Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 7 #2
33%

Capítulo 7 #2

Llevaba un conjunto de punto gris perla, un collar discreto de perlas con un lustre obscenamente perfecto y las piernas cruzadas con una inclinación milimétrica.

Sostenía entre sus dedos una taza de porcelana traslúcida que no temblaba ni un milímetro.

Sus ojos, del mismo tono ceniza que los de Gonzalo pero tallados con un hielo que no admitía deshielo, me escanearon de los botines a las puntas del pelo en un tercio de segundo.

—Puntuales —dijo, sin levantarse, dejando que su voz se deslizara por la estancia con una modulación suave y cortante—. Al menos compruebo que la puntualidad sigue siendo un valor transferible, Gonzalo.

—Buenas tardes, madre —saludó Gonzalo, avanzando con el paso firme que le había visto ensayar en su despacho, aunque su mano izquierda buscó discretamente el bolsillo para disimular la tensión de los dedos—. Te presento a Marina.

Di dos pasos al frente, manteniendo la espalda recta y plantando en mi cara la sonrisa más luminosa y despreocupada de mi repertorio.

—Doña Mercedes, un placer absoluto —dije, extendiendo la mano con decisión calculada.

La matriarca miró mi mano durante un segundo entero antes de ofrecer la suya. Las yemas de sus dedos estaban heladas y su apretón fue un mero contacto epidérmico de cortesía que retiró casi al instante, como si temiera mancharse de informalidad.

—Señorita Ríos. Tome asiento, por favor.

Nos sentamos en el sofá de lino enfrentado a su sillón.

La mesa baja de caoba estaba presidida por una tetera de porcelana de Limoges con ribetes dorados, un plato de plata con pastas de almendra ordenadas en espiral perfecta y un juego de tazas tan finas que parecían capaces de quebrarse con una carcajada sonora.

Mercedes tomó la tetera con una gracia coreografiada. El chorro de té humeante cayó en la taza con un murmullo limpio.

—¿Azúcar, señorita Ríos? —preguntó, levantando la vista hacia mí con una ceja sutilmente alzada—. Aunque imagino que alguien dedicada a actividades tan... modernas preferirá prescindir de añadidos tradicionales.

—Solo, gracias —respondí, aceptando la taza que me tendía sin que el plato de porcelana tintineara lo más mínimo—. El azúcar suele utilizarse para enmascarar los malos fondos, y estoy segura de que en esta casa la materia prima es intachable.

Mercedes me sostuvo la mirada mientras depositaba la tetera en su sitio. En el fondo de sus pupilas grises brilló un destello mínimo, esa chispa fría de quien acaba de registrar que el adversario no ha retrocedido ante el primer amago.

—Curiosa observación —murmuró, recostándose en el respaldo—. Gonzalo me comentó que se conocieron en un contexto sumamente fortuito. En una librería, creo recordar. Una escena casi cinematográfica.

—Fue un encuentro accidentado, madre —intervino Gonzalo con rapidez diplomática—. Un derrame de café sobre unas notas de trabajo.

—Fascinante —repuso Mercedes, sin apartar los ojos de mí—.

Gonzalo jamás ha derramado un líquido en su vida adulta.

Ni siquiera cuando tenía siete años y su padre le exigía memorizar las genealogías familiares antes de la cena de Navidad.

Pero supongo que ciertas compañías provocan anomalías en el comportamiento más riguroso.

Bebí un sorbo de té. Estaba hirviendo, amargo y con un regusto a bergamota que me raspó el paladar, pero mantuve el gesto relajado como si estuviera tomándome un cortado en la barra de *Grano para eso ya tiene la galería de retratos del pasillo.

Mercedes ladeó la cabeza, y por primera vez sus labios dibujaron una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Hablemos entonces de su ocupación, señorita Ríos.

Porque admito que el informe que me pasaron mis amistades del club me pareció una extravagancia propia de una comedia de enredo.

Redactora de disculpas por encargo. Cartas de perdón para maridos negligentes y ejecutivos sin vocabulario emocional.

¿Es eso exacto, o se trata de una metáfora para maquillar lo que en mis tiempos llamábamos simplemente una falta de oficio formal?

