba enmascarar el desconcierto—.
Espero, por el bien de la firma y de la reputación que aún te queda en esta ciudad, que esa lealtad resista el escrutinio de la gala del viernes.
Don Aurelio Valdés no tolera las imposturas, Gonzalo.
Y los socios de la patronal, mucho menos.
—Don Aurelio sabe valorar a las personas reales, madre —replicó Gonzalo; se puso de pie con un movimiento fluido y tiró con suavidad de mi mano para invitarme a levantarme con él—. Y nosotros tenemos una reunión preparatoria que atender en el centro. Gracias por el té.
Mercedes no se levantó. Permaneció inmóvil en su sillón de damasco, con la espalda rígida como una columna de mármol y las manos cruzadas sobre el regazo, observándonos cruzar el salón con la mirada afilada de quien acaba de perder una escaramuza pero se reserva la artillería pesada para el acto principal.
—Nos veremos en el Náutico, señorita Ríos —dejó caer a mi espalda, arrastrando cada sílaba con veneno cortesano—. Veremos si la solidez de su discurso sobrevive a un salón de cuatrocientos invitados.
—Llevaré mis mejores metáforas, doña Mercedes —respondí sin girarme, manteniendo el mentón alto.
Cruzamos el vestíbulo bajo las molduras silenciosas y dejamos atrás la pesada puerta de roble. La brisa de la tarde nos golpeó en la escalinata exterior con una ráfaga limpia de aire húmedo que olía a resina de pino y a tierra mojada.
Descendimos los peldaños de piedra hacia el sedán sin soltarnos de la mano.
El crujido de la grava marcaba el compás acelerado de mis pasos, mientras intentaba asimilar el calor de los dedos de Gonzalo, que seguían apretando los míos con una firmeza que no figuraba en ninguna cláusula de mi contrato.
Al llegar junto a la puerta del copiloto, Gonzalo se detuvo.
Me soltó la mano despacio, como si el contacto le quemara de pronto o recordara que estábamos a cielo abierto, expuestos a las ventanas de la villa.
Se pasó los dedos por el pelo, desordenándose el flequillo sin preocuparse por la raya milimétrica, y me miró con una intensidad desarmada en sus pupilas grises.
—¿Estás bien? —preguntó en voz baja, con la respiración entrecortada.
Solté el aire en una risotada incrédula que me sirvió para aflojar el nudo de adrenalina que me apretaba la garganta.
—¿Que si estoy bien? —repetí, apoyando la espalda contra la chapa del coche y mirándolo de arriba abajo—.
Letrado, le acaba de cantar las cuarenta a la mujer más intimidante de San Telmo del Norte utilizando mi teoría del calzado apretado.
Estoy a punto de pedirle que me redacte una carta de recomendación profesional.
Una sombra de sonrisa, cansada pero genuina, asomó a la comisura de sus labios.
—Te advertí que no toleraría que te humillara.
—Lo que no me advirtió fue que sabía improvisar como un profesional —dije, ladeando la cabeza mientras le sostenía la mirada—. Ha sido... brillante, Mendieta. Casi parecía que sentía cada palabra.
Gonzalo me sostuvo los ojos durante tres segundos enteros. El viento agitó las solapas abiertas de su americana y la distancia entre los dos se redujo a ese medio metro eléctrico donde cualquier broma empezaba a sonar a excusa barata.
—No estaba improvisando, Marina —murmuró, con una aspereza que me erizó la piel de los brazos.
Tragué saliva, incapaz de encontrar una réplica rápida en mi catálogo habitual de cinismos de emergencia. El silencio flotó entre nosotros sobre la grava, cargado de una verdad tácita que ninguno se atrevía a poner por escrito.
Gonzalo desvió la vista hacia el salpicadero del coche, carraspeó con sequedad y abrió la puerta del copiloto para mí, recuperando a trompicones su compostura corporativa.
—Sube —dijo, señalando el interior de cuero—. Julián nos tiene reservada una cita en el taller de alta costura a las seis y media. Si mi madre piensa inspeccionarnos en el Náutico, vamos a necesitar que tu vestuario esté a la altura de una copresidenta de gala.
Me subí al asiento conteniendo una sonrisa desafiante mientras el motor despertaba bajo el capó.
—Prepárese, letrado —le advertí cuando ocupó el asiento del conductor—. Si cree que sobrevivir a su madre ha sido difícil, no tiene ni idea de lo que soy capaz de hacerle a su tarjeta corporativa frente a un perchero de sedas.