Capítulo 7
Té de porcelana y minas antipersona
El motor del sedán se apagó con un murmurlo amortiguado, pero Gonzalo no soltó el volante. Sus dedos, encajados en el cuero perforado a las diez y diez, tenían los nudillos tan blancos que parecían tallados en tiza.
Al otro lado del parabrisas, tras una hilera de pinos podados con simetría enfermiza, se alzaba la verja de hierro forjado de la finca familiar en Los Pinares.
Dos cancelas negras con remates en pan de oro custodiaban un camino de grava blanca que conducía a una imponente villa de piedra caliza, flanqueada por setos de boj que no se atrevían a desentonar ni un milímetro de la línea recta.
Eran las cuatro y cincuenta y dos. Faltaban ocho minutos exactos para el té.
—Si pregunta por tus abuelos maternos, responderemos que residían en una casa solariega en Santander antes de trasladarse al sur —murmuraba Gonzalo con voz monocorde, la mirada fija en el escudo heráldico de la cancela—.
Si saca a colación el patronato del Museo de Arte Moderno, diremos que tu padre colaboraba de forma anónima a través de una fundación patrimonial para evitar notoriedad pública.
Y si indaga sobre tus estudios de posgrado...
—Gonzalo —lo interrumpí, apoyando la espalda contra la puerta del copiloto.
—...diremos que cursaste Humanidades Comparadas en una institución privada en Lovaina antes de decidir enfocar tu talento hacia la consultoría de comunicación estratégica independiente.
Tengo las fechas cuadradas en el móvil. Si nos ajustamos al cronograma de respuestas, no habrá fisuras documentales.
—Gonzalo —repetí, subiendo medio tono.
—También he previsto el orden de servicio. Primero sacará las pastas de almendra, luego comentará el artículo de la patronal y después lanzará una pregunta capciosa sobre el régimen económico matrimonial para ver si titubeas. Si logramos esquivar el tema de tus clientes hasta las cinco y media...
—¡Letrado! —chisté, plantándole la palma de la mano sobre el salpicadero, a dos centímetros de su nariz.
Gonzalo se cortó en seco. Parpadeó dos veces, desorientado, como si acabara de despertar de una pesadilla procesal en la que un juez le denegaba todas las pruebas. El aire acondicionado del coche, regulado a unos gélidos diecinueve grados, zumbaba en el habitáculo.
—¿Qué? —preguntó, girando la cabeza hacia mí con una ansiedad poco disimulada.
—Que si entras ahí con esa cara, tu madre no va a necesitar hacerme ninguna pregunta trampa —le advertí, examinándolo con severidad profesional—.
Olfateará el pánico a un kilómetro de distancia.
Pareces un defraudador fiscal entrando a declarar en la Audiencia Nacional con el registro mercantil escondido en los calcetines.
—No tienes ni la menor idea de cómo funciona este lugar, Marina —dijo él en un susurro áspero, pasándose dos dedos por el puente de la nariz—. Mi madre no hace preguntas por curiosidad. Las hace para buscar la costura débil y tirar de ella hasta que el traje entero se deshaga en hilachas.
—Pues deja de ponerte un traje que no te cabe —repliqué.
Me incliné hacia su asiento, invadiendo su espacio sin pedir permiso. Antes de que pudiera apartarse o levantar una objeción jurídica, agarré el nudo perfecto de su corbata de seda azul marino.
Gonzalo contuvo la respiración. Sus ojos grises se abrieron de par en par, fijos en los míos a escasos treinta centímetros.
—¿Qué estás haciendo? —murmuró, inmóvil.
—Salvarte de la asfixia voluntaria —respondí, tirando del nudo hacia abajo con un movimiento seco y desabrochando el botón superior de su camisa—. La mitad de tu pánico entra por el cuello. Llevas la carótida estrangulada desde que cruzamos el peaje de la bahía.
Al rozarle la garganta, se estremeció. Tragó saliva; su nuez rozó mis nudillos antes de que retirara la mano y le alisara las solapas con dos palmadas teatrales.
Gonzalo soltó el aire retenido en una exhalación larga y temblorosa. Dejó caer los hombros contra el respaldo de cuero, cerró los ojos y apoyó la nuca en el reposacabezas.
—En esta casa, sentarse a la mesa sin la corbata ajustada al milímetro costaba tres días de silencio absoluto durante las cenas —confesó en un susurro apagado.
Me quedé quieta en mi asiento, observando el perfil afilado de su mandíbula. Había una sombra oscura bajo sus pestañas, una grieta diminuta en esa máscara impecable que utilizaba para blindarse del mundo en la planta setenta de su torre.
—¿Tu padre? —pregunté con suavidad.
—Mi madre —corrigió él, sin abrir los ojos—.
Mi padre murió cuando yo tenía once años.
A partir de esa semana, no hubo margen de error para nadie.
Un Mendieta no tropieza, un Mendieta no duda, un Mendieta no muestra debilidad en público.