Sentí a Gonzalo tensarse como una cuerda de piano a punto de partirse. Abrió la boca para intervenir, pero apoyé mis dedos con ligereza sobre su antebrazo, frenándolo en seco antes de que pudiera soltar un solo tecnicismo de protección corporativa.

—Es absolutamente exacto, doña Mercedes —contesté, mirando a la matriarca directamente a los ojos con un aplomo que no le dejó margen de maniobra—.

Me dedico a traducir el orgullo herido a un idioma que dos personas puedan entender antes de destruirlo todo.

La gente suele recurrir a mí cuando la buena educación, esa que enseña a sonreír con frialdad y a enterrar los conflictos bajo la alfombra persa, fracasa estrepitosamente.

Mercedes entrecerró los ojos, calibrando cada una de mis palabras con fría meticulosidad.

—Un negocio basado en la debilidad ajena me parece un entretenimiento bastante marginal, señorita Ríos. La dignidad consiste en no cometer errores que requieran intermediarios mercenarios para pedir perdón.

—La dignidad mal entendida suele ser solo cobardía con cubertería de plata —repliqué con suavidad, inclinándome apenas unos centímetros sobre la mesa—.

Aceptar que uno se ha equivocado y pagar por encontrar las palabras correctas para arreglarlo requiere bastante más valentía que fingir durante cuarenta años que la mesa familiar no está rota.

La taza de Limoges en las manos de Mercedes crujió levemente contra el platillo cuando sus dedos apretaron la porcelana. Un silencio denso y eléctrico se instaló entre las paredes de cristal del jardín de invierno mientras sus ojos se estrechaban con recelo.

Mercedes aflojó la presión sobre el asa de la taza con una lentitud calculada, apenas un milímetro, suficiente para que el platillo no delatara la sacudida.

Recorrió el borde de porcelana con la yema del índice antes de alzar la vista hacia mí.

Su expresión había mutado: ya no era la anfitriona distante que examinaba a una intrusa, sino una estratega que cambiaba de flanco para asestar el golpe definitivo.

—Una retórica encomiable, señorita Ríos —dijo con una suavidad pastosa, mucho más peligrosa que su frialdad previa—. Casi digna de un alegato judicial. Aunque la vida compartida, me temo, rara vez se sostiene sobre aforismos de mercería. Se fundamenta en los pequeños detalles. En la memoria íntima.

Tomó una pasta de almendra de la bandeja de plata, la partió por la mitad sin llegar a probarla y la dejó sobre la servilleta de hilo.

—Supongo que en esa profunda complicidad que describe ya habrá tenido ocasión de acompañar a Gonzalo a las cuadras de la finca norte —prosiguió, mirándome a los ojos—.

Desde los ocho años, mi hijo era incapaz de pasar un solo domingo sin montar a Vendaval.

Su padre le inculcó esa pasión por los purasangres antes de que aprendiera a redactar un contrato.

Imagino que usted, con esa aguda sensibilidad para lo humano, compartirá con él esas largas tardes de hípica en el valle.

La trampa cayó sobre la mesa con el peso sordo de un cepo de hierro.

Hice un repaso mental a velocidad de vértigo por las cincuenta y dos páginas del manual encuadernado de Julián.

Había diagramas de flujo para alergias al marisco, fechas de graduaciones ficticias, marcas de café preferidas y hasta la colonia que Gonzalo usaba en invierno.

No había ni una sola línea sobre caballos, monturas ni fincas en el norte.

Si afirmaba que lo acompañaba, Mercedes sacaría una prueba irrefutable de que Gonzalo no pisaba unas cuadras desde la adolescencia. Si lo negaba con torpeza, exhibiría mi ignorancia sobre una supuesta pasión nuclear de su infancia frente a la porcelana de Limoges.

Tomé aire, dispuesta a desplegar una maniobra envolvente sobre cómo el asfalto de San Telmo del Norte le había arrebatado el tiempo libre para el galope, pero la pierna de Gonzalo se tensó contra la mía.

—Odiaba a ese animal, madre —soltó Gonzalo.