Cómo fingir un flechazo en hora punta Capítulo 6
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Capítulo 6

La bendición envenenada del patriarca

A las nueve de la mañana, la pantalla de mi portátil mostraba apenas tres líneas parpadeantes en el archivo de trabajo.

Intentaba redactar una disculpa formal para un dentista que había felicitado por error a su cuñada por un embarazo inexistente durante una comida familiar, pero cada vez que ponía los dedos sobre el teclado, la imagen de la corbata floja de Gonzalo Mendieta ondeando con la brisa marina del muelle se colaba entre las frases.

Sacudí la cabeza, borré dos adjetivos y di un trago largo a la taza de café que Clara acababa de plantar sobre la madera recuperada de mi mesa.

—Tienes cara de haber firmado un armisticio o de haber cometido un delito societario —comentó Clara, apoyando la bandeja metálica contra su cadera mientras me miraba con los ojos entrecerrados tras el flequillo—. ¿Cómo fue la encerrona de las nécoras?

—Un éxito diplomático sin precedentes —respondí, enderezándome en la silla—. Don Aurelio se tragó el romance con patatas. Incluso le inventé a Gonzalo un trauma doméstico con un soufflé de chocolate para que pareciera un ser humano con sistema nervioso central.

Clara soltó una carcajada seca.

—Pagaría cincuenta euros de propina por ver a ese hombre con un delantal manchado de cacao.

—Casi le da un ictus en mitad del reservado, pero funcionó.

Compró la moto completa. Nos deseó una larga vida conyugal, pagó la cuenta y se marchó a dormir con la certeza de que su abogado estrella tiene sentimientos.

Tres semanas, un par de eventos discretos y cobraré la segunda mitad para enterrar el aviso de desahucio. Pan comido.

La campanilla de latón sobre la puerta de cristal de *Grano más bien reventó contra el marco como si la persiguiera una patrulla de la policía portuaria.

Un segundo después, Julián Soto irrumpió en la cafetería tropezando contra el paragüero de la entrada.

El júnior de Mendieta & Asociados llevaba el nudo de la corbata torcido hacia la izquierda, dos botones de la gabardina mal abrochados y una palidez que hacía resaltar las ojeras violáceas que le devoraban la mitad del rostro.

Sostenía contra su pecho, como si fuera una carga de nitroglicerina a punto de detonar, una carpeta rígida forrada en cartulina dorada con el relieve plateado del Grupo Valdés.

Varios clientes levantaron la vista de sus tostadas. Ajeno a los murmullos, Julián fijó sus ojos desorbitados en mi mesa, avanzó a zancadas atropelladas y esquivó una banqueta en el último segundo.

—Señorita Ríos... Marina... por el amor de Dios —jadeó al llegar a mi lado, apoyando una mano temblorosa sobre el respaldo de la silla vacía para no desplomarse—. Llevo cuarenta minutos llamándola al móvil. No contesta.

—Estaba trabajando en una crisis odontológica, Julián. Respira antes de que tengamos que pedir una ambulancia a la aseguradora del bufete.

Clara lo examinó de arriba abajo con una ceja arqueada, fue hasta la barra para servir un vaso de agua del grifo y lo dejó frente al muchacho con un golpe seco.

—Bébete eso de un trago, criatura. Pareces un extra de película de catástrofes.

Julián tragó el agua en dos buches convulsos, se pasó el dorso de la mano por los labios y depositó la carpeta dorada sobre mi teclado con una solemnidad fúnebre.

—Ha llegado hace una hora por mensajería urgente de la secretaría de presidencia de Don Aurelio —dijo en un susurro ronco, inclinándose sobre la mesa como si temiera micrófonos ocultos entre los botes de azúcar—.

Para el despacho. Con copia personal nominativa para usted.

Don Gonzalo está reunido con la junta de la planta sesenta y ocho, pero me ordenó expresamente que la localizara de inmediato.

Deslicé los dedos sobre la superficie rugosa de la carpeta. El membrete en bajorrelieve mostraba el ancla entrelazada con las iniciales corporativas de los Valdés.

—¿Qué pasa? ¿El anciano descubrió que el soufflé era mentira?

—Ojalá fuera eso —gimió Julián, tapándose los ojos con las palmas de las manos—. Al revés. Ha quedado fascinado. Dice que la espontaneidad y la calidez de ustedes dos es el mejor ejemplo de liderazgo ético que ha visto en la juventud empresarial en las últimas tres décadas.

—Pues qué bien, ¿no? —intervino Clara, cruzándose de brazos con una sonrisa divertida—. Gonzalo retiene la cuenta, Marina salva el taller y todos contentos.

—No lo entienden —Julián apartó las manos y señaló la carpeta con un dedo trémulo—. Abran el pliego. Lean el anexo protocolario.

Tiré de la solapa dorada y extraí una tarjeta de cartulina verjurada de medio centímetro de grosor. La tipografía inglesa, estampada en tinta azul marina con ribetes de pan de oro, rezaba con una claridad insultante:

*«La Presidencia del Grupo Valdés tiene el honor de comunicar la designación oficial de don Gonzalo Mendieta y de su prometida, doña Marina Ríos, como Copresidentes Honorarios del Comité de Bienvenida de la Gran Gala Benéfica de Primavera en el Club Náutico Bahía Alta.»*

Parpadeé dos veces, releyendo el texto por si el exceso de cafeína me jugaba una mala pasada.

—¿Copresidentes honorarios? —leí en voz alta—. ¿Comité de bienvenida?

—Doña Marina —tarareó Clara a mi espalda, con una risotada mientras hacía una reverencia exagerada con el mandil lleno de manchas de café—. Por favor, su excelencia, permita que le retire la taza sucia antes de que el comité náutico la degrade a plebeya.

—Cállate, Clara —murmuré, clavando la vista en la firma rotunda de Don Aurelio al pie del pliego—. Julián, explícame esto antes de que me dé un ataque de risa o una úlcera.

Julián se dejó caer en la silla frente a mí, apoyó los codos en la mesa y se tiró de los mechones de la frente.

—Significa que ya no se trata de sentarse discretamente en una mesa del fondo a aplaudir cuando Don Aurelio suba a recoger su placa conmemorativa —explicó con voz ahogada—.

Los copresidentes del comité reciben a los cuatrocientos invitados en el vestíbulo noble.

Tienen fotógrafo oficial en el *photocall* de la entrada, son citados en la reseña social del diario económico de la bahía y se sientan en la mesa presidencial flanqueando a Don Aurelio.

El aire se volvió pesado en la pequeña esquina de la cafetería. El zumbido de la máquina de espresso y el tintineo de las cucharillas sonaron de pronto lejanos, amortiguados por el eco de esas cuatrocientas miradas imaginarias escrutando cada gesto de mi anatomía.

—La exposición pública se acaba de multiplicar por mil —añadió Julián, mirándome con ojos suplicantes—.

Toda la alta sociedad de San Telmo del Norte estará allí.

Inversores, presidentes de banca, periodistas de crónica social...

y la señora doña Mercedes de Mendieta en primera fila.

Si alguien detecta que ustedes no viven juntos o que titubean ante una pregunta personal, el escándalo destruirá la reputación de la firma para siempre.

Me quedé mirando la tarjeta dorada sobre la madera rústica de la mesa. El tacto del papel de lujo era áspero y frío bajo mis yemas.

Cerré la tapa de mi portátil de un golpe seco, me puse de pie y me eché el bolso de tela al hombro.

—¿A dónde va? —preguntó Julián, levantándose a trompicones tras de mí.

—A la planta setenta —respondí, apretando la carpeta dorada bajo el brazo—. Su jefe y yo tenemos que renegociar las cláusulas de este circo antes de que me toque ensayar sonrisas ante cuatrocientos magnates con copa de champán.

Julián tuvo que correr para mantener el paso por el vestíbulo de mármol de la Torre Marítima y casi pierde la acreditación al intentar meterla en la ranura del ascensor exprés.

Cuando las puertas metálicas se abrieron en la planta setenta con un silbido presurizado, ni me molesté en esperar a que anunciara mi llegada.

Crucé la moqueta gris marengo a zancadas firmes, esquivé la mesa de recepción y empujé sin llamar la puerta de cristal esmerilado del despacho principal.

Gonzalo estaba de pie frente al inmenso ventanal que dominaba la bahía de San Telmo del Norte.

Tenía la americana desabrochada, las manos en los bolsillos del pantalón y la vista fija en los buques de carga que maniobraban en el horizonte azul.

Al oír el golpe de la puerta, se giró despacio, con esa calma calculada con la que neutralizaba cualquier conato de histeria ajena.

—Julián, te pedí discreción, no una procesión civil —dijo con voz templada, antes de clavar sus ojos grises en mí.

—Julián ha cumplido con su deber de mensajero del apocalipsis —intervine, mientras el júnior balbuceaba una disculpa desde el umbral y cerraba la puerta tras de sí para dejarnos a solas—. Y usted y yo tenemos un problema de escala presupuestaria.

Arrojé la carpeta dorada en el centro exacto del escritorio. El impacto seco del cartón grueso sobre la madera barnizada resonó en el silencio aséptico del despacho.

Gonzalo no parpadeó. Dio dos pasos lentos alrededor de la mesa, se inclinó ligeramente y posó la yema de dos dedos sobre el relieve del ancla de los Valdés.

Había en la comisura de sus labios una tensión diminuta, casi imperceptible, que cualquiera habría confundido con severidad, pero que yo reconocí de inmediato como un intento desesperado por no sonreír de oreja a oreja.

—Veo que ya ha leído la comunicación oficial de Don Aurelio —comentó, alzando la vista.

—He leído que nos acaba de ascender a la realeza del Club Náutico sin pasar por las urnas, letrado.

¿Copresidentes honorarios del comité de bienvenida?

¿Recibir a cuatrocientos millonarios en el vestíbulo noble flanqueando al patriarca?

—Apoyé las palmas sobre el borde de la mesa y me incliné hacia él—.

Cuando firmé ese contrato, el pacto era sonreír con la boca cerrada desde una mesa del fondo y aplaudir cuando sirvieran el lenguado.

Esto es una emboscada con alfombra roja.