Capítulo 6 #3
—Ya veo. Demasiado ocupado para advertirle a tu propia familia que don Aurelio Valdés ha decidido hacer pública la reestructuración de su patrimonio naviero en el Club Náutico —la mujer hizo una pausa calculada, de esas que no admiten réplica—.
Y aún más ocupado, por lo visto, para informarme de que presidirás el comité de gala acompañado por tu supuesta prometida.
El aire en el despacho se volvió irrespirable. Gonzalo no se movió, pero sus nudillos se apoyaron con tanta fuerza contra el borde de la mesa que la madera pareció crujir bajo la presión.
—Madre, el anuncio de don Aurelio ha sido una iniciativa unilateral suya —intentó justificar Gonzalo, buscando el tono defensivo de un memorando—. La designación del comité de bienvenida responde a un gesto de confianza institucional hacia el despacho para consolidar la firma del acuerdo...
—No insultes mi inteligencia con jerga procesal, Gonzalo —lo interrumpió Mercedes de Mendieta sin levantar el tono ni medio decibelio, pero con una autoridad que me erizó el vello de los brazos—.
Aurelio Valdés no da un paso en falso sin consultar sus escrituras.
Si ha estampado tu nombre junto al de esa mujer en el programa oficial de la patronal, es porque tú le has dado motivos para creer que esa farsa tiene visos de formalidad.
Crucé una mirada rápida con Gonzalo. Sus ojos grises estaban fijos en el altavoz, abiertos de par en par, con un destello mudo de pánico que jamás le había visto en ninguna de nuestras discusiones.
—Marina y yo... —empezó él, pero la voz se le quebró en la última sílaba.
—¿Marina qué, exactamente? —disparó Mercedes desde el altavoz, arrastrando cada letra con un desdén exquisito—.
He llamado a tres de mis primas en el patronato de la fundación y ninguna ha oído jamás ese apellido en los círculos de San Telmo.
No figura en los registros del colegio de abogados, no pertenece a ninguna de las familias del muelle este y, según me informan mis contactos en el club, se dedica a algún tipo de pintoresco oficio menor que roza la indigencia creativa.
Apreté los dientes, sintiendo una punzada de calor subiéndome por el cuello.
Estuve a medio segundo de inclinarme sobre el micrófono para explicarle a la ilustrísima señora que redactar disculpas para millonarios incompetentes requería bastante más talento que heredar cuberterías de plata, pero Gonzalo levantó una mano, rogándome con un gesto silencioso que no abriera la boca.
—Es una profesional intachable, madre —dijo él, y aunque el tono intentaba sonar firme, la aspereza de su garganta delataba la fragilidad de su armadura—. Y goza de toda mi confianza.
—Tu confianza profesional me es indiferente, Gonzalo. Lo que no voy a tolerar es que arrastres el apellido de tu padre por los salones del Náutico exponiéndote al ridículo frente a cuatrocientos socios por culpa de una advenediza de la que no sé absolutamente nada.
El silencio volvió a caer sobre la línea. Mercedes dejó pasar cuatro segundos antes de dictar sentencia.
—Mañana. A las cinco en punto. En la residencia de Los Pinares —ordenó la matriarca, con la frialdad de quien convoca una auditoría forense—.
Serviré el té en el jardín de invierno. Traerás a esa señorita contigo.
Quiero verla de cerca, escuchar cómo habla y comprobar personalmente qué clase de criatura se ha metido en tu vida antes de que don Aurelio cometa el error de entregarle el futuro de sus barcos a un Mendieta comprometido con una desconocida.
—Madre, mañana tenemos la agenda bloqueada con las comisiones de la fusión...
—A las cinco, Gonzalo. Sin retrasos. La puntualidad sigue siendo la única cortesía que le debemos a la decencia familiar.
Un chasquido seco resonó en el altavoz, seguido por el tono monótono de la línea cortada.
Gonzalo no retiró la mano del escritorio de inmediato. Se quedó inclinado hacia delante, con la cabeza gacha y la respiración contenida, mientras el reflejo del sol de mediodía rebotaba en el cristal blindado del rascacielos.
Me acerqué un paso y me crucé de brazos para disimular la inquietud en el estómago.
—Bueno —solté con una sonrisa ladeada que me costó un mundo encajar en la cara—. Su madre parece un encanto de señora. Muy partidaria de la diplomacia preventiva y del diálogo constructivo.
Gonzalo alzó despacio la cabeza. No quedaba rastro de su habitual altivez; la palidez de su rostro era absoluta y sus ojos me miraron con una vulnerabilidad desarmada que me golpeó directo en el pecho.
—No tiene ni idea de lo que acaba de pasar, Marina —susurró, con un hilo de voz ronca—. Mi madre no organiza meriendas de cortesía. Organiza ejecuciones sumarias con porcelana fina.
Me quedé mirando el teléfono mudo sobre la madera oscura.
La satisfacción de haber arrancado el suplemento del dieciocho por ciento se disolvió en el aire del despacho con la rapidez del humo, dejándome una certeza fría en el estómago: la farsa ante don Aurelio había sido solo un juego de niños comparado con la emboscada que nos esperaba al otro lado de la bahía.