Cada matrícula de honor en la facultad, cada ascenso en el bufete, cada cliente retenido...
nunca fue un logro. Era simplemente el mínimo exigible para no manchar el apellido.
El silencio que siguió fue denso, roto solo por el viento costero batiendo las copas de los pinos.
—Gonzalo —dije, bajando la voz hasta encontrar el registro sereno con el que solía desactivar las crisis de mis clientes.
Él abrió los ojos despacio.
—No me preocupa que Mercedes me acorrale a mí —adió, volviéndose hacia mí con la mirada tan desarmada que me dio un vuelco el estómago—.
Me preocupa lo que pueda decirte a ti. No está acostumbrada a que nadie se salga de su guion.
Y cuando se siente amenazada, es quirúrgicamente cruel.
No quiero que te humille en mi nombre por culpa de un contrato.
La comisura de mi boca dibujó una sonrisa ladeada, aunque sentí un calor repentino subiéndome por el pecho.
—A ver si nos entendemos, Mendieta —solté, cruzándome de brazos con insolencia calculada—.
Me gano la vida cobrando cincuenta euros la hora por evitar que suegras histéricas deshereden a sus hijos y que matrimonios en ruinas terminen en los tribunales por culpa de un comentario sobre un besugo.
He lidiado con presidentes de comunidades armados con actas notariales y con un casero que amenazaba con tirarme los muebles por la ventana cada día quince de mes.
¿De verdad crees que me da miedo una señora con una tetera de plata y un juego de perlas?
Gonzalo me sostuvo la mirada durante unos segundos. La tensión de su mandíbula cedió un milímetro; en sus ojos grises asomó una chispa de asombro indefenso.
—La tetera es de porcelana de Limoges —matizó con un atisbo de su sarcasmo habitual.
—Peor para ella si la rompe contra el suelo cuando le diga que prefiero el café solo —rebatí, inclinándome de nuevo hacia él—.
Escúchame bien: no vamos a recitar ningún árbol genealógico inventado en Lovaina ni vamos a disculparnos por lo que hago.
Don Aurelio compró la historia porque vio a dos personas reales que se aguantan las manías, no a dos robots de folleto financiero.
Si intentamos fingir que pertenezco a su club de campo, nos cazará en el primer sorbo de té.
Gonzalo soltó una risa seca, casi inaudible, pero sus ojos ya no miraban la verja con terror.
—Entonces, ¿cuál es la estrategia?
—La verdad sazonada con un poco de veneno elegante —dije, extendiendo mi mano derecha abierta hacia él, en el espacio entre los dos asientos—.
Tú te limitas a mirarme como si estuvieras locamente enamorado y a no contradecir mis barbaridades.
Yo me encargo de desactivar las minas antipersona.
Si ella ataca, yo desvío. Si ella sonríe con frialdad, yo le devuelvo una sonrisa de oreja a oreja.
Somos un equipo, letrado. Nadie sale herido hoy.
Gonzalo miró mi mano extendida. Dudó un instante, el tiempo justo para que el reloj digital del salpicadero marcara las cuatro y cincuenta y cinco.
Luego, deslizó su palma sobre la mía. Sus dedos envolvieron los míos con una fuerza cálida y deliberada que me envió un cosquilleo eléctrico por el antebrazo.
—Trato hecho, socia —murmuró, sosteniéndome la mirada con una intensidad que me obligó a recordarme a mí misma que debía respirar.
—Perfecto —dije, retirando la mano antes de que la corriente entre nuestras palmas se volviera demasiado evidente—. Ahora arranca este coche y crucemos la verja antes de que tu ilustrísima madre nos descuente puntos por impuntualidad.
Gonzalo pulsó el botón de encendido. El motor despertó con un rugido suave y el sedán avanzó sobre la grava blanca hacia la boca del dragón.
El crujido de la grava bajo los neumáticos cesó frente a una escalinata de mármol que parecía diseñada para recibir embajadores plenipotenciarios.
Gonzalo apagó el contacto, me miró de reojo con una mezcla de pánico contenido y disciplina ejecutiva, y me abrió la puerta del copiloto antes de que el chófer o el servicio tuvieran tiempo de asomar por el porche.
Cruzamos el vestíbulo tras una doncella uniformada que caminaba como si flotara sobre zapatillas de fieltro.
La casa olía a cera de abeja, a madera noble centenaria y a un tipo de dinero tan antiguo que no necesitaba demostrar nada a nadie.
Ni un cuadro torcido, ni una mota de polvo en las molduras del techo; el orden era tan asfixiante que sentí una tentación casi física de descolocar un jarrón de la dinastía Ming solo para comprobar si la mansión activaba un protocolo de autodestrucción.
El salón principal se abría a un jardín de invierno acristalado donde la luz de las cinco de la tarde caía sesgada sobre alfombras persas de nudo apretado y muebles de anticuario.
Allí, sentada en un sillón orejero tapizado en damasco beige, nos esperaba Mercedes de Mendieta.