Capítulo 5 #3
La puerta de caoba se cerró tras los pasos firmes del magnate y el reservado quedó sumido en un silencio denso y repentino, roto únicamente por el rumor sordo de las olas contra los bloques de piedra bajo el restaurante.
Bajo el mantel, los dedos de Gonzalo tardaron tres segundos exactos en aflojarse, como si a su sistema nervioso le costara procesar la orden de soltarme. Retiró la mano despacio, apoyando las palmas sobre la mesa con la respiración entrecortada y la mirada clavada en la copa de vino.
—Ha sido... —empezó, pero la voz se le quebró en una nota seca.
—Una victoria por goleada, letrado —completé, doblando mi servilleta con calma teatral—. Ahora, si me hace el favor de pagar la cuenta antes de que el camarero descubra que me he comido la última tosta de centollo, le permitiré que me lleve a respirar aire fresco.
Cruzamos el salón en un mutismo absoluto y dejamos atrás el restaurante.
Al empujar las pesadas puertas de roble, la brisa marina nos golpeó de lleno.
El aire de la noche olía a salitre, a madera húmeda y al combustible distante de los pesqueros amarrados en la dársena sur.
El paseo marítimo estaba desierto a esa hora; solo el collar de farolas de luz ambarina se reflejaba en el asfalto mojado y en el agua oscura del puerto.
Gonzalo avanzó tres pasos hacia su coche y se detuvo en seco junto al capó del sedán negro.
Se quedó allí, de espaldas a mí, con las manos apoyadas en la chapa fría y la cabeza inclinada hacia el suelo.
La brisa del océano le despeinaba el pelo castaño y deshacía la raya milimétrica que llevaba ensayada desde la mañana, mientras la corbata gris perla ondeaba floja sobre el cuello abierto de su camisa blanca.
Parecía un náufrago que acababa de alcanzar la orilla tras un temporal de fuerza ocho.
Me acerqué despacio, taconeando sobre los adoquines con una parsimonia deliberada, y me apoyé en la aleta lateral del coche, cruzándome de brazos.
—¿Y bien, socio director? —pregunté, ladeando la cabeza con ironía—. ¿Le quedan fuerzas para redactarme un pliego de cargos por saltarme el guion o necesita que Julián le traiga una bolsa de oxígeno?
Gonzalo no se movió de inmediato. Soltó una risa ahogada, tan baja y ronca que casi se la llevó el viento del muelle. Se pasó una mano por la cara, frotándose los ojos con los dedos, antes de girarse lentamente para mirarme.
El gris de sus pupilas brillaba bajo la farola con una intensidad desarmada. No quedaba ni rastro del hombre que esa misma mañana me había exigido memorizar cincuenta páginas de términos jurídicos en la planta setenta.
—Un soufflé de chocolate, Marina —dijo, y aunque intentó que su tono sonara severo, las comisuras de su boca cedieron en una media sonrisa involuntaria—. Me ha dejado ante el presidente del Grupo Valdés como un inepto incapaz de encender un electrodoméstico.
—Le he dejado como un ser humano de carne y hueso que puede cometer un error sin llamar a un procurador —rebatí, sosteniéndole la mirada—.
Y a juzgar por las palmadas que le ha propinado en la espalda, le ha gustado bastante más su inexistente desastre culinario que sus balances de la filial de Luxemburgo.
Gonzalo dejó caer los hombros, apoyando la espalda contra el vehículo y clavando la vista en la línea negra del horizonte marítimo.
—Aurelio llevaba tres semanas bloqueando mis llamadas —confesó en voz baja, con una aspereza en la garganta que delataba el desgaste acumulado—.
Su equipo me trataba como a un burócrata prescindible.
Esta noche... esta noche nos ha invitado personalmente a la gala benéfica.
Eso significa que la fusión vuelve a estar sobre la mesa.
—Significa que la farsa ha funcionado —puntualicé, dando un paso más hacia él para recortar la distancia—. Y que si queremos que siga funcionando en el Club Náutico delante de toda la alta sociedad, va a tener que empezar a asumir que mis improvisaciones son su mejor activo.
Gonzalo giró la cabeza hacia mí. La proximidad nos devolvió ese aire cargado que habíamos dejado suspendido en el salón de su ático horas antes. Sus ojos recorrieron mi rostro despacio, deteniéndose en el mechón de pelo que el viento me empujaba contra la mejilla, antes de buscar de nuevo mis ojos.
Tragó saliva, contuvo el aliento durante dos segundos y soltó el aire en un suspiro largo y rendido.
—Ha sido... magistral —admitió, y la palabra le costó un esfuerzo casi físico, pero salió limpia y rotunda—. Me ha salvado el cuello, señorita Ríos.
—Marina —corregí con una sonrisa ladeada, disfrutando cada milímetro de su capitulación—. Si vamos a presidir mesas de gala y a quemar postres imaginarios, lo mínimo es que se aprenda mi nombre de pila, Mendieta.
Gonzalo me sostuvo la mirada sin pestañear.
—De acuerdo, Marina —murmuró con una voz suave que me erizó la piel bajo la cazadora—. Trato hecho.
Me aparté del coche con un quiebro elegante, rodeé el morro del vehículo y me planté junto a la puerta del copiloto, esperando con la ceja levantada.
—Ahora ábrame la puerta, letrado —le ordené con sorna—. Tenemos una gala benéfica que planificar.