Capítulo 5 #2
—Un placer absoluto, Marina. Gonzalo habla poco en las reuniones, pero cuando me soltó el otro día que tenía el corazón ocupado, casi me atraganto con el café —dijo el anciano, soltando una risotada que resonó en el reservado—.
Y veo que no exageraba. Mírate, Gonzalo.
Traes la corbata suelta y no llevas esa cara de muerto de hambre con la que me presentas las auditorías. Algo bueno te está pasando.
Gonzalo carraspeó, incómodo por el comentario, y me apartó la silla con una reverencia rígida.
—Marina tiene la virtud de... alterar mis rutinas de forma sustancial —respondió él, sentándose a mi izquierda con la espalda tan recta que parecía no tocar el respaldo de cuero.
—Eso es un eufemismo para decir que no le dejo revisar el correo electrónico en la cama, señor Valdés —intervine con ligereza, desplegando la servilleta de lino sobre mi regazo.
Don Aurelio soltó otra carcajada que hizo tintinear los cubiertos de plata.
—¡Llámame Aurelio, muchacha! En esta mesa no hay consejos de administración.
El camarero sirvió una fuente humeante de nécoras, percebes y unas tostas de centollo que desprendían un aroma a salitre y mantequilla.
Durante los primeros minutos, la conversación fluyó entre elogios a la cocina local y anécdotas de pesca que don Aurelio desgranaba con la cadencia pausada de los hombres de mar.
Gonzalo asentía a intervalos regulares, interviniendo con datos técnicos sobre las cuotas portuarias cada vez que el magnate mencionaba las mareas, hasta que el anciano dejó el tenedor sobre el plato y apoyó los codos en la mesa, mirándonos fijamente.
—Bueno, Gonzalo —comenzó don Aurelio, entrecerrando los ojos con perspicacia—.
Todo esto está muy bien, pero quiero saber cómo demonios convivís.
Porque tú, muchacho, eres un animal de despacho.
Llevas quince años viviendo entre memorandos y contratos de fusión.
¿Cómo gestiona este hombre el temperamento en casa, Marina?
¿Sigue intentando redactar cláusulas de rescisión cuando discutís por quién saca la basura?
Sentí cómo el muslo de Gonzalo se tensaba junto al mío. Se aclaró la voz dos veces y buscó desesperadamente una salida en el manual de contingencias que habíamos revisado por la mañana.
—Nosotros... mantenemos un equilibrio operativo sumamente estructurado —empezó Gonzalo, con un tono que sonaba exactamente igual que la lectura de un informe pericial sobre quiebras—.
Dividimos las cargas domésticas mediante una asignación previa y evitamos los conflictos de competencias a través del diálogo analítico.
Don Aurelio enarcó una ceja canosa, mirándolo con escepticismo.
—¿Equilibrio operativo? —repitió el magnate, ladeando la cabeza—. Hijo, te he preguntado por tu vida de pareja, no por el organigrama de una filial en Luxemburgo. ¿Es así de aburrido siempre, Marina?
Gonzalo abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. La vena de su sien izquierda empezó a latir a un ritmo frenético y sus ojos grises buscaron los míos con una chispa muda de auténtico pánico. Estaba a dos segundos de recitar el anexo tres del dossier.
Le propiné una patada discreta en la espinilla por debajo del mantel y le pasé la mano por el antebrazo, apretando sus dedos con dulzura fingida.
—Ojalá fuera solo aburrido, Aurelio —solté con un suspiro teatral, apoyando la barbilla en la otra mano—. La verdad es que es un peligro público en cuanto se quita la chaqueta.
Gonzalo se volvió hacia mí con los ojos desorbitados, pero mantuve la mirada fija en el anciano, que ya se inclinaba hacia delante con renovado interés.
—¿Ah, sí? —inquirió don Aurelio, divertido—. Cuenta, cuenta.
—El mes pasado se le metió en la cabeza que íbamos a tener una cena romántica perfecta —improvisé, modulando la voz con ese tono confidencial que usaba para calmar a clientes al borde del divorcio—.
Quiso cocinar él. Y cuando Gonzalo Mendieta decide cocinar, no busca una receta en internet; imprime un diagrama de tiempos en una hoja de cálculo con catorce fases de horneado y tres contingencias térmicas para hacer un soufflé de chocolate.
Don Aurelio rompió a reír por lo bajo, mientras Gonzalo a mi lado parecía a punto de sufrir una combustión espontánea.
—¿Una hoja de cálculo para un postre? —preguntó el magnate.
—Con gráficos de barras para el batido de claras —afirmé con total solemnidad—.
Se puso un delantal sobre la camisa de vestir, puso el cronómetro del móvil y me prohibió entrar a la cocina porque yo «contaminaba los parámetros ambientales».
Estuvo dos horas midiendo los gramos de cacao con una báscula de precisión farmacéutica.
—Marina... —intentó intervenir Gonzalo con un hilo de voz estrangulada, pero le acaricié los nudillos con el pulgar para sellarle la boca.
—Déjala hablar, muchacho, que esto es lo mejor que he oído en todo el año —lo cortó don Aurelio, fascinado—. ¿Y qué pasó con el soufflé?
—Que calculó la temperatura del horno en grados Kelvin o algo parecido —rematé, sonriendo con soltura—, y a los veinte minutos la cocina parecía el camarote de calderas de un carguero en llamas.
La alarma de incendios del edificio sonó tres veces, el extractor empezó a escupir humo negro y el famoso soufflé quedó reducido a un bloque de carbón puro del tamaño de un cenicero.
—¡Por Dios bendito! —exclamó don Aurelio, golpeando la mesa con la palma abierta en un estallido de carcajadas que sacudió las copas de vino—. ¿Y qué hicisteis?
—Terminamos a las dos de la madrugada, sentados en el suelo del salón entre botes de salsa de tomate, comiendo una pizza grasienta que pedimos al único local abierto en el muelle mientras él intentaba redactar mentalmente una reclamación formal al fabricante del horno.
El reservado se llenó con la risa sonora de don Aurelio, que se secó una lágrima de la comisura del ojo con la servilleta. Miró a Gonzalo con un afecto renovado, casi cómplice, sacudiendo la cabeza.
—Hacía años que no te veía tan bien retratado, Gonzalo —dijo el patriarca, alzando su copa de vino hacia nosotros—.
Los balances y los contratos se los confío a los abogados brillantes, pero el futuro de mi empresa solo se lo dejo a hombres que saben quemar un postre y reírse de sí mismos con la mujer adecuada. Brindo por vosotros.
Giré la cabeza hacia Gonzalo.
El socio director de la planta setenta permanecía mudo, con la corbata floja, la boca entreabierta y un rubor terco encendiéndole las orejas mientras soltaba, por fin, el aire contenido en los pulmones.
Levantó su copa con lentitud solemne y la chocó contra la mía con un tintineo cristalino, sin que sus dedos, resguardados bajo el mantel, aflojaran el agarre sobre mi mano.
Gonzalo apuró un trago largo, casi apresurado, mientras el vino tinto resbalaba por el cristal, sin soltarme la mano bajo el mantel. Sus dedos, antes fríos como el mármol de su ático, me apretaban ahora con una calidez insólita que me subió en un cosquilleo por la muñeca.
Don Aurelio dejó su copa vacía sobre la madera y se reclinó en la silla, mirándonos con una satisfacción paternal que borraba cualquier rastro del implacable presidente del Grupo Valdés.
—Siempre he sostenido que los contratos se redactan con la cabeza, pero los negocios de verdad solo se firman cuando hay alguien detrás capaz de anclarte al mundo —dijo el magnate, doblando su servilleta con movimientos pausados—.
Llevo meses intentando ver al hombre detrás de tus memorandos, muchacho.
Y esta noche, por primera vez, lo he visto.
Gonzalo tragó saliva antes de responder:
—Agradezco su confianza, don Aurelio. Nos esforzamos por mantener... esa solidez.
—Déjate de tecnicismos, hijo —atajó el anciano, poniéndose en pie con una agilidad que desmentía sus setenta y tantos años.
Nos indicó con la mano que no nos levantáramos, aunque Gonzalo ya amagaba con ponerse firme como un recluta—.
La semana que viene celebramos la gala benéfica anual en el Club Náutico Bahía Alta.
Toda la junta directiva y la patronal naviera estarán allí para el anuncio oficial de nuestras inversiones de primavera.
El patriarca se detuvo junto a nuestra mesa, apoyó una mano pesada y afectuosa sobre el hombro de Gonzalo y le propinó un par de palmadas rotundas que le hicieron vibrar la solapa del traje.
—Quiero que vengáis los dos —sentenció don Aurelio, dedicándome una inclinación de cabeza cargada de simpatía—.
Nada de aparecer solo con cara de fiscal de guardia, Gonzalo.
Una empresa no se confía a un lobo solitario; se confía a un hombre que tiene un puerto al que regresar.
Mañana mismo hablaré con la organización para asegurarme de que recibís la consideración que merecéis.
—Será un honor acompañarlo, señor Valdés —respondí con mi sonrisa más impecable, inclinando la cabeza con la dosis justa de deferencia.
—Aurelio, muchacha. Ya te he dicho que en mi mesa no hay protocolo —corregió con una guiñada de complicidad antes de dirigirse hacia la salida del reservado—. Buenas noches a los dos. Y vigila que no vuelva a tocar un horno sin supervisión.