Capítulo 6 #2
—Es una victoria estratégica indiscutible, Marina —replicó Gonzalo; rodeó la mesa hasta quedar a un metro de mí, con los brazos cruzados sobre el pecho—.
Hace veinticuatro horas, la cuenta de treinta millones del Grupo Valdés estaba prácticamente perdida.
Esta mañana, el presidente en persona ha ordenado modificar el programa oficial de la gala más importante del año para ponernos en el centro del escenario.
La junta de la planta sesenta y ocho todavía no se lo cree.
—La junta de la planta sesenta y ocho no tiene que ponerse un vestido de etiqueta y responder preguntas sobre su inexistente régimen de capitulaciones matrimoniales ante la prensa económica —disparé, enderezándome—.
Esto multiplica la exposición pública por diez.
Y según la enmienda número tres que le obligué a firmar con mi bolígrafo azul en este mismo despacho, el riesgo por entorno hostil devenga un suplemento inmediato.
Gonzalo enarcó una ceja, manteniendo esa fachada de abogado inalterable que tanto le gustaba exhibir.
—El Club Náutico Bahía Alta cuenta con seguridad privada y aire acondicionado, señorita Ríos. Dudo que un juez califique sus salones como «entorno hostil».
—Un salón lleno de tiburones corporativos armados con copas de champán y con ganas de destripar a la advenediza que ha pescado al soltero de oro del bufete califica como zona de guerra de alta intensidad —rebatí sin pestañear—.
Sin contar con que Don Aurelio me mirará como si fuera la futura madre de sus ahijados durante cuatro horas seguidas.
Quiero una adenda contractual. Veinte por ciento adicional sobre los honorarios pactados.
Gonzalo soltó un suspiro breve, pero el brillo en sus pupilas lo delataba. Se desabrochó el botón de la muñeca izquierda, miró la esfera de su reloj y luego volvió a mirarme con una mezcla de exasperación y diversión contenida.
—Es usted una negociadora despiadada.
—Soy una profesional que valora su pellejo, Mendieta. Y si no fuera por mi intervención anoche en *El Baluarte*, ahora mismo estaría usted redactando su carta de dimisión en lugar de contemplar la bahía con aires de magnate.
El recordatorio dio en el blanco. La mandíbula de Gonzalo se tensó un segundo, pero no pudo evitar que el rubor de la noche anterior amagara con asomar tímidamente por el cuello de su camisa.
—Admito que su... maniobra narrativa con el electrodoméstico tuvo cierta eficacia psicológica sobre Aurelio —concedió, y dio un paso lateral hacia el ventanal para disimular—.
Aunque sigo sosteniendo que inventar un incendio culinario con un soufflé de chocolate vulneró de forma flagrante el principio de sobriedad que rige la imagen de esta firma.
Solté una carcajada limpia que rebotó contra los cristales panorámicos.
—¿Sobriedad? Por favor. Si hubiera seguido su manual de cincuenta páginas, le habría recitado el árbol genealógico de su tío de Ginebra entre el marisco y la ensalada.
Don Aurelio se habría dormido sobre el plato de nécoras antes de que llegara el postre.
Tuve que quemarle un dulce imaginario para salvarle la carrera, y lo sabe perfectamente.
Gonzalo se giró hacia mí. La luz de media mañana le daba de lleno en el rostro, acentuando las líneas firmes de su perfil y la sombra oscura bajo sus ojos. Dio dos pasos hacia adelante, acortando la distancia hasta que apenas medio metro nos separó.
—Mi manual contenía protocolos precisos de contingencia.
—Su manual era un somnífero encuadernado en piel, letrado —murmuré, sosteniéndole la mirada con una sonrisa desafiante—. El caos es lo único que le hace parecer humano. Reconózcalo de una vez: necesita mi improvisación tanto como yo necesito su dinero para no terminar durmiendo debajo del viaducto.
Durante tres segundos, el murmullo lejano del tráfico en la avenida de los Muelles y el zumbido de los servidores informáticos llenaron el espacio entre nosotros.
Gonzalo me sostuvo los ojos sin pestañear.
No quedaba rastro de la rigidez del primer día; bajo la armadura de su traje a medida, bastó ese cruce de miradas para entender que ninguno de los dos pensaba ceder terreno.
—Un quince por ciento —dijo al fin, bajando la voz hasta un tono casi confidencial—. Y exijo supervisión previa de cualquier anécdota doméstica que pretenda improvisar ante los miembros de la mesa presidencial.
—Dieciocho por ciento. Y yo decido qué historia cuento si Don Aurelio pregunta por las vacaciones de verano.
Gonzalo sacudió la cabeza con una sonrisa resignada que le transformó por completo las facciones y borró de un plumazo al temido socio director de Mendieta la fricción entre nuestras palmas mandó una corriente directa hacia mi estómago que me obligó a tragar saliva antes de tiempo.
Gonzalo tardó un segundo de más en soltarme los dedos. Cuando por fin retiró la mano, lo hizo con una parsimonia estudiada, como si necesitara comprobar que las leyes de la física seguían vigentes en su despacho antes de volver a adoptar su postura marcial frente al ventanal.
—Bien —dijo, aclarándose la garganta—. El asunto queda zanjado. Dieciocho por ciento. Julián preparará el documento para la firma antes de comer y yo me encargaré de sincronizar las agendas con la secretaría de Don Aurelio para el ensayo de protocolo del viernes.
—Un placer hacer negocios con usted, letrado. Ya puede ir encargando una medalla al mérito civil por aguantarme cuatro horas de etiqueta náutica.
Abrí la boca para recordarle que los gastos de tintorería corrían por su cuenta, pero el tono agudo del teléfono sobre el escritorio cortó el aire como un martillazo.
La consola digital parpadeó con una luz roja intermitente. En la pantalla táctil, bajo el epígrafe de línea prioritaria, brilló un único nombre en mayúsculas sobrias: *M. DE MENDIETA*.
Gonzalo se quedó petrificado.
El aplomo del socio director se evaporó en un parpadeo; la sangre le abandonó las mejillas y los hombros se le tensaron bajo la lana fina de la americana hasta parecer tallados en granito. Clavó los ojos en el aparato como si la carcasa contuviera un artefacto explosivo con temporizador.
El teléfono repitió su pitido, implacable.
—¿No piensa descolgar? —pregunté en un susurro, señalando el botón luminoso con la barbilla—. A menos que prefiera que la centralita asuma que ha muerto de éxito corporativo.
Gonzalo tragó saliva, dio un paso rígido hacia la mesa y pulsó el manos libres. El chasquido de la línea abierta llenó la estancia de un silencio glacial.
—Dime, madre. —Su voz sonó dos tonos más baja, desprovista de mando, modulada con una cautela milimétrica.
Al otro lado, no hubo saludo. Solo se escuchó el roce sutil de una taza al posarse sobre un plato de porcelana y una respiración pausada, tan gélida que pareció hacer descender la temperatura del despacho cinco grados de golpe.
—Acabo de recibir el suplemento matinal del *Diario de la Bahía*, Gonzalo —pronunció una voz femenina, con un timbre aristocrático donde cada consonante sonaba afilada como un bisturí—.
En la página cuatro de la crónica financiera.
Supongo que no te has molestado en abrir la prensa antes de encerrarte en esa torre de cristal.
Gonzalo apretó la mandíbula.
—He estado reunido con la junta directiva desde las siete y media, madre